MALARIA. Simplemente Jali.

El regreso de un referente nacional, especialista en integrar escenarios y personajes de temática creepy en cuentos infantiles para adultos.

Por Teresa Domingo.

 

En los años ’90 en España proliferaban las obras de corte infantil pero de temática siniestra y oscura. Era lo que se llevaba y lo que se tenía que hacer si se quería vender algo, un poco lo que pasa ahora con las novelas de tuiteros y/o youtubers pero con niños diabólicos (los personajes, no los youtubers… no todos, al menos). Y tal y como ocurrirá con estos, la gran cantidad de autores que por aquellas vivían del cuento de terror, o bien cambiaron de rumbo, rendidos ante los devenires que el público reclamaba para sus lecturas, o, simplemente, desaparecieron del panorama.

Pero Jali se mantuvo en su estilo claramente influido por Charles Adams y Tim Burton antes de convertirse en el pesado de Tim Burton, y, a base de crear obras que, paradójicamente, aunaban crudeza y ternura, llegó a convertirse en una referencia del cómic de terror nacional. Siete años después de su última publicación (El último gran viaje de Olivier Duveau), José Ángel Labari Ilundain “Jali” regresa a nuestras estanterías sin perder ese toque mágico que torna lo tétrico en tierno, y, siete años después es, de nuevo, Astiberri quien se ha encargado de hacernos llegar la nueva obra de este autor con sello propio.

Digo de nuevo porque la relación entre Jali y Astiberri viene de lejos. Además del título que he mencionado antes, que aún no he tenido el placer de leer, pueden presumir de haber parido juntos Plexiglás, la candidata a mejor obra y por la que él fue candidato a mejor autor revelación en el Salón del cómic de 2005, en la que crea una fábula basándose en clásicos como Peter Pan o El Mago de Oz, con su vuelta de tuerca, siniestra y magistral, con unos personajes que recomiendo muy mucho. Y, por supuesto, No despertéis al ser que duerme, una compilación de los relatos cortos que le hicieron hacerse un hueco en la industria y en los corazones de los que tenemos debilidad por el género. Algunos de estos relatos tuvieron su germen entre los años 2003 y 2005, años en los que Jali realizó numerosas colaboraciones en la revista Tos, también editada por Astiberri, donde se fueron forjando los personajes de su grandioso imaginario, y donde vio la luz por primera vez el personaje de Malaria, el alter ego de Natalia, una niña muerta a la que, más de diez años después ha decidido dar el protagonismo que merecía, ayudándola a alcanzar la fama de sus hermanos de tinta Igor Mortis, Berta a la que le atormenta la tormenta o El niño miope, por nombrar los más famosos.

Malaria toma como punto de partida la caída de Alicia en la madriguera del conejo blanco, a través de la que la protagonista llega a otra realidad. Pero sólo es para ponernos en situación porque en la siguiente página nos damos cuenta de que aquí no va a haber País de las Maravillas que valga, pues, fuera de los cuentos de hadas, el paso al otro mundo significa la muerte. Y de eso va este tétricamente tierno cuento, de la muerte de una niña y del terror que sienten sus padres al imaginarla existiendo en otro plano de la realidad, sola y asustada. Pero, gracias a Jali, el paso al otro mundo se convierte en una maravillosa experiencia de sobrios escenarios en blanco y negro plagados de experimentos gráficos y juegos con la composición entre viñetas de grandiosa ejecución, hasta el punto de hacerte parar, iluminar convenientemente y dejarte los ojos escudriñando un bocadillo para descubrir lo que grita un personaje a lo lejos. Este es sólo uno de los interminables detalles que harán de la lectura de Malaria y de la afrenta de la muerte una experiencia diferente, en la que sí que resulta haber un país de las maravillas, al que cada uno llegaremos compartiendo camino con los recuerdos que hayamos fabricado. Tengo que confesar que la surrealista personificación de estos recuerdos y la acojonante plasmación gráfica del paso al otro lado de Natalia y su (creo que podría llamarse así) animal totémico, el cangrejo-guía, además de todo el paralelismo con el mundo de la Alicia de Carroll, han hecho que este cómic haya escalado hasta la cima de mis candidatos a cómic del año.

Con Malaria Jali vuelve a sus orígenes y deja para la posteridad una obra sencilla pero que no deja nada al azar, y que además nos regala un mensaje que hace dulce lo amargo. Algo tan duro como puede ser sobrevivir a un hijo en manos de alguien que ha visto calificada su obra como ‘poesía visual’, puede ser una experiencia bonita. No, puede ser no, lo es. Es precioso, reconfortante y esperanzador. La muerte no tiene por qué significar soledad si te has encargado de que los que se quedan te recuerden por algo. Maravilloso.

A Jali se le recordará siempre por sus personajes infantiles de cuentos para niños grandes, de escenarios tétricos a tinta china que confrontan esa inocencia con el lado más rudo de la vida, y todo eso a pesar de lo difícil que resulta hacerse un nombre fiel a un estilo y un género que no complace a todo el mundo. Pero y, ¿a nosotros?

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Si es creepy, es para mí.

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