METRO MANILA: situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas

Porque aunque hype, el merchandising y los anuncios que empapelan nuestro día a día digan lo contrario, los verdaderos superhéroes ni son ricos ni llevan capa.

Por Teresa Domingo.

 

Metro Manila es una de esas películas que, por desgracia, no se estrenan en nuestro país. Sí, ya sabéis que tenemos una extraña atracción hacia árboles genealógicos repletos de apellidos vascos y catalanes y dejamos pasar cine que, cuanto menos, pasa los controles calidad y te llena los ojos, la mente y, en este caso, también el corazón. Aunque sea de desprecio. Para eso vamos al cine para vivir y sentir lo que tenemos delante.

El director británico Sean Ellis, conocedor y admirador del cine filipino, nos sume en la vida de una familia sin recursos, que se ve obligada a emigrar del campo a la ciudad, con lo puesto y los paupérrimos ahorros que han podido juntar en un bote de nescafé, del que hace mucho que acabaron su contenido. Así, tal cual, se plantan Óscar, su mujer y sus dos hijos en el centro de Manila, la capital de Filipinas. Lo malo es que las grandes ciudades esconden trampas que un granjero de Banaue no es capaz de ver venir. Nada más llegar son víctimas de un timo más antiguo que el de la estampita y se encuentran tirados la calle sin nada. La mujer de Oscar no ve otra salida que trabajar en un bar de alterne haciendo que los clientes consuman sin parar. Por suerte, pronto Óscar encuentra trabajo como conductor de un camión blindado, transportando cajas de seguridad de un banco, donde irá aprendiendo de su generoso compañero Ong, que le ayudará como un hermano a establecerse y a ganarse la confianza del jefe, ¿desinteresadamente?

Lo que empieza como una película de denuncia social, donde la música y los planos casi recuerdan a un documental, en un giro apenas inapreciable se convierte en un thriller de acción, robos y corrupción y que culmina con un drama digno del de Madame Butterfly. Más impredecible imposible.

El director, guionista y director de fotografía, enfoca todos los aspectos técnicos en favor del relato, y toca varios puntos calientes de la sociedad filipina, mostrándonos, sin añadirle nada, sin ni siquiera distorsionar o, mejor dicho, exagerar la crudeza de la realidad. No necesita efectos de iluminación ni escenas de acción que precisen de un gran presupuesto. De hecho, el autor huye de recrearse en la violencia visual que una historia como esta puede parecer necesitar y nos ofrece planos calmados pero contundentes, en los que, lejos de reforzar la escena con gritos y sonidos estridentes, nos aturde con todo lo contrario y, en las escenas más violentas elimina el sonido haciendo que el impacto de la imagen se grabe con más intensidad en nuestra retina y conteniendo toda la emoción de esos momentos de acción. Y, para el resto, le basta con plantar la cámara y dejarnos ver hasta dónde llega el desprecio del ser humano por el propio ser humano si hay unos cuantos billetes de por medio.

Desde la realidad de los prostíbulos filipinos, donde los escrúpulos de los clientes son inversamente proporcionales a la edad de sus meretrices hasta la explotación laboral y la corrupción, haciéndonos pasear por las calles y tugurios de la peligrosa ciudad de arraigadas costumbres asiáticas y delirios europeos.

Nunca he emigrado, y admiro realmente a la gente que agarra lo que tiene y se va a probar suerte a un sitio donde ni siquiera puede pronunciar el nombre de la calle donde vive. Imagino que al llegar se debe sentir un miedo terrible, pero también ilusión y esperanza pensando que todo irá a mejor. Al menos eso es lo que transmiten sus dos protagonistas, haciéndonos empatizar desde el primer momento con ambos. A través de ellos, el director nos hace conectar con su historia y, desde el principio, nos angustiamos y sufrimos con su desgracia y su soledad, hasta que, sin saber cómo, te descubres a ti mismo agarrado al asiento con el corazón a punto de salirte por la boca en una de polis y ladrones. Y, cuando todo termina, no sabes si reír o llorar, porque el ser humano es miserable, sí, pero en ocasiones, podemos ser héroes y salvar nuestro propio mundo.

Al principio de la peli aparece un proverbio filipino: “No importa lo larga que sea la procesión, siempre acaba en la puerta de la iglesia” y el propio Óscar, que es el narrador de esta película escasa en palabras pero con fuertes imágenes, se encarga de explicárnoslo a su manera diciendo que hay que aprender a nadar para no morir ahogado. Porque de eso se trata. La vida sigue y no se va a parar a ver si te has tropezado y le has perdido el paso, así que aprendamos a nadar y ¡Sálvese quien pueda!

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Acerca de Teresa Domingo 140 Articles
Si es creepy, es para mí.

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