MEMORIAS DE UN LECTOR ENFERMIZO VOL. II

No sé si la vida es un frenesí. Es probable. Lo que tengo claro es que es un no parar. Un no parar de leer, en mi caso. Y sin embargo, la pila de pendientes no parece sufrir minoración de tipo alguno. Es como el jodido milagro de los panes y los peces alimentado por mi cuenta corriente.

Por Javier Marquina

Memorias

El café es un frío sucedáneo en una taza forrada de dibujos de Spiderman. Bostezo. Me recompongo la bata de Hulk. La campana de extracción de la cocina absorbe con dificultad el humo de un cigarrillo. Valoro la opción de añadirle algo de alcohol al brebaje, pero no soy detective privado. Tan solo un nuevo día en la vida de un lector empedernido. De un enfermo. De un devorador compulsivo de cómics.

Miro la lectura mañanera que me espera con la sensación de olvido que te embarga cuando tu cerebro criba los datos superfluos en busca de espacio. Es lo que yo llamo el criterio de la memoria. Una manera infalible de saber si un cómic te ha gustado. Es sencillo. Si lo recuerdas, es que te ha molado. Si tienes dificultad hasta para recordar su argumento, no lo dudes, es una mierda. Pasaron ya esos días de relectura en los que podías contar con los dedos de una mano los tebeos que te comprabas al mes. Ahora tienes dificultades para bajar tu montaña de pendientes leyendo uno al día, signo inequívoco de que sobrepasas la compra de los 30 ejemplares al mes. Pura enfermedad.

Como decía, la sensación de futilidad late bajo del tomo Batman/La Sombra. Un halo de intrascendencia que pulsa con la apatía de un corazón moribundo. Producto de consumo pensado para vender, quizá para revitalizar un personajes histórico, clásico, hijo de pulp más duro que ha ido perdiendo fuerza y magia a pesar de algunas gloriosas y memorables revisitaciones. (A ver si reeditamos la miniserie de Howard Chaykin de una vez por estos lares). Poco que experimentar más allá del dibujo de un Riley Rossmo voluntarioso en la composición que, por desgracia, no llega a golpear con la fuerza necesaria para despertarme. El guión de la pareja Snyder/Orlando es pura rutina, pura fórmula, un trámite que ayuda poco a la trascendencia. Veo madera de estrella en Rossmo y, sobre todo, ganas de hacer otras cosas. Muchas cosas buenas que disimulan otras carencias, pero que en general destacan por encima de los errores que podrían afear el conjunto. De hecho, el dibujo es la única razón que se me ocurre para comprar este tomo, firme candidato a ser amontonado en el diván de los olvidados entre numerosos cadáveres de otrora brillantes superhéroes.

Medio día. Hay que ser un héroe para sentarse en el sofá después de comer y tratar de leer. El sopor es como una pedrada. Puedes intentar no desmayarte después de que te haya golpeado, pero no lo vas a conseguir. Luchas, pero pierdes. Lees veinte veces la misma viñeta sin avanzar ni un ápice, incapaz de comprender nada de lo que estás mirando. Eres como una liquen intentando resolver una ecuación. Por suerte, el sueño no es una de tus virtudes. Duermes poco y mal. Así que, después de diez minutos de siesta reparadora, estás preparado para seguir con tu labor lectora. Algo ligero. Algo rápido. Algo que no pida demasiado pan. Digestión veloz sin cisma neuronal alguno. Algo japonés, por ejemplo.

Dorohedoro es el clásico manga que uso para divertirme. Es como el buen shusi: delicioso en su simplicidad conceptual, en la crudeza que purifica el sabor al no ocultarlo con cocciones o brasas. Descerebrado, violento, sangriento, brutal… Tiene todos los ingredientes que lo convierten en éxito instantáneo para esa parte de mi cerebro que gusta de ser un psicópata peligroso. Además hay mujeres con tetas grandes y enormes dosis de surrealismo aleatorio, todo ello mezclado con una apuesta visual que busca hacer cosas nuevas a través del uso (o la simulación) de técnicas como el collage. La única pega que puedo encontrarle al tebeo de Q Hayashida es el horror perpetuo de las colecciones japonesas abiertas. Ese abismo que te destruye el alma al enfrentarte a lo incierto de algo que puede durar 200 tomos. Más allá de eso, no hay nada en Dorohedoro que no funcione. El ritmo, la historia, los personajes y un aluvión de imágenes potentes para dejarte muy loco. Entretenimiento perfecto lleno de magos con máscaras y lagartos que no busca otra cosas que ofrecer ocio insano y salvaje a hordas sedientas de sangre. La definición exacta de eficacia, solvencia puntual y escrupulosa cubierta de vísceras devoradas y seres que hacen crecen hongos en tu estómago.

Noche. Queda poco de mí. Las horas me castigan con cansancio y una desidia que me hace desear solo sofá. Vagancia contra necesidad. Devoción convertida en obligación. Me niego. Me rebelo. Utilizo toda mi fuerza de voluntad para convertir el defecto en virtud y consigo que el momento mejor sea el mejor momento. El lugar perfecto. El instante aislado en el que te recreas lleno de placeres mundanos y solitarios. Onanismo. Disfrute. Eyaculación mental. Deudas hirientes e incomprensibles que hay que saldar cuanto antes. Un cómic. Un templo. Una jodida obra maestra. Acabo Alack Sinner con la sensación de haber cruzado el Rubicón. Con el sentimiento de haber visitado la Capilla Sixtina. Sin desmerecer ni un ápice la labor de Sampayo, me encuentro traspuesto por el arte de Muñoz. Trascendido por una evolución palpable en el gigantesco tomo recopilatorio que permite contemplar casi en tiempo real un proceso de años. Un camino de sabiduría, de mutación, de autoconocimiento. Una senda que se olvida gradualmente de la realidad para centrarse en lo grotesco, en lo onírico, en el poder de evocación de la línea bien parida, que no necesita de afiches para ser perfecta. Síntesis. Economía. Pragmatismo. Arte. Y todo ello con la atmósfera opresiva de un fracasado vital que consigue seguir adelante. Un personaje universal que tropieza con la vida y cambia con cada traspiés. Que se deja llevar por la corriente inevitable de un destino que no existe.

Me meto en la cama con la sensación de la hormiga que contempla con ignorancia la suela del gigantesco zapato que está a punto de aplastarla. Es una mezcla de desesperación  y admiración. De fracaso ritual. De querer y no poder. Ni saber. Ni llegar. Es lo que tiene leer a los maestros. Me duermo tratando de recordar que mañana me tengo que obligar a leer mierda más cercana, más asequible, más superable, más humana, menos divina.

Sigue a La Isla de las Cabezas Cortadas en Twitter y en Facebook.

Acerca de Javier Marquina 240 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*


Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.