LO PEOR DE 2014: comentarios generales sobre sensaciones particulares.

Echar la vista atrás cuando te han pasado demasiadas cosas, es un ejercicio casi imposible de memoria. Enero parece el Pleistoceno y lo que acabas de consumir está tan fresco en tu memoria que se impone a muchas cosas buenas que pasaron por tus manos a principio de año. Igual que las cosas malas. Una misión casi imposible, pero tenemos que intentarlo.

Por Javier Marquina.

Aunque hacerse mayor tiene miles de cosas apestosas que van desde la perdida de memoria, los pelos en las orejas o la incontinencia urinaria, hay un par de sentidos que desarrollas y de los cuales vas sacando provecho. Una de estas habilidades que se añaden a tu repertorio, es la de desarrollar un criterio más o menos formado, propio y personal que te ayuda a seleccionar con acierto lo que vas a consumir. La mayoría de las veces, al menos. Tener el culo pelado y curtido a base de pasar años consumiendo y comprando mierdas de los más diversos calibres, te convierten en un guerrero de la compra que, aunque siempre prisionero de ese irrefrenable deseo de compra, logra la mayoría de las veces consumir (en cantidades industriales y sin mesura alguna) las cosas que más o menos sabe que le van  a gustar. No siempre aciertas, pero te acercas bastante.

Así que, afortunadamente, cuando me puse a pensar en las cosas que podría meter en una lista sobre lo pero que nos ha ofrecido el 2014 en cuanto a ocio y frikerío en general, me he dado cuenta de que a mi cabeza sólo vienen cosas buenas y bonitas, no porque la mierda no exista o no esté en la estantería de la tienda de turno, sino porque he conseguido mantenerme alejado de ella y gastarme mis cuartos en cosas que sí me gustan. Y sí, he dicho que me gustan a mí. Cosa que no implica que os puedan gustar a vosotros. Hacer listas de este tipo es siempre algo subjetivo, personal y de utilidad relativa. Podemos expresar nuestra opinión y quizá conseguir generar algo de curiosidad, pero otra de las cosas que te enseña esto de hacerte viejo es que tu opinión vale tanto como la de los demás. Es decir: todo y nada. Lo que para mí es una puta mierda, para otra persona puede ser una de esas obras que ha cambiado su vida, y lo que de verdad importa es el respeto hacia dichas opiniones y el enriquecedor debate que se genera cuando se argumentan las razones de tus gustos, algo que sí resulta ser útil, sano y divertido.

Dicho esto, voy a proceder a hablar no de cosas en particular que me parecen la mayor bazofia que un cadáver purulento pudo vomitar sobre el charco de heces mas profundo del infierno, sino de aspectos de esta industria del ocio y del divertimento que me producen asco y arcada por su repugnante condición de engañabobos, estafalelos y tangaidiotas. Y no se me quejen que hace mucho que no escupía sobre el fango.

¿Hasta cuándo? Hasta que no dé dinero.
Videojuegos:

Sé que el típico comentario de que esto es un negocio y aquí se está para hacer pasta puede aplicarse a cada una de las cosas que voy a hablar en este artículo, y por tanto la idea general de que existe una ética y una decencia que está siendo sistemática pisoteada por las grandes compañías sirve también para los videojuegos. Soy defensor férreo de que al final el pueblo, la ciudadanía, los consumidores, tienen lo que se merecen, así que supongo que este mundo de triunfales, repetitivos y clónicos Fifas y CODs es así porque nosotros, los que jugamos, queremos que sea así. Tenemos la mierda que compramos. Y cuanto más compremos, más grande será la mierda. Y sin embargo, hay algo artístico en esto de entretener que debería imponerse sobre la masa de electroencefalograma plano que consume sin pensar, sobre el beneficio puro y duro de hacer siempre lo mismo porque eso es lo que gusta. Ojalá el riesgo, el arte y la voluntad de dar pasos más allá de puro capital fueran la norma y no la rara excepción en un mundo en el que los que encendemos nuestra PS4 o nuestra Xbox One, somos tan tontos que pagamos dos y tres veces por cosas que deberían estar incluidas en nuestro juego. Financiamos al monstruo con nuestra propia idiotez, con nuestra ansia de tener, con nuestro deseo irrefrenable de consumir. Y el monstruo sonríe mientras se nos come poco a poco, como un vampiro que sólo nos chupa la sangre que necesita y nos alimenta para que sigamos sangrando ad eternum.

Esas cosas que huelen mal y yo ya no leo.
Cómics:

Era el mejor de los tiempos. Era el peor de los tiempos. A pesar del pesimismo congénito, de la crisis galopante y del holocausto maya, nunca jamás se habían publicado tantos cómics en España. Esto no quiere decir que se la época histórica de mayores ventas, pero al menos el abanico de posibilidades que la abrumadora oferta ofrece al lector es, para mí, la mejor de todos los tiempos. Es curioso que esto esté coincidiendo con la debacle imparable de las dos mayores editoriales del cómic americano (y por tanto dos de las mayores editoriales del mundo). No es que la cantidad de cochambre que nos ofrecen Marvel y DC en la actualidad sea mayor o peor que en épocas pasadas. Basura que no había dios que se leyera la ha habido siempre y, por desgracia, siempre la habrá. Lo malo es que esa bazofia se está convirtiendo en el estandarte de ambas compañías, deglutiendo sin compasión héroes y épocas pasadas de precioso brillo que creíamos sagradas. La continuidad ha muerto víctima del cine, de los juguetes, del dinero, y aunque hay paladines solitarios que resisten entre la basura, la infumable se ha convertido en norma y reina supremo en las estanterías. DC chapotea 52 veces en la cochambre; por su parte, Marvel clona lo que se ve en las pantallas y hace que todo se acerque a lo que dicta el cine abrasándonos con cruces axiales aburridos y deleznables, mientras cancela sus mejores colecciones. Lo de siempre, pero peor. Si quieren leer cosas americanas buenas, lean cómics de Image.

Sin palabras.
Cine:

Al igual que en los cómics, lo que en el cine se está sufriendo en cuanto a frikismo se refiere, no tienen parangón en la historia. La incorporación de los efectos digitales a la gran pantalla han permitido que se puedan incluir efectos especiales antes impensables y por un presupuesto mucho más reducido. Como el presupuesto de las películas no ha hecho más que crecer, esto se ha traducido en un “cuanto más, mejor” que ha encontrado en los superhéroes en particular y los cómics en general, un fecundo campo de ideas para las grandes superproducciones. Sin embargo, no todo vale; no todo es bueno; no todo es genial; no todo mola. Como en la vida, las perlas a veces están enterradas en toneladas de estiércol, y hay que rebuscar mucho para encontrarlas. No todos los cómics son obras maestras. No todos los superhéroes son flipantes cuando cobran tres dimensiones. No todo lo que se encuadra con viñetas se puede llevar al cine. Pero claro, si da dinero, a la industria eso no le importa nada. Si vende, se hace. Y por triplicado. Hasta que deje de dar dividendos, al menos. Hacemos un ñordo fenicio de proporciones faraónicas llamado Hércules, pero lo basamos en un cómic porque los cómics MOLAN. Hacemos volver a las Tortugas Ninja, aunque siempre fueran una extraña y delirante mierda. Asesinamos clásicos del terror como Frankenstein porque si hay un cómic sobre eso, seguro que lo peta. La sequía creativa de Hollywood amenaza con tragarse todo lo que se publica en el papel y, como he comentado antes, con transformar la industria para siempre dejando un nuevo modelo con el que no se si nos podremos identificar mucho tiempo. Partes de partes de partes. Sagas de sagas de sagas. Libros cochambre que sirven como modelo y ejemplo. Hobbits elefantiásicos. Héroes que a nadie le importan. Revivals infectos e innecesarios. Productos de consumo de éxito garantizado. ¿He dicho ya eso de “lo de siempre, pero peor”?

 Series:

Cojan ustedes la producción española en su totalidad. Comparen entre sollozos mientras susurran HBO. Pues eso.

Como llego tarde para todo y ya estamos bien metidos en el 2015, lo que debía ser una entrada de denostación general, va a acabar con un pequeño párrafo de buenas intenciones. Porque para este año que comienza, puedo decir que no espero nada de nada. Y eso aunque suena muy mal, en el fondo es un grito de esperanza. Las cosas buenas que me han dejado con el trasero torcido y cara de alegría, son como el amor de verdad. Llegan cuando no te las esperas, cuando no sabes nada de ellas, cuando se plantan frente a ti, te besan y te dejan con cara de idiota. Sigo confiando en que en este año, cosas The Order 1884, el siguiente tomo de Saga, la próxima temporada de True Detective, el nuevo libro de Chuck Palahniuk me den lo que espero. Pero también confío en que gente que no conozco, gente de la que no he oído hablar, gente de la que no sé nada, me sorprenda con uno de esos proyectos maravillosos que cambian tu concepción del cine, del cómic, de las series, de los videojuegos, de lo que sea que representen o encarnen. Porque esa es la verdadera magia, el verdadero truco, el verdadero encanto lleno de mística que nos transformó en los enfermos sin remedio que somos ahora. Para siempre.

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Acerca de Javier Marquina 203 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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