LOS DIENTES DE LA ETERNIDAD

Odín, Loki, Thor, Fenrir, Surtr, Tyr, el Ragnarok… si vas a contar una historia, que sea a lo grande. Aunque estés hablando de las cosas humanas y comunes (que no pequeñas) con las que convives. Porque… ¿acaso la mitología no es más que un reflejo de lo que somos?

Por Javier Marquina.

Soy un superficial. Lo reconozco. Así que tengo que admitir que me compré este tebeo por la edición de Norma. La tapa dura, el tacto del cartoné, el papel de textura y gramaje ideal… Por no hablar de la llamada de esa portada casi perfecta: un primer plano aterrador digno de El Grito de Munch que casi puedes escuchar…

¿Sabía algo del cómic? ¿Había leído lo queda se había publicado en una edición anterior?

La verdad es que no, y tengo la sensación de que, en ocasiones, es mejor así. Lanzarte al vacío siguiendo una corazonada puede que acabe en un batacazo tremendo. De esos en los que te arrepientes del pastizal que te has dejado al comprar un cómic por el mero hecho de que “parecía bonito”. Claro que, la mayoría de las veces, tu instinto no te engaña y te lleva a esas lecturas que significan un triunfo con la infalible determinación de años de trabajadas filias.

Lo que sigue ya es un marrón de dimensiones colosales. Cuando te dedicas a intentar escribir reseñas, en tu interior surge la necesidad de compartir con la gente que puede leerte las cosas que te mueven por dentro. Las cosas de las que disfrutas. Las cosas que te generan envidia sana. Las cosas que te habría gustado hacer. Además, si sufres un trastorno de obsesión compulsión que hace que odies lo que escribes, este deseo de intentar hacer las cosas bien y de estar a la altura se transforma en una pesadilla con forma de teclado y cursor parpadeante. Tienes que intentarlo, aunque el resultado no sirva, o lo que escribes sea una mierda. Tienes que hacerlo, porque el deseo supera la vergüenza y sabes que, como en tantas otras historias, el esfuerzo va a merecer la pena.

La maestría con la que Jorge García entreteje una historia de crimen y castigo con la recurrente mitología nórdica, es un listado excepcional de amistad, miserias, grandeza, épica y redención. De lo más grande a lo más íntimo. De la desesperación que trae el final de todo, a la esperanza del que con la seguridad de la muerte acaba haciendo lo correcto. Los Dientes de la Identidad es un nuevo viaje a esa constelación de dioses taimados y beligerantes que sirven como una descripción perfecta del porqué somos como somos. No por conocidas, las leyendas clásicas dejan de ser un vehículo menos válido para vestir cualquier tipo de narrativa. La familiaridad con muchos de los actores consigue que nos integremos con rapidez y seamos absorbidos por la trama, una maquinaria que no deja que respiremos hasta un final intuido, pero no por ello menos emocionante o emotivo.

El dibujo de Gustavo Rico no es algo que uno pueda describir a la ligera. No es sencillo. Ni asequible. Pertenece a esa esfera de ilustraciones que te estallan nada más cruzar las primeras páginas, exigiendo un esfuerzo de adaptación como lector. Una vez sumergido en las viñetas, no hay manera de imaginar Los Dientes de la Eternidad trazado de otra manera, pensado con otros colores, diseñado de otra forma. La reinvención de todo un universo de fiordos, valles en llamas y puentes hechos con arcoíris es un trabajo descomunal que juega al límite del color, de la composición y de la narrativa, lanzando sin parar explosiones de contrastes imposibles, que acaban conformando un tapiz de épica lineal que quita el aliento.

Cada capítulo es una apuesta. Una escalada en la que los dioses son tan monstruosos como los mismos demonios. En el que las profecías sustituyen al futuro devorando el destino. En el que cada batalla ruge con el trueno multicolor de una paleta ajena al miedo. Los Dientes de la Oscuridad no es cómic fácil, y reseñarlo es una tarea que parece titánica porque te deja sin palabras. Es una de esas obras para releer, para contemplar, para buscar cuando estás agotado de los convencionalismos de la narrativa tradicional, efectiva pero a menudo plana y aburrida. Es un do de pecho cantado por una soprano muy gorda, con cara de perro, de largos dientes afilados, que monta un saltamontes de colores radioactivos. Es una manzana. Un martillo. Una serpiente enroscada en las raíces del mundo. Un ciclo eterno. Los Dientes de la Eternidad es diferente. Y árida. Y compleja. Y apasionante. Y llena de talento.

Sin duda, comprometerme a escribir una crítica de este cómic era una de esas putadas a las que te sometes por puro masoquismo, ya que no hay manera de bordar un estudio de algo grande cuando sientes que no sabes nada de cómics. Espero haberme aproximado al objetivo. Al menos, haber estado lo suficientemente cerca.

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Acerca de Javier Marquina 206 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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