Mark Millar que estabas en los cielos

Supercrooks, el nuevo desastre de mi antaño adorado escocés.

Por Javier Marquina

Hubo un tiempo en el que me habría dejado el pelo largo, me lo habría teñido de rubio Mercadona, me habría operado para conseguir dos enormes tetas de silicona y habría ido al Sálvame Deluxe para combatir durante 12 asaltos contra la insigne Mila Ximénez al grito de: “Yo por Mark Millar MA-TO”, con tal de defender el honor del autor de cómics escocés.

Ahora que leo la mayoría de lo que escribe llevado por la inercia de sus anteriores trabajos, puedo decir que para mí, esos tiempos quedaron muy, muy atrás. Supercrooks es un buen ejemplo de ello.

(Lo que viene a continuación puede contener spoilers, pero teniendo en cuenta el nivel del argumento y la trascendencia de la historia, os aseguro que no os estáis perdiendo ninguna sorpresa. Es más: si habéis visto cierta película llena de guapos en la que le roban un casino a un actor con nombre hispano, ya habéis leído Supercrooks).

Prometo que había empezado esta entrada con la idea de hacer un somero análisis de la obra de Mark Millar, obra con momentos muy destacables que han marcado a fuego la historia del cómic de superhéroes americano de los últimos 10 años, pero luego he pensado que después de haber perpetrado el guión de semejante aborto, el señor Millar (y el señor Vigalondo en la parte alícuota correspondiente) no merecen excusa, defensa ni disculpa alguna. Leña al mono de manera inmisericorde.

 

Los fondos de Yu deudores de los fondos de Liefeld.

Supercrooks es un truño. Un mojón. Una mierda. Una mierda breve, eso sí.  Es lo mejor que puedo decir de esta miniserie de 4 números enmarcada en el flamante MillarWorld, que el rubicundo escocés nos ha vendido como la obra magna del noveno arte del siglo XXI. El dibujo de mi siempre odiado y nunca suficientemente detestado Leinil Francis Yu tampoco ayuda demasiado, pero en su defensa diré que el chico hace lo que puede por defender uno de los peores guiones de los últimos 10 años 20 años 50 años 200 años. Así que en lugar de centrarme en el repugnante trazo del omnipresente filipino, me ensañaré con el guión, auténtico causante de tamaño despropósito.

Probablemente, la única buena viñeta de Supercrooks.

Partiendo de una premisa a priori atractiva, Millar consigue crear una historia tópica, aburrida, lineal, absurda y llena de personajes odiosos que escupen chistes sin gracia. Los supervillanos que se van a un lugar sin superhéroes para poder realizar a sus anchas sus tropelías acaban siendo un remedo zafio y cutre de los chicos de Danny Ocean, más picaros que malvados. En lugar de sojuzgar y someter a toda la población de la Vieja Europa con sus mesiánicos poderes, se dedican a robarle al malo de turno, un tipo supercruel y superpoderoso y superrico y superidiota que ha amasado una fortuna incalculable, sin pararse a pensar ni un momento en lo absurdo que es saquear a un sádico, omnipotente e implacable asesino, en lugar de dedicarte a devastar todos los bancos europeos, trazando así una hábil alegoría de la actual crisis económica provocada en origen por el pérfido Imperio Americano. La acción que casualmente ocurre en Tenerife, podría suceder en  Las Vegas, en Buenos Aires, en Kabul o en Almonte en pleno Rocío. Es un detalle totalmente superfluo, accesorio e inútil. Las Islas Canarias podrían ser Sicilia. La mansión del rico villano podría estar en Villanueva del Pardillo.

Que en Tenerife no haya superhéroes es indiferente cuando vas a joder a un villano. Lo más probable es que los superhéroes aplaudan tu idea. Esta evidencia se convierte en algo todavía más sangrante cuando al genial Millar se le ilumina la bombilla y hace que el hipermalo tenga como guardaespaldas a uno de esos superhéroes que en teoría estábamos tratando de evitar. La idea principal sobre la que debería girar todo queda así reducida, minimizada y finalmente destruida. El protagonista, un tipo que carece de gracia, chispa, y en la segunda página ya se ha convertido en alguien realmente desagradable que quieres que muera a las primeras de cambio, muta por arte de birlibirloque de estúpido fracasado a genio triunfal y acaba ligándose de nuevo y de manera previsible a su maciza ex-novia,  también supervillana, y que perdió años ha por razones aburridas que no le interesan a nadie. Todo en la historia es viejo, rancio, mohoso, usado. Ningún chiste tiene gracia. Ningún personaje posee carisma. El final es obvio, bochornoso, ridículo. Los buenos ganan. El malo se enfada. La estomagante pareja acaba siendo feliz. El superhéroe gay chantajeado por su condición sexual, acaba blandiendo orgulloso la bandera arcoíris. Tópico tras tópico tras tópico tras tópico.

Una joya vamos. Un hito. Una razón más para abandonar definitivamente las obras casposas que últimamente produce el señor Millar, cuyo cerebro parece haber sido devorado por esa infame película que, adaptando lo último bueno que ha salido de su pluma, corrompió todas las virtudes de la obra y la convirtió en una payasada patética a mayor gloria del pelo de Nicholas Cage.

Comprar Supercrooks es como comprar el Slender Shaper. Os saldría más rentable invertir en Bankia.

(P.D: Para corroborar mi teoría de la degeneración neuronal progresiva, el ínclito señor Millar, tras ver ese bodrio fílmico supino que es Kick-Ass, aseguró que estaba encantado con la adaptación y que ésta se ceñía como un guante de piel a su creación. Algo tan aceptable, lógico y coherente como presentarte ante Torquemada cubierto de sangre, siendo sodomizado por un macho cabrío y al grito de “VIVA SATÁN”.)

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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