METRÓPOLIS. Cómic y expresionismo alemán.

Los “Otros Mundos” de DC siempre han sido el escenario de grandes historias, libres del yugo de la continuidad, en las que los héroes clásicos se reencarnan en infinidad de versiones de sí mismos en las que el límite es siempre la imaginación de los autores. METRÓPOLIS es un ejemplo de lo mucho que puede dar de sí una buena idea cuando cuenta con los elementos adecuados.

Por Javier Marquina.

Últimamente me cuesta recordar lo que comí ayer. Tengo la sensación de que mi cerebro, sobrecargado con una miríada de datos absurdos, se ha rendido a la evidencia y ha dejado de retener información. Quizá no tiene hueco para cosas nuevas. Quizá se reserva para lo realmente importante. Quizá, después de una vida de almacenar chorradas intrascendentes, está guardando las pocas plazas libres de la estantería para detalles cruciales de mi futuro. Mucho de lo nuevo que consumo se disuelve en una nebulosa translúcida, una difusa masa informe de gas que se disipa con lentitud en el olvido. Sin embargo, algunos momentos de mi infancia permanecen incólumes en mi memoria, y resplandecen como auténticos faros entre los recuerdos imborrables, eternos.

METRÓPOLISUna imagen que sospecho me acompañará hasta la tumba es la de una sombra calva de manos sobrenaturalmente alargadas, levita y nariz aguileña subiendo unas escaleras. Ese retrato terrorífico de una generación de monstruos que iban a ser creados aprovechando el nacimiento del cine. El Nosferatu. El vampiro. El icono mítico creado por la tangente, fruto de un subterfugio obligado por la lucha de derechos de autor. Un nuevo estilo fruto del desencanto y la miseria. Una nueva manera de expresarse y de reflejar sensaciones más allá de la realidad de un lienzo o de la frialdad objetiva de una lente. Un expresionismo cinéfilo, visceral, surrealista incluso, esclavo de los impulsos y las texturas, abierto a provocar sensaciones, a perturbar, a desasosegar. De El Gabinete del Doctor Caligari a Metrópolis, pasando por la propia Nosferatu, la filmografía alemana de los años 20 es un reflejo de esta nueva corriente artística generada por una sociedad aplastada por una posguerra de humillación surgida del Tratado de Versalles, que acabaría desembocando de manera inevitable en el deleznable nazismo.

Utilizando como excusa la infinita riqueza del citado expresionismo, los guionistas Randy y Jean-Marc Lofficier utilizan tres películas míticas como eje e inspiración de otras tantas historias interconectadas sobre Superman (Metrópolis), Batman (Nosferatu) y Wonder Woman (cuya historia está inspirada en gran parte por El Ángel Azul). Sin embargo, es en el singular lápiz de Ted McKeever en el que recae la tarea de dotar a las ilustraciones de esa atmósfera insana, irreal y de ese necesario trazo cargado de emoción, rabia y fuerza tan características de este periodo de entreguerras. Conociendo al artista, está claro que su elección no fue un hecho dejado al azar. Tanto es así que uno duda de si fue antes el huevo o la gallina, ya que el dibujo atípico y furioso de McKeever bien podría haber sido la chispa que inspiró a los guionistas para adentrarse en ese mundo de ciudades sin alma llenas máquinas infernales, aterradores vampiros afilados y mujeres fatales que obsesionan a toda una generación de humanos.

METRÓPOLISEste protagonismo de lo gráfico se ve potenciado por unos textos demasiado condicionados por el ambiente, que buscan sincronizarse con la estética de la historia y que, a veces, pecan en exceso de retórica. Comparado con la formidable potencia de las ilustraciones, las letras del matrimonio Lofficier pierden por goleada. Y es que McKeever ofrece opresión con forma de tinta; dibujos que recuerdan a grabados de Goya actualizados en una mezcla anclada en unos no tan felices años veinte. La mitología propia de DC es solo una excusa para crear personajes que apenas remiten a los originales, y la carga simbólica recae en el arte por encima de la historia. Cada parte de este tomo presenta monstruos diferentes, muchas veces mezclando facetas de supervillanos distintos para complementar al personaje principal que se pretende recrear. Luthor, Joker, Cheetah… de la misma forma en que reconocemos a Superman, Batman y Wonder Woman gracias a sus inconfundibles patrones cromáticos y de diseño, el dibujo de McKeever deforma a cada enemigo reduciéndolo a sus elementos básicos, en una representación esquemática, sencilla y poderosa.

Teniendo esto en cuenta, es una lástima que ECC no haya optado por una edición en tapa dura para dotar al conjunto de un aire aún más solemne, aunque es cierto que el papel de calidad refleja con precisión cada una de las viñetas de Metrópolis. Esto de la tapa dura es una filia meramente personal, pero ya que recopilamos unos ejemplares con años en sus espaldas, se podría haber optado por el cartoné, como en tantos otros títulos publicados por la editorial menos merecedores de materiales nobles.


METRÓPOLISLas neuronas son células caprichosas, pero coherentes, y enmarcan con neones fluorescentes imágenes icónicas de un poder evocador indiscutible. Juegan con nosotros. Vienen y van con nuestros recuerdos. Esconden información vital en la punta de nuestras lenguas. No obstante, al final, se mantienen fieles al impacto de esos momentos que, por diversas razones, se grabaron a fuego en los pliegues de nuestros cerebro.

El vampiro sube la escalera que conduce hacia la inocente víctima proyectando una terrorífica sombra en la pared. Un robot con rostro femenino se va transformando por obra y gracia de las transparencias en una mujer de carne y hueso. La gélida y perfecta Marlene Dietrich sentada en una silla en el centro del escenario de un cabaret. Y entre todas estas estampas inolvidables, la ciudad sin alma que se alza gigantesca como metáfora de una nueva sociedad sin alma preocupada solo por lo físico. Batman, Superman y Wonder Woman. Luthor, Joker, Cheetah. Una nueva raza de dioses que choca frontalmente contra la expresión destilada del desencanto. Tres historias diferentes pero iguales reunidas en un tebeo distinto, complicado, arduo en una estética que apela a las entrañas por encima de la fidelidad fotográfica. Un cómic parcialmente fallido por la enormidad de sus pretensiones, pero curioso y necesario por su planteamiento arriesgado y sin concesión alguna para el lector ocasional y poco entrenado.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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