MATAR AL PADRE. Pero hacedlo ya.

No soy padre ni pretendo serlo, pero sí que tengo uno y si fuera como Jacobo Vidal, no es que quisiera matarlo, es que probablemente ya lo hubiera conseguido con éxito.

Por Teresa Domingo.

 

La serie con la que Movistar ha empapelado medio Madrid da ganas de matar al padre, al hijo y al espíritu santo. Menudo personaje y menudo papelón. Y lo digo en el amplio y completo sentido de ambas palabras

De dónde vienes, a dónde vás y con quién.

Procedo con el personaje. Jacobo Vidal es el padre más sobreprotector, hipocondríaco y enervante del mundo. Un controlador de manual que no para de agobiar a su familia, sobre todo a sus hijos, absolutamente con todo. Siempre pendiente de que estén a salvo, bien de salud y que se ocupen de ser alguien en el futuro. Diréis, claro, como no eres padre no lo sabes, todos queremos eso para nuestros hijos… no como Jacobo, creedme. Insistente, déspota, vehemente, metomentodo, alguien que cree que sólo eres alguien si tienes dinero, una carrera y un traje. El claro ejemplo de alguien que ha crecido en un ambiente violento y hostil, que quiere rehuir de la figura de su padre y, aunque crea que es diferente, acaba haciendo exactamente lo mismo e inculcando los mismos valores a su prole. Estos, a su vez, acabarán desarrollando los mismos miedos y frustraciones que su padre. La herencia recibida. El ciclo sin fin.

Tremenda interpretación de Gonzalo de Castro para encarnar a este personaje, que lo es con todas las letras. La manzana podrida que pudre a todas las demás. Todo el que se acerca a Jacobo acaba jodido, sobre todo de la cabeza. Al igual que él, todos los personajes son personas disfuncionales que se reparten diferentes traumas que gestionan como pueden con lo que les han enseñado e intentan seguir adelante en la vida sin una estructura sobre la que asentarla.

Y ahora vamos al papelón. Partiendo de la base que esta serie estaba concebida en origen como una película episódica, resulta inevitable notar que algunas partes de la trama se han confundido con chicles y se han intentado estirar hasta el infinito y más allá. Es más que probable que como película en cuatro actos hubiera funcionado, pero como serie, aunque sea de cuatro capítulos, no. Mar Coll da el salto de la gran a la pequeña pantalla intentando usar el mismo lenguaje y estructura, pero sin lograrlo, porque no son el mismo medio y sólo consigue que el relato pierda intensidad y resulte repetitivo.

Te miro y te controlo.

Porque al final lo que parece es eso, una película muy larga, con varios saltos en el tiempo narrativo, donde el final de cada capítulo sólo resulta una transición más de un año a otro, como cualquier otra de las que se emplean a lo largo de la historia. Lo que sí queda bien planteado es la situación extrema a la que se somete a Jacobo una vez ha quedado presentado en la primera mitad, y el giro de 180 grados que da su vida desde que lo conocemos en 1996, cuando decían que España iba bien y experimentábamos una economía en expansión diferida, a 2012, el año en que petó todo, sobre todo Jacobo, que cae en una serie de catastróficas desdichas. Los trágicos efectos de la crisis llevados a cabo sobre un personaje que llega a rozar el histrionismo, cuyo carácter ultracontrolador provoca unos deseos irrefrenables de matarle pero que resulta cómico en su propio despotismo.

No creo que miniserie sea el formato idóneo para contar esta historia. Algo que hubiera quedado bastante aparente en un largometraje de estructura episódica, queda bastante deslucido y con evidentes signos de estiramiento de la trama, que hacen perder fuerza al relato y causan daños en el resultado final. Aun así, propone grandes reflexiones sobre el libre crecimiento personal y la influencia directa que ejercen los actos, miedos y frustraciones de los padres sobre los hijos.

No soy padre ni pretendo serlo, pero agradezco al mío que me haya enseñado a aprender.

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Si es creepy, es para mí.

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