MEMORIAS DE UN LECTOR ENFERMIZO VOL. I

¿Y si pruebo algo nuevo? ¿Y si cambio de registro? Con más de 200 reseñas a las espaldas en La Isla, quizá sea el momento de hacer otras cosas. Dicen que o te renuevas o te mueres y, la verdad, por ahora no tengo muchas ganas de tumba o malvas.

Por Javier Marquina.

Otro de esos aforismos a los que tanto recurro es el de “la necesidad es la madre de la ciencia”. Podría parecer que esto que voy a escribir ahora es un experimento fruto de la inquietud artística, pero la verdad es que es más fruto de la sequía y el cansancio que del interés innovador que debería mover mis acciones.

Creo que no puedo más.

Haciendo balance de estos últimos cinco años, he descubierto que he escrito la friolera de más de 500 reseñas o artículos para diversos medios, periódicos y revistas y, la verdad, es que me he ganado el derecho a descansar. Una de las principales obsesiones que me asaltaban cada vez que escribía una reseña era la originalidad o la diferenciación del resto, ya que me aburrían como una ostra las valoraciones encorsetadas que seguían el patrón absurdo y soporífero del argumento/guión/dibujo/valoración final. Por no hablar de la valoración numérica. Ese cáncer convertido en atajo para vagos basado en criterios matemáticos absurdos, que va directo a la nota para facilitar el trabajo a toda esa horda de víctimas de la ESO cuya comprensión lectora rivaliza en eficiencia con la de un babuino drogado.

Uno no siempre consigue lo que quiere, claro, y lo de ser siempre diferente tras más de cuatro cienes llenos de líneas de texto es poco menos que imposible. Pensadlo. Más de 400.000 palabras usadas para hablar de un montón de cómics en sus muy diferentes apreciaciones y facetas. Un trabajo a veces agotador que te exige encontrar vías alternativas. Un “algo más” que te anime a sentarte frente al teclado a aporrear por enésima vez las letras para parir algo que te resulte satisfactorio de leer. Algo en lo que tú mismo te interesarías como consumidor. Y gratis. Que de aquí no sale rico nadie. Por lo tanto, ya que no ganas dinero con esto, al menos trata de parir algo divertido para todos.

¿Qué hacer? Para alguien que se lee un cómic al día no debería ser difícil encontrar de lo que hablar. Y no lo es, os lo aseguro. Lo complicado es encontrar el tono en el que hablar sin resultar robótico, manido o aburrido. Esto suele solucionarse saliendo por la tangente y convertir el tebeo en una excusa para hablar de otros temas que te interesen. Con esta idea en la cabeza, había pensado empezar hablando del primer volumen de The WildStorm de Warren Ellis editado por ECC para divagar sobres los refritos, las segundas oportunidades y la transformación ficticia de la idea inmutable, pero entonces pensé en mis filias evidentes y en la cantidad de reseñas que he hablado bien de este guionista. Se me iba a ver el plumero. Otra vez. Decir que disfruto como un puto enano con el 99% de las cosas que escribe me delataría como un fan histérico vendido al ciego amor que le profeso. A veces eres víctima de tus propios actos. Cuando lames el culo de alguien demasiadas veces, tu aliento adquiere el olor de su mierda. Y no es que no lo merezca. Esta reinterpretación del universo creado por Jim Lee (ejem) y en el que Ellis jugó a su antojo durante años me ha parecido entretenido, funcional e interesante. Sin ser su mejor trabajo, una de las ventajas de Ellis es que sabe como atarte a una página y llevarte de la mano hasta el final, sin necesidad de sufrir demasiado o de entenderlo todo. Mucho menos críptico que algunas de sus últimas obras, The Wildstorm es un cliché entretenido que sigue los parámetros superheroicos más conocidos de principio a fin, dibujo incluido.

Descartado Ellis, tenía que valorar las alternativas. “Ya sé” pensé. “Escribamos sobre algo de La Cúpula. Eso nunca falla”. Bingo. La Cúpula es una de las editoriales que más alegrías me ofrece a lo largo del año, y siempre es un oasis de calidad recurrente al que acudir cuando tu cerebro se encuentra vacío de ideas y todo lo que se te pone al alcance para reseñar, o no te motiva o es pura mierda. Acababa de devorar el Sp4rx de Wren McDonald, así que tenía la candidato perfecto. Había disfrutado más que Maradona en casa de Pablo Escobar leyendo la odisea cyberpunk de un hacker con miembro biónico enfrentado al sistema social y empresarial, pero cuando iba comenzar a escribir sobre lo bueno que me había parecido el tebeo, una nueva duda me asaltó. “Joder” volví a pensar. “Lo mismo que me pasa con Ellis podría aplicarse a La Cúpula. Siempre estoy diciendo que son la hostia (que lo son) y al final me van a tachar de vendido”.

¿Qué hacer? Por mucho que me doliera, tenía que dejar a Sp4rx en la estacada. Tenía que olvidarme de su magnífico bitono morado, de su trepidante historia y del perfecto empaste que el guión y el dibujo de McDonald acababan generando en un cómic que, una vez más, como casi todo lo de la editorial barcelonesa, se colocaba por encima de media. Sí, lo sé. Que le jodan al “qué dirán”. Uno no puede estar siempre dependiendo de lo que piensen los demás de sus actos. Hay que hacer lo que sientes, no lo que los demás te obligan a sentir… Conozco de sobra la teoría, pero cuando uno está inmerso en una crisis literaria de la envergadura de la que yo me encontraba, cualquier pequeño guijarro en el camino adquiere las dimensiones de una pirámide faraónica. Tenía que dejar atrás un grandísimo tebeo para no repetirme más que el ajo o parecer un pelota.

Mierda.

Maldición.

Se me acababan las opciones.

Y si…

La nueva edición de la etapa en Pantera Negra del guionista Christopher Priest hacía días que me rondaba por la cabeza. Aquella serie que las ventas dejaron colgada en España llevaba tiempo en mis tareas pendientes personales, y la colección de varios tomos caros de cojones con los que Panini va a sacarnos la sangre y las entrañas aprovechando el tirón de la enésima bosta fílmica de la Disney/Marvel eran la ocasión perfecta para hincarle el diente. Vale. Lo tenía. Mi plan ahora sí parecía infalible. Tenía material de calidad, un guionista cogiendo un personaje para un recorrido largo, complejo y lleno de humor y un dibujante, Sal Velluto, demasiado apegado a la deformidad cargada de esteroides de los noventa pero al que acabas cogiéndole el gusto debido a su fondo clásico y a su buen hacer general. Aunque reconozco que me han gustado mucho más los dibujos sucios de Mark Texeira, o incluso los de un Mike Manley haciendo cómics clásicos que anticiparon lo que sucedería años después (de manera mucho más modesta, eso sí) con Chris Samnee o Evan “Doc” Shaner, Velluto sabe tomarle al pulso al wakandiano y aplicarle un estilo propio que, por increíble que parezca, funciona de una manera noventera, hormonada y demencialmente entretenida. Pantera Negra es también diálogos impagables, un personaje fotocopiado del Michael J. Fox de Spin City y unos argumentos complejos pensados a largo plazo en el que los saltos y las elipsis temporales se convirtieron en marca de la casa.

Allí estaba. Mi salvación. Tenía material para hablar bien (al fin) de un cómic de la Marvel sin que se me abrieran las carnes “Mar Muerto vs Moises” style, pero… Un segundo… Esto es La Isla de las Cabezas Cortadas. Aquí el rollo es otro. Nada de elastano. Nada de músculos que no existen. Nada de nombres absurdos envueltos en capas ridículas. Aquí estamos para otra cosa. Para dar una opinión. Para descubrir a autores diferentes. Para ensalzar obras de vanguardia llenas de colorines y trascendencia que se convertirán en hitos futuros para los autores venideros. Eso y la idea secreta de hacer una mega entrada para otra página amiga en cuanto haya completado la lectura de la mencionada etapa que generaba un claro conflicto de intereses y contenidos. ¿Gastar ya los cartuchos? ¿Pan para hoy, hambre para mañana? ¿Traicionar el espíritu libre y alternativo de esta página web?

Joder. Lo había perdido otra vez. Me estaba quedando sin alternativas. Una única bala esperaba en mi recámara. Una infalible. Blanco seguro. El segundo tomo de Black Hammer editado por Astiberri y que incluye los números hechos por David Rubín para la serie. Ja. Con dos cojones. A ver quién era el guapito de cara que me negaba la genialidad de la jugada y del proyecto. Y entonces…

EL DESASTRE

Los americanos, en su esotérica manera de componer los recopilatorios, habían obviado el número 12, el segundo dibujado por el gallego, pasando al 13 sin pagar peaje. Al respetar Astiberri la edición estadounidense, de repente, me habían privado del 50% del placer y mi orgasmo artístico se había visto reducido a la mitad. Yo creía que lo tenía todo, y de repente me encontraba lisiado, incompleto, como con una pierna colgando de un último nervio, de un último cachito de carne. Y no porque este Black Hammer: El suceso no merezca la pena. El segundo volumen sigue teniendo todo lo que me enamoró del primero. El aire retro, las continuas referencias y homenajes y el arte de un Dean Ormston que causa aún más admiración si cabe al conocer sus vicisitudes personales y de salud. Además, como guinda tan suculenta como el resto del pastel, el número de Rubín proporciona un despliegue narrativo impresionante, lleno de talento y recursos que convierten muchas de las páginas de su número en auténtica cátedras sobre lo que hacer cuando se quiere contar algo en un cómic. Especialmente admirable me parece una doble página de composición compleja en la que los bocadillos te van guiando de una manera fluida por la acción, sin necesidad de flechas de dirección o confusión alguna por parte del lector. Rubín es un titán del cómic. Eso lo teníamos muy claro. Por esa misma razón sabe a tan poco este único número que sirve más como aperitivo de las grandes cosas por venir que como obra de disfrute total de un excepcional dibujante de cómics.

Vaya ruina caracolera. Al final he llegado al final de este texto sin haber reseñado ni un solo cómic, sumido como al principio en un bloqueo que no me deja avanzar ni sumergirme en la escritura como antaño, cual bálsamo reparador de heridas de combate. A ver ahora como me lo monto para cumplir con mi entrega periódica a La Isla de las Cabezas Cortadas y no sufrir la ira infinita de los acerados monos redactores y sus maléficas navajas de afeitar…

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Acerca de Javier Marquina 240 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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