Lluvia de Albóndigas 2: Endulza, pero no empacha

Como secuela, es muy buena. Como bestiario de fantasía comilona, no tiene precio.
Por Yago García

Hay filmes fáciles de sobrevalorar, y también los hay que resultan demasiado fáciles de menospreciar, incluso después de haber comprobado sus virtudes in situ. Lluvia de albóndigas, aquella peliculilla tan simpática de 2009, es un ejemplo ideal de este segundo grupo: con un argumento del espesor de un sello, y dotada de un estilo gráfico que no parecía nada del otro mundo si se lo comparaba con ambrosías pixarianas, la obra de Phil Lord y Chris Miller estaba agraciada con un saludable sentido de la guarrería y una imaginación frenética. Esas virtudes, que la convertían en un ejercicio escatológico apto para menores, no parecen a primera vista suficientes como para pretextar una secuela, y menos aún para hacer que esta merezca la pena. ¿O sí?

Pues resulta que sí. Empujados por las leyes del márketing, Lord y Miller podrían haberse apalancado recurriendo al “más de lo mismo” como principio de rentabilidad. En lugar de eso, han tirado de imaginación, convirtiendo lo que era una comedia de costumbres con puntales de surrealismo en una criatura muy rara, híbrida de muchas cosas y en cuyo código genético está impresa la secuencia de la aventura en su sentido más indianajonesco: esta película amplía sus horizontes para remitir a Parque Jurásico y El mundo perdido en versión despensera y alimenticia. Algo con lo que la publicidad nos ha machacado como corresponde, sí, pero que sólo aparece en su verdadera dimensión cuando vemos de lo que es capaz en una pantalla: algo así como lo que Arguiñano y Rodríguez de la Fuente perpetrarían tras consumir unos cuantos capítulos de Hora de aventura, y seguramente también un par de kilos de sustancias alucinógenas.

El bestiario de fantasía encerrado en Lluvia de albóndigas 2, que daría para llenar unas cuantas enciclopedias, es en sí suficiente como para darle las gracias a los directores y al equipo que ha trabajado en diseñarlo. Por otra parte, la cinta contiene una memorable colleja post mortem a Steve Jobs (y a la cultura corporativa chachiguachi del café gratis, en general), así como un personaje cuya índole nos hace sospechar que Lord y Miller tienen unos cuantos volúmenes de Terry Pratchett en sus estanterías. Contenido todo ello en un guión que, sin ser perfecto ni sustraerse a tópicos, sí mejora con mucho la irregularidad de la primera entrega. En todo caso, estamos ante un pletórico, disfrutable y (moderadamente) sano banquete de Navidad.

Sigue a Yago García en Twitter: @solo_en_saigon

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¡Oh, mírame, estoy haciendo feliz a mucha gente! ¡Qué bien! ¡Soy un hombre mágico! ¡Del pais feliz! ¡De la casa de gominolas de la calle de la piruleta!

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