MANIFIESTO: La censura y las enfermedades letales.

Hay tanta gente dando lecciones, que esto parece un mundo de maestros. Hay tanto guardián del buen gusto, que nos estamos quedando sin paladar.

Por Javier Marquina.

“Tampoco es para tanto. En serio. No hace falta que te indignes. Es arte. Es cultura. No estamos hablando de actos de violencia física repugnante. No te pedimos que ignores violaciones flagrantes de los derechos humanos. Aquí no hay ningún rudo marinero masacrando bebés de foca. Lo que tienes ante ti es la expresión del pensamiento y la voluntad de otro. Puedes entenderlo. O no. Puedes apreciarlo. O no. En todo caso, si no te gusta, no mires. Si te desagrada, no lo compres. Si crees que va a resultar ofensivo, no vayas a verlo. Expresa si quieres tu opinión en cuantos medios y redes sociales tengas a tu alcance. Eres libre. Tienes esa inmensa suerte. Di que es repulsivo. Ignominioso. Denigrante. Estás en tu derecho. Puedes hacerlo. Es más, debes hacerlo. En eso consiste el libre albedrío. Pero no pidas que lo prohíban. No exijas que censuren. No le prendas fuego. Opina con libertad, igual que hace aquel que tanto te disgusta. Deja que sea la propia sociedad la que apoye o condene al ostracismo al perpetrador de eso que tanto te molesta. Confía en el criterio de los demás. En el mecanismo autorregulador de la masa. En el implacable criterio de lo comercial. En la democracia, los valores y el pastel de manzana. O no lo hagas. Qué más da. Quizá los demás no piensen como tú. Quizá una abrumadora mayoría sienta lo contrario. Quizá estás solo y todo el mundo es idiota. Si eso es así, solo te queda una opción: JODERTE. Bueno, en realidad tienes más. Puede intentar convencer a los otros de que tu opción es la correcta. O puedes reflexionar sobre lo que creías inmutable y sólido como una ley sagrada y considerar la posibilidad de estar equivocado. Hagas lo que hagas, no pidas que prohíban aquello que no te gusta. Exprésate con libertad sobre ello. Pero no lo quemes. Trata de ponerte en la piel del contrario. Inténtalo. Coteja varios puntos de vista antes de despotricar. Piensa en todos los clásicos de la literatura que en su momento fueron condenados a arder en hogueras de puritanismo. Piensa en esos grupos punk que parecían violar todo lo establecido y que hoy generan más ternura que impacto. Piensa en esas películas que rompían todas las reglas de lo púdico y hoy apenas servirían para ilustrar un anuncio de desodorante. Dicho de una manera más simple: PIENSA. Y piensa en general, con los demás a tu lado, en solitario, con el mundo girando contigo o sin ti. Piensa en un sistema galáctico en el que no eres el centro del universo. Piensa en una sociedad que necesita más hombros y menos patadas. Piensa en un educación ávida de criterio y sobrecargada de doctrina. Piensa como si fueras un anacoreta en un desierto de catetos, chonis y chándales. Sobre todo. Para todo. PIENSA. Quizá entonces descubras que lo que crees impresentable, no es más que el trazo de un lápiz sobre un papel en blanco. Bueno. Malo. Regular. Lleno de talento. Tan patético que da vergüenza ajena. Pero solo un conjunto de colores colocados en un lienzo. Aléjate para mirarlo. Toma perspectiva. Y piensa. PIENSA. Quizá entonces comprendas que le estas dando demasiada importancia a un dibujo, mientras en el mundo hay millones de personas ajenas al privilegio de poder visitar un museo.”

Esto lo escribí el jueves, totalmente ajeno a los resultados electorales. Hoy la sensación que me queda, tras lo que ocurrió ayer, es que esa confianza en la capacidad del prójimo para reflexionar, ser tolerante, hacer autocrítica y expresar su voluntad de cambiar cuando está equivocado, es solo una especie de cuadro naïf irrealizable en un país de frentes, donde la democracia se convierte en un arma letal en manos de hijos de puta. O eso, al menos, es lo que siempre piensa el que pierde. Hoy todo el mundo se quiere ir de España. Quizá vayan al Reino Unido, hogar de esa mayoría ciudadana que ha apoyado una postura con un indeleble tufo fascistoide. Quizá paren en Francia, justo en el momento en el que aclaman a una Le Pen. A lo mejor cruzan el charco para ver como millones de americanos apoyan a un payaso peligroso de flequillo dimensionalmente imposible. Si. Vámonos de aquí. Como si más allá de nuestras fronteras el mundo no estuviera también lleno de idiotas. Por desgracia, la imbecilidad es patrimonio de la humanidad

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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