Leia también era mala

Relaciono esos juguetes inevitablemente con la felicidad.

Por Manu Piñón

 

Cuando estaba a punto de cumplir 5 años me ingresaron en un hospital durante una semana. A pesar de las protestas de mis padres, que no entendían que tuviera que pasar tanto tiempo allí –era una sencilla operación para corregir mi estrabismo–, no tuve más remedio que pasar mi cumpleaños durmiendo por primera vez fuera de casa. Tengo recuerdos vagos de todo aquello: una carrera en silla de ruedas por un pasillo largo; un niño que no compartía cuarto y dormía dentro de un plástico; la primera televisión que vi colgada del techo; un flan Duhl con vela a falta de tarta; unos médicos pegándole las orejas a otro niño…

 

Era 1984 y mi hermano y yo estábamos obsesionados con La guerra de las galaxias. Habíamos visto El retorno del Jedi en un cine de sesión continua la segunda semana de su estreno. El fin de semana anterior nos quedamos sin entradas, estaban agotadas en todo Madrid. Fue la primera vez que tuve una lejana idea de lo que supone una película de éxito.

 

Mis padres venían todos los días a verme al hospital. Cada día con un muñeco nuevo de La guerra de las galaxias, esas figuras escasamente articuladas, algo toscas y delgaditas que fabricó Kenner. Relaciono esos juguetes inevitablemente con la felicidad. Cuando mi madre me llevaba a mis revisiones de los ojos había algo así como una tradición: ese día no iba al colegio, después íbamos a El Corte Inglés, me regalaba un muñeco y me invitaba a un pincho de tortilla y un refresco en la barra de la cafetería de estos grandes almacenes.

 

Recuerdo los siete muñecos que me trajeron mis padres aquellos días al hospital; el maestro Yoda –con batita de tela, bastón y una serpiente que le rodeaba el cuello–, el ewok Wicket, un miembro de la guardia del Emperador, Boba Fett, Klaatu, Queequeg y Leia disfrazada de cazarrecompensas.

 

Menos el escolta de Palpatine –un muñeco que parecía un cardenal, aburrido, sin armas, ¡con falda!–, todas las figuras me encantaron y jugué un montón con ellos. Sin embargo, la de Leia es la que más me impactó. No tenía ni había visto figuras con casco antes, era un complemento que me abría un mundo de posibilidades. Podía tener un villano y un héroe, a un cazarrecompensas repugnante de la corte de Jabba y a una intrépida representante de la Alianza Rebelde. Sólo tenía que quitar o poner su máscara. Acababa de descubrir la dualidad del ser, un término que por otra parte escucharía años más tarde a cuenta del ¡casco! del reclutá bufón (Matthew Modine) en La chaqueta metálica.

 

Horas después de mi operación, me desperté en la cama de la habitación. Todo estaba tan negro como la capa de Darth Vader. Una venda larga rodeaba la mitad de mi cabeza, desde la nariz hasta la coronilla. Atontado aún por la anestesia, oí la voz de mi madre. Un médico hizo un cortecito en el esparadrapo y lentamente fue quitándome la venda. Al acabar unos parches cubrían mis ojos. Me advirtió que la luz me molestaría, pero que debía abrirlos. Necesitaban comprobar que todo estaba bien. Le dije a mi madre que me picaban. Con suavidad despegó ambos parches, llevándose con cada uno algunos pelillos de mis cejas. No me atrevía a abrir los ojos. Como suele suceder en Madrid en febrero, había nevado. “Ya es mala suerte, justo hoy”, dijo una enfermera. La luz blanca que entraba por la ventana rebotaba contra las paredes de la habitación. Busqué a mi madre a ciegas y apreté mi cara contra su cuerpo. Ella me cogía de la mano para separarme e insistía en que abriera los ojos.

 

Salimos de la habitación, luego del hospital y nos metimos en su Seat 127. Durante el viaje mi madre recuerda siempre que lo único que pregunté es si había metido mis muñecos nuevos en mi mochila. Cuando llegué a casa los junté con los antiguos.

Sigue a Manu Piñón en Twitter: @manupinon

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