LOS PROYECTOS MANHATTAN. Cuando son los locos los que deciden.

El tomo de Los Proyectos Manhattan editado por Planeta DeAgostini este Salón Internacional del Cómic es el mejor ejemplo de tebeo genial que no necesita recomendación, ni reseña, ni amigos. Así de bueno es. Todo lo demás se convierte en accesorio. Mi texto, la críticas, la vida. Todo es circunstancial y carece de sentido sin este cómic genial. No leerlo está demasiado cerca del no existir.

Por Javier Marquina.

Siente usted en una mesa redonda a varias de las mentes más brillantes de su generación y, con toda probabilidad, a muchos de los intelectos más grandes de la historia. Deles libertad absoluta y dinero traído en vagones de mercancías directos desde Fort Knox. Dígales a estos científicos supremos que encuentren una solución viable y rápida al conflicto armado más devastador conocido por el hombre y siéntese con placidez en el cómodo sillón reclinable de su despacho en el fuerte militar de máxima seguridad de turno. Felicidades. Acaba usted de inventar la bomba atómica. Bienvenido a Los Proyectos Manhattan.

A veces reseñar es difícil. Dudas entre ser crítico, cruel, condescendiente o ácido. No sabes si demostrar demasiado entusiasmo, o ceñirte en la medida de los posible en aquello que consideras básico. A veces reseñar es fácil. Demasiado fácil. Cuando lo que toca criticar es algo tan absoluto como el cómic de Jonathan Hickman y Nick Pitarra, la tarea se transforma en algo casi rutinario, en la repetición de las mismas formulas una y otra vez, con la esperanza de convencer a tu público de que sientan la misma fascinación que tú sientes hacia lo que es, sin duda, una de las mejores series regulares publicadas en el año 2012 y, con toda seguridad, durante el 2013. Por eso, para evitar caer otra vez en repeticiones, elogios y recursos gastados que coloquen a este serie dónde le corresponde, he decidido ser directo, conciso y así ahorrarme miles de palabras de verborrea inútil. Los Proyectos Manhattan son palabra de Dios. No hay más. Es lo que es. Ya está. Compradlo. Leedlo. Disfrutad. Es una orden.

Así pues, cuando el cómic habla por sí solo, lo que de verdad le apetece al que lo lee es charlar aferrando una cerveza de los temas tratados, de las ideas lanzadas, de los dilemas morales que subyacen en las líneas y en la viñetas, agazapadas como depredadores alienígenas dispuestas a saltar sobre nosotros al primer descuido y devorar nuestra ética, despedazar nuestra moral. Y es que la primera pregunta que me hago al acabar los primeros números de estos Proyectos Manhattan es: ¿y por qué no? ¿Hay algún indicio que demuestre que no podría haber sucedido de esta forma? ¿Es acaso la realidad menos aterradora? ¿Menos incómoda? ¿Menos brutal?

La historia no es mucho más condescendiente que la ficción. De todos es conocido que en la mayoría de las ocasiones, es lo real lo que resulta fascinante por imposible. El conclave científico más importante de la historia se dedicó a crear un arma tan demoledora, que cambio el curso de la historia y definió el panorama político social para las siguientes generaciones. Oppenheimer al contemplar aterrado su obra, se creyó el destructor de los mundos. Fermi, Feynman, Von Braun… muchas de las mentes más grandes de la historia y todo lo que pudieron crear es el arma de destructiva definitiva. Einstein animó al presidente Roosevelt a agilizar el proyecto, aterrado ante la idea de que los nazis lo consiguieran primero. 200.000 personas (al menos) pagaron el precio de esta urgencia, de estos intelectos superlativos. ¿Pudieron los genios volver a dormir tranquilos? ¿Fueron capaces de digerir la excusa pírrica de que aquellas muertes evitaron muchas más?

Es precisamente ahí donde la serie de Hickman establece su punto de partida. Asimilando que nadie en su sano juicio crea un arma capaz de devastar todo lo creado. Nadie que no esté profundamente desequilibrado establece con calma los parámetros de la destrucción absoluta. Nadie. Así que el guionista americano hace lo más fácil, escoge el camino más sencillo y plantea una hipótesis razonable y aterradora. Aquellos hombres no podían estar cuerdos. Y NO LO ESTABAN. Cada uno de ellos era un caso práctico completo de cualquier carrera de psiquiatría. Ninguno habría pasado un test de aptitud psicológica. Y por eso precisamente fueron elegidos. Una vez establecida esta premisa, lo demás resulta más sencillo. Introducir alienígenas, brazos robóticos, mutaciones, portales dimensionales, experimentos fallidos, canibalismo, entropía y toda clase de aberraciones alucinantes es sólo la consecuencia lógica de este proceso de destrucción del mito, de deconstrucción hacia la locura del proyecto que dio vida a la bomba atómica.

La segunda idea sobre la que se asienta Los Proyectos Manhattan es todavía más lógica, más inevitable. Si reúnes a los mejores científicos de la Tierra, no lo haces sólo para producir un arma, por muy definitiva que sea. Cuando tienes el potencial de cambiarlo todo, resulta estúpido pensar que vas a parar en algún momento, que no vas a seguir. Que no vas a dar cuantos pasos estén en tu mano para lograrlo todo, para desarrollar el potencial completo de los hombres que están bajo tu mando. Así que no paras. Eres egoísta y todopoderoso. Estás loco. ¿Parar? ¿Por qué habrías de hacerlo? Y continúas. Y continúas. Y continúas. Y el límite es lo desconocido. Por horrendas que las incógnitas planteadas sean.

Estas son las dos premisas sobre las que se asienta esta estupenda serie de Image. Ansia de conquista y locura. Y es con estos elementos, libre de cualquier tipo de atadura, dónde el señor Hickman da lo mejor de sí, transmitiendo esa sensación de aterrador desequilibrio que puede llevarnos a cualquier sitio.  A las estrellas. A la catástrofe. El destino acaba siendo lo menos importante. Para crear esa sensación de irrealidad Hickman cuenta con la ayuda inestimable del dibujante Nick Pitarra, cuyos trazos más cercanos a la caricatura sangrienta que al rigor científico contribuyen a crear esta atmosfera nebulosa de colores primarios, donde la genialidad está ligada a la más profunda de las psicopatías.

Locura como motor verdadero del cambio. Caos como gasolina que alimenta el motor creativo. Nuestro futuro en las manos de personas que no dudaron ni un instante en dejar caer la muerte sobre todo lo que fuera necesario. Un fin justificado con todos los medios posibles. Little Boy y Fat Man fueron sólo el principio. El límite sólo puede ser el final de todo. Bienvenidos a Los Proyectos Manhattan.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

4 comentarios en LOS PROYECTOS MANHATTAN. Cuando son los locos los que deciden.

  1. Este cómic le tengo echado el ojo desde que se anuncio, lo único que me echa para atrás es el excesivo precio de la edición de Planeta. ¿15 € por 5 números? Venga hombre…

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