MAKING A MURDERER, o cómo terminar de perder la fe en la especie humana

Una serie que lo tiene todo: Una historia enrevesada con impresionantes giros en el guión, grandes y complejos personajes, investigaciones, juicios, abogados buenos, abogados malos, cárceles y un final de altura. Por tener, tiene hasta una pega: que es todo real.

Por Teresa Domingo.

 

Esta es la primera serie documental de Netflix que se ha estrenado simultáneamente en Youtube y en su propia plataforma con fines claramente adictivos.

Desde el primer episodio la historia de Steven Avery atrapa, fascina, sorprende y aterroriza de tal forma, que devoras un capítulo tras otro intentando que no se te indigeste. Algo así como un reto de Crónicas Carnívoras, en el que ves al presentador sudando, sin poder tragar ni una migaja más. Pues igual, pero digiriendo, capítulo tras capítulo, la horrible vida que le ha sido impuesta a este hombre.

Os cuento un poco, pero poco, porque es mejor que lo veáis con vuestros propios ojos, cada nueva revelación no tiene desperdicio. Steven Avery es un ciudadano del condado de Manitowoc, en Wisconsin, que pasó 18 años en la cárcel por la supuesta agresión sexual y el intento de asesinato de una chica, de lo que siempre se declaró inocente, y gracias a los avances en las pruebas de ADN se pudo demostrar que efectivamente fue otra persona quien realizó estos actos. Avery consiguió que se firmase un proyecto de ley que llevaba su nombre para que el estado amparase de algún modo a los que, como en su caso, son inocentes de los crímenes de los que son acusados pero aun así pagan por ellos. Además inició una querella contra el estado por daños y perjuicios por la que tenía que ser indemnizado una gran suma de dinero. Dos años después de ser declarado inocente y puesto en libertad, y a punto de cobrar la indemnización, es arrestado por el asesinato de Teresa Halbach, una fotógrafa de la comunidad. A partir de aquí da comienzo la investigación y el juicio más locos y enrevesados del mundo, en el que, las mismas personas que no hicieron lo suficiente para declararlo inocente en el primer caso, harán todo lo posible (y más) para que sea declarado culpable en este segundo. Y no puede haber margen de error.

Que lo mismo no es inocente, pero el resto tampoco.

Conforme se van desarrollando los episodios me he preguntado más de una decena de veces “Pero, ¿qué más le puede pasar a este desgraciado?” y unas veinte más “¿En serio esta prueba va a colar?” Indigna, hierve la sangre y literalmente cada final de capítulo te quedas con la boca abierta, sin poder creer lo que has visto y necesitando saber más. Y es que es una historia tan tremendamente retorcida y conspiranoica que no necesita más que de un montaje lineal para dejar que la trama fluya, de forma creciente, según va decreciendo la suerte de nuestro protagonista. Durante diez años, un equipo de rodaje a las órdenes de Laura Ricciardi y Moira Demos, ha ido rodando cada paso en la evolución del caso de Steven Avery para denunciar un caso como habrá tantos miles, en el que se colocan y descolocan tantas pruebas, hasta tal punto, que la propia manipulación enturbia todo. Hay tantísimo material grabado que, lo que iba a ser una serie de tres episodios acabó planteándose en ocho y, finalmente, no se pudo montar en menos de diez.

Pero, ¿por qué? ¿Qué razón puede haber para querer arruinarle la vida a una persona y toda su familia? Pues por tres razones, a cada cual más absurda y que, además, unas implican a las otras. La primera es caerle mal al sheriff del condado de Manitowoc. La segunda es formar parte de la típica familia americana profunda que viste peto vaquero, en la que mil primos que se casan con sus mil primas, todos tienen los mismos apellidos, más hijos que dientes en la boca y, la gran mayoría, un ligero retraso en su cociente intelectual. En una comunidad de buenos cristianos que reciben a los nuevos vecinos con tartas hechas en casa, una familia así no tiene cabida. Además viven todos en la misma calle, que también lleva su nombre y que se extiende a lo largo de los kilómetros que ocupa su desguace. Intolerable.

La que le han liado.

La tercera razón es la mejor. Además de manchar el nombre del buen patriota americano, Steven intentó sacar dinero al estado por daños y perjuicios y, lo que es mucho más grave, demostró que el sistema no funciona. Y aun peor, que al sistema le da igual si hay maníacos sueltos, lo que importan son las estadísticas, que dicen que los casos resueltos y con sentencia superan en número a los que no.

Los abogados buenos.

Con tantos casos de corrupción a nuestro alrededor que, día tras día, vemos cómo quedan impunes ante nuestros ojos, lo que le faltaba a cualquier español con dos dedos de frente y algo de fe en la humanidad es encontrarse con un documental como éste, en el que queda patente que la libertad de un individuo, no ya de expresión o de opinión que tanto hemos perdido, no, la libertad física de una persona no depende de que cometas ningún crimen, sino de que nadie te acuse de haberlo cometido. Y si no tienes amiguitos con poder y dinero para costear unos abogados que le planten cara al mismísimo gobierno, date por encerrado. ¿Presunción de inocencia? Presunción de cuenta “bankiaria”, más bien. Está claro que las minorías están jodidas aquí, en Manitowoc y en la China popular.

El abogado malo.

Total, que para evitar que se te revuelvan las tripas, esta serie debería llevar unas cuantas advertencias para el consumidor. Además de la calificación por edades, esa por supuesto que la lleva, es una serie norteamericana, debería incluir un cartel bien grande al empezar cada capítulo que dijera: “Mantenga  alejados de este documental a los resentidos con el sistema y a los niños” o “Maneje este documental con precaución, su contenido puede abrirle los ojos a la realidad”. Y es que esta serie sólo se puede calificar con un “pero qué fuerte sobre diez”.

En un último intento de mantener nuestra integridad como seres inteligentes, la emisión de este documental ha facilitado una consulta directa al presidente Obama Pilatos para que absuelva a los Avery (uy, que ya os he dicho que hay más implicados… cuando descubráis quién, cómo y para qué, será tarde y ya os querréis cortar las venas), quien se ha lavado las manos con agua caliente en su pila de mármol y ha declarado que revisar las condenas compete a cada estado en particular, lo que ha desencadenado una recogida masiva de firmas a través de change.org para que los casos sean revisados. Incluso Anonymous ha lanzado un aviso a todos los involucrados asegurando que tienen pruebas de su colocación de pruebas. Estaremos pendientes por si hay segunda temporada.

Lo de este señor y los retratos robot copiados es un mundo aparte.

Para terminar de documentaros sobre el revuelo que ha generado “Making a Murderer” en los dos meses que lleva en la plataforma, tanto Netflix como las autoras, han recibido algo más que quejas por la emisión de este documental. Han sido criticados por hacer de un asesino un santo, y han sido amenazados por intentar “fabricar un inocente” construyendo una historia falsa. Está claro que el brazo largo de la ley llega hasta donde haga falta para que se cumpla la misma. Pues, ¿qué bien todo, no?

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Acerca de Teresa Domingo 135 Articles
Si es creepy, es para mí.

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