MATERIA: Las invasiones bárbaras.

Un cómic milimétrico, desconcertante, extraño. Un tebeo poseído por ese enorme espíritu de vacío existencial que parece alimentar el motor vital del ser humano.

Por Javier Marquina.

Ardes.

Quieres hacer que lo que te rodea queme tanto como ese agujero hecho de desolación que late con vida en tus entrañas. Disimulas parapetado tras indiferencia, midiendo tu coraje con toneladas de desprecio, estupidez y pretendida superioridad. Eres un perfecto nadie en un mundo en el que la lucha por ser alguien se mide en megas, gigas y teras. La nueva iglesia es la pantalla de un televisor. La nueva religión se masturba con vídeos de gatos en Youtube. Jesucristo es un palurdo que viola tu intimidad en alguna red social de mierda. Ensucias para sentirte especial. Follas porque alguien ha creado tendencia. Consumes para evitar ser consumido y, en el proceso, te difuminas en un éter de existencialismo de supermercado.

Todo lo que sabes se reduce a nada. La lógica no es más que una planta que procesa carne. La solución a tu vida de mierda es formar parte de una invasión extraterrestre. Crecer es elegir la lavadora por encima de una noche de drogas sintéticas encapsuladas en brillantes comprimidos. Nada más triste que la responsabilidad, la madurez y la vida ordinaria. Nada es más deseado que desaparecer. La invisibilidad es una nueva forma de trascender. Es lo opuesto a la inmortalidad. Es la capacidad para colarte por las rendijas de lo ajeno. Escapar del bucle. Salir del sistema.

MATERIAMateria es difícil de explicar. Difícil de contar. Difícil de resumir. Es un cómic que hay que experimentar, como un dolor de frecuencia agradable, como una caricia que casi se convierte en cosquilla. Materia hay que vivirlo. Decidir si lo adoras o lo detestas. Si te parece una genialidad o una absurda tomadura de pelo. Hay que encerrarse en sus ángulos claustrofóbicos, en sus personajes fríos como anfibios adictos al piercing, en su simetría enfermiza.

No se puede contar lo que pasa en Materia, porque es labor de cada uno descifrarlo y elegir si la emoción, el desasosiego o la desolación tienen algo que ver con lo diáfano o truncado del mensaje. Los puñetazos que te tumban son los que te llegan por el ángulo muerto. Las puñaladas que más duelen son las que no ves venir. Lo que turba es lo que te aturde. No entender es una bendición cuando el mundo que debes comprender es una colección repugnante de premeditados desastres.

No paro de repetir que lo sencillo es poco satisfactorio. La rutina es la muerte, el infierno. Vivir encerrado en los mismos patrones es como cegarse con hierros al rojo, pero en silencio, como hermanos conformistas de un Miguel Strogoff que solo come caballos. Necesitamos marcianos, invasiones y seres de genética alienígena que nos saquen de la pereza, píldoras contra el aburrimiento extremo y esa indiferencia narcotizadora que la televisión nos administra por vía visual. Encerrados en jaulas de cemento y suelos hechos con cajas de pizza a domicilio, inconscientes de nuestra propia y patética debacle, Materia consigue dispensar una bofetada de asombro, de un frío y aséptico lirismo lleno de una rigidez matemática, donde la solución imposible no es más que una perla hecha de sueños que nace fatalmente resquebrajada.

El cómic de Antonio Hitos es puro como una línea de Rotring. Necesario como el hielo tras una paliza. Es una tenia envuelta en ideas que no deja de retorcerse en tu cabeza.

Y que se jodan las vacas.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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