Los templarios, la Historia y el catetismo recalcitrante.

Por más que nos empeñemos en esta vida, el negro siempre será negro por mucho que los imbéciles se empeñen en pintarlo de colorines.

Por Javier Marquina.

Flaco favor le voy a hacer a mi amigo Juanfer Briones con esta reseña. Y no porque vaya a criticar su cómic (todo lo contrario), sino porque voy a acabar hablando de un tema sugerido por la lectura de su obra en vez de centrarme en ella, que es lo que debería hacer. Pero bueno. Ya se sabe. Yo propongo y mi cerebro siempre encuentra una excusa para desvariar y acabar escribiendo de todo menos de lo que debería.

Para empezar debo decir que tanto El Último Templario como El Renegado son dos cómics históricos estupendos, dos cómics más centrados en una labor divulgativa y educativa que específicamente narrativa que profundizan en una de esas oscuras etapas de la historia (la historia aragonesa en concreto), en uno de esos reyes odiado y despreciado por todos: Pedro II de Aragón y en una de esas órdenes religiosas siempre envueltas en misterio y leyenda: El Temple. Quizás parezca contraproducente decir que son dos cómics que deberían ser obligatorios como material de enseñanza en las escuelas, pero es que es precisamente lo que son. Cómics que hablan de los que fuimos de manera amena y entretenida y que nos explican lo mezquinos que somos cuando todo lo que nos interesa es el dinero, el poder y acostarnos con cuantas más mujeres nos sea posible. En honor a la verdad diré que también nos hablan de esos hombres nobles que resisten fieles a sus principios hasta el final, pero estos, como no podía ser de otra manera, acaban fracasando olvidados por la historia.

Decir además que estos dos cómic han sido un éxito en esta tierra nuestra en la que lo de triunfar con un cómic casi parece digno de un relato de Ray Bradbury os dará una idea del alcance y la repercusión de la labor de Briones, un autor al que tengo la suerte de conocer personalmente y que, además de amar profundamente al cómic como arte en cualquiera de sus formas, es consciente del aspecto empresarial y comercial del mismo y tiene una idea global de la industria alejada del romanticismo victimista. Una postura que muchos deberían adoptar. Un tipo listo que sabe de lo que habla, que conoce el medio y que aporta su granito de arena robando tiempo al tiempo y a la familia, porque al final, es esto lo que le gusta.

Yo es que tiendo a defender lo mio, lo que me gusta y lo que hace la gente que me cae bien y que además me demuestra que sabe lo que dice y cómo lo dice. Resumiendo: comprad estos cómics editados por GP Ediciones, que además de ser buenos, son buenos amigos.

Dicho esto, me voy a meter en un jardín, que hace tiempo que no lo hago, con lo que a mí me gusta morder barro. Y es que voy a hablar de nacionalismos y de la historia. Casi nada. Apocalipsis. Cataclismo.

Cada vez que me encuentro con algún exaltado envuelto en una bandera que enarbola ante mí conceptos tan peregrinos, rancios y catetos como el de patria, identidad nacional o derecho de autoderteminación, le remito con una sonrisa a un documento que escribió un señor moreno, bajito y cojo que vivió en la Alemania de principios del siglo XX. Cuando se hace evidente que lo promulgado por Goebbels y su propaganda es seguido a pies juntillas por todos estos dependientes de ultramarinos venidos a más que intentan pasar a la historia a base de desintegrarla, la gente suele quedarse sin argumentos y recurre al insulto. Qué le vamos a hacer. Una de las bases de esa herramienta de reprogramación y aborregamiento que convierte a ciudadanos en teoría racionales en ideólogos de barra de bar y sillón con trapito de macramé es, sin duda, la educación. Los jóvenes, tabla rasa en la que todo es fácil de implantar si se repite con la suficiente convicción, son adoctrinados con aberraciones sin fundamento, ya que si tenemos a una generación convencida de que puede volar, tarde o temprano todos abrirán las ventanas y se lanzarán al vacío confiados. Y es que nada es sagrado para los propagandistas. Todo es maleable. Todo se puede cambiar. No hay nada cierto si esto contraviene la idea que necesitamos para conseguir nuestro objetivo. Nada es absoluto. Ni siquiera la Historia. Y la verdad es que como una persona que ha nacido en la antigua Corona de Aragón, que jueguen con algo como la Historia resulta, cuando menos, chocante.

No crean que voy a hacer una defensa aragonesista de los hechos. Para empezar diré que el primer rey de Aragón fue navarro, así que a partir de ese momento, cualquier argumento nacional que pueda esgrimir puede ser rápidamente reducido al absurdo. Tampoco voy a hablar de la unión de Petronila y Ramón Berenguer, ni de cómo los reyes de Aragón pasaron a llevar a partir de ese momento el título de Condes de Barcelona, porque la verdad es que lo que intento hacer no es dar una lección de historia, sino de denunciar ese mecanismo asqueroso y ruin que se llama manipulación. Y es que la historia es. Por mucho que nos empeñemos en cambiarla. Es lo que es, lo que ha sido y lo que será. Desgraciadamente los protagonistas no están vivos para quejarse, y por tanto cambiarla a nuestro antojo parece sencillo y sin apenas consecuencias. Pero no. Las cosas son. El Ebro nace en Fontibre y desemboca en Deltebre. Los Pirineos nos separan de Francia. El Reino era de Aragón y España no existió hasta el siglo XV. Y ni siquiera. Los hechos son tozudos y caprichosos, por mucho que intentemos cambiarlos. Si además, todo nuestro fervor nacionalista se basa en una época histórica en la que lo único que importaba era el poder y el dinero, nuestros argumentos románticos quedan bastante desmejorados. Claro que… ¿buscan los actuales nacionalismos otra cosa que no sea poder y dinero? Porque si alguien cree que gente gris y triste como nuestros actuales políticos (sean del lugar que sean) están impulsados por motivos diferentes a la pasta y la pasta, entonces es que hay más idiotas en el mundo de los que merecemos soportar.

Los nacionalismos se basan en el catetismo. El español, el catalán, el murciano. No importa. Son todos iguales. Los que nos gobiernan juegan con los sentimientos de un pueblo ávido de circo para poder así pasar a la historia y llenar cuentas en Suiza que, curiosamente, es el país más anodino y opuesto al concepto de nacionalismo del mundo. Suponer que el hecho de haber nacido 5 o 10 kilómetros a la derecha o a la izquierda me convierte en una persona diferente, con más o menos derecho que mi vecino es de un absurdo ofensivo y perturbador. No hablo de los que son capaces de matar por una bandera. Esos me dan asco. Directamente. Pero así somos. Dispuestos a envolver a nuestros hijos en un trozo de tela mientras llamamos fascista al que intenta decirnos que no somos en absoluto diferentes. Divide y vencerás, que decían los romanos. Pero no hablaban de dividirse para ganar. Hablaban de dividir al contrario para mermarlo. Ese es otro de los problemas de jugar con las historia. Nos encanta manipularla a nuestro antojo, pero nos obstinamos en no aprender nada de ella. Y claro. Así nos va. Tropezando eternamente con las piedras de siempre.

Afortunadamente, queda gente como mi amigo Juanfer para exponer la historia de manera aséptica y objetiva, mostrando sin lentes que deformen lo pasado esos trozos de tiempo que nos hicieron ser lo que somos, y nos harán ser lo que seremos.

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Acerca de Javier Marquina 218 Articles

Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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