MAPA DE BESOS.

A veces aparecen en tu esfera cosas que no te esperas. Ni por dentro ni por fuera. Cosas que parecen algo que no son y que, al contemplarlas con calma, abren esa compuerta donde guardas lo que siempre has querido ser.

Por Javier Marquina.

Hubo un tiempo más estúpido en el que creía escribir poesía en los bares. Lo hacía de forma automática, en servilletas de papel, llenado huecos en blanco de palabras vacías y cargadas de ego con las que cegaba a borrachos y solitarios. Siempre pensé que mi don era tratar la lírica sin respeto, creyéndome todo un grande cuando a lo único que había llegado era a ser un pequeño bajo una diminuta lente de aumento. Tenía un toque para camuflar la nada con letras que al unirse sonaban a beso. Tenía un momento de inercia para ser tan rápido en la respuesta, que nadie quería buscar ese segundo de duda que demostraba que no tenía talento.

foto9En realidad nunca entendí la poesía. Los versos ajenos siempre me sonaban a esfuerzo ridículo por parecer profundo, y más allá del mecánico ritmo de la rima consonante, lo libre se me escapaba oculto por mi propio orgullo, por esa nube de vanidad que me hacía creer que podría resolver una endecha sin buscar su métrica en una guía de literatura. Era el que mejor lo hacía, así que llenarme de la obra de otros que demostraban lo poco que yo valía, me parecía un ejercicio de realidad que no quería usar con mis fantasías.

Eran tiempos de imbecilidad y osadía.

Cuando Mapa de Besos, un “liricómic” escrito por Ángel Petisme e ilustrado-animado-dibujado-vestido-representado por Josema Carrasco, llegó a mis manos hace pocos días, esperaba abrir recuerdos y volver a vestir aquellos momentos de fantasmas de ojos azules en las que las libretas de Ambar hablaban de desamor y de heridas adolescentes que siempre parecían anunciar el fin del mundo. Y así fue. Pero no solo eso.  Por suerte, cuando otros muestran su alma y dejan que el mundo entre a ver lo que esconden en esa sala llena de oro, petroleo y ruinas, nada es lo que parece. Lo que yo esperaba dibujado como una crónica tiznada de azúcar en una montaña de romanticismo ácido, es en realidad un compendio de inquietudes en las que el autor habla de lo que le preocupa, de lo que siente, de lo que ve, de lo que sufre, de lo que disfruta y de lo que es. Todo ello ilustrado con elegancia en una sucesión de viñetas que sirven de guía; arte que trabaja como un manual con el que evocar lo que estamos leyendo, reflejando a cada paso las palabras, refrendando sentimientos con líneas industriales de colores eléctricos. Lo que a priori se me presentaba como algo alejado de todas las cosas con las que disfruto, ha acabado por representar en varias ocasiones a aquel yo tan enterrado que una vez pensó que sabía hablar con hadas, pero nunca pasó del cuaderno personal cuadriculado; de esa parcela sucia en la que encerraba mis frustraciones de autor consciente de su fracaso.

Ahora sé que cuando creía hacer poesía, lo único que pasaba es que estaba convirtiendo mi inconsciencia en valentía. Dejaba que mis secretos se empaparan a través del galimatías que mi subconsciente dictaba a modo de ráfaga, una máquina de la verdad hecha con bolígrafos Bic y papel reciclado. Valentía. Esa es la clave. La sensación de ingravidez que te desploma en un montaña rusa hecha con esqueletos. Tener lo huevos para plantarse frente al mundo y publicar lo que vomitas, camuflando el fuego que te abrasa en un dulce envoltorio. Poesía. Ese columpio de cristal que te lleva a la gloría o al ridículo con el bamboleo de una palabra mal utilizada; esa ciencia del corazón que, combinada con el sólido arte de una ilustración que extrae el contenido y el alma, nos pone frente al espejo en el que nos vemos desnudos y siempre llenos de lágrimas hechas con sangre. O con alegría. O con tristeza. O con rabia. Eso ya es una cuestión de trazos, colores y del dolor que los recuerdos dejan en la carne; una llaga que nunca se cierra; una foto fija de la sonrisa de esa chica que te abrazaba mientras le rodeabas un pezón con los dientes, erizándole una piel ajena a los finales, semidesnudos en el baño del apartamento de aquel amigo que nunca te volvió a hablar.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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  1. RESEÑAS MAPA DE BESOS | Josemitadinamita

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