Miedo y Asco en Las Vegas: el deseo de meterle a Rousseau su Contrato Social por el c***

El Ser Humano aceptó unos preceptos por vivir en sociedad, para su seguridad. Pero hay veces que desearíamos que la humanidad nunca hubiese firmado tal omnipresente contrato. Leer Miedo y Asco en Las Vegas es una forma de sublimar ese deseo.

Por Patri Tezanos

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Hay tres deseos que aparecen sistemáticamente en las listas de la humanidad. Deseos que están de alguna manera imprimidos en algún rincón sobrante de nuestra memoria genética y que se manifiestan con una pequeña voz en el fondo de nuestra cabeza que dice «eh, esto te hará feliz»; una especie de valor seguro al que acogernos si alguna vez tenemos la suerte de frotar una lámpara de aceite, nos sale un genio, no llevamos nada pensado y no queremos pedir millones para no mostrarnos vanidosos.

Uno de esos deseos es plantar un árbol. A mi parecer, el más tonto y realizable. ¿Por qué postergarlo más? Nada lo impide. Pero ahí persiste como deseo universal en la lista universalmente válida de cosas que hacer antes de morir.

Otro de esos deseos es escribir un libro. Este ya es más comprensible y superior, más digno de Homo Sapiens, más exclusivo y VIP. Este deseo está muy bien pero no todos lo emprenden, por falta de tiempo o por falta de ganas reales. Este deseo es presa de los «cuando me jubile…» y de los comienzos abandonados, de las palabras sueltas escritas en un papel que se traspapelará. Y de entre los que los emprenden, hay manos en donde este deseo hace el bien y otros en donde hace el mal. Por ejemplo, Ruíz-Zafón, por confundir la literatura con una acción de juntar palabras largas y pomposas. Una pobre víctima de este segundo deseo universal. Pobre víctima pero feliz víctima (y adinerada víctima). No puede llamársele culpable.

El tercer deseo persistente es hacer un viaje por la Ruta 66. Hacer EL viaje, y, por supuesto, no terminarlo sin un pequeño desvío a Las Vegas (Nevada), la ciudad que prende tu alma con sus luces brillantes. El Evangelio según Elvis Presley. Y, por supuesto, combinar ese viaje con algún que otro viaje alucinógeno. Alcohol y drogas (duras o blandas, al gusto del consumidor).

Las Vegas es la ciudad-imán para las ganas de libertad. Tú dile a un occidental que te dibuje una imagen de la Libertad y con toda seguridad esbozará a una pareja de solitarios cabalgadores de un Cadillac descapotable alzando los brazos a la velocidad del viento y a la llanura del desierto de Nevada más o menos erguidos sobre los asientos de cuero. Una imagen más de barco que de coche, pero en soledad en la carretera se pueden hacer muchas cosas. El conductor se verá como un capitán frente a su timón. Y el desierto como la libertad del océano. Y de esta imagen tiene más culpa Hollywood que cualquier cosa, pero hela ahí.

El problema es que este deseo, a pesar de ardoroso, es difícil de realizar porque significa abandonar la cotidianeidad y, para nosotros, pobres europeos, significa dejarse una pasta por el sólo hecho de cruzar el charco. No hablemos ya por el hecho del derroche que es sinónimo de este tipo de viajes. Como viejas pellejas nos arrugamos cuando el solo espejismo de ese viaje comienza a solidificarse ante nuestras narices y lo espantamos. Lo volvemos a sepultar bajo el cruel tonelaje del «algún día».

Por suerte, a diferencia de la gran masa, existen personas como Hunter S. Thompson. Tampoco es que debamos derrochar palabras falofágicas por este autor por su condición de rebelde, anárquico y viajero porque para los norteamericanos viajar a Las Vegas debe de ser como para nosotros viajar a Ibiza: igual de hortera y cañí. (El valor de los paraísos sodomaygomórricos varían en función de la facilidad que tenemos para acceder a ellos, claro está). Debemos derrocharlas, en cambio, por su capacidad de fantasear fidedignamente a partir de la realidad y de convertir el que fue un verdadero viaje de trabajo suyo en una odisea homérica en donde no existe Ítaca o donde Ulises está tan puesto de todo que su rumbo errático no lo causan los dioses del Olimpo sino el éter, la cocaína, la mescalina y un maletero lleno de sustancias similares.

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Miedo y Asco en Las Vegas es el libro que me ha hecho reír cuando desde hace mucho tiempo no me reía con ningún libro. Consigue apartar el usual lado dramático del consumo de drogas y narra (por llamarlo narrar, aunque más bien es plasmarlo de forma alborotada) exactamente lo que se puede llamar interesante de su consumo: la visión terriblemente diferente de la existencia. Sumido en ese mar de alucinógenos, Raoul Duke se vuelve una especie de marciano que visita la tierra y es expuesto a la decadencia humana comprimida en un corpúsculo como Las Vegas. Trata de poner orden a las cosas cuando en su cabeza no hay orden alguno, y resulta más que hilarante la forma en que trata de explicar hechos y personajes.

Aunque el autor confesó antes de volarse la tapa de los sesos que Miedo y Asco en Las Vegas no es para nada una apología del consumo de drogas, resulta complicado no considerarlo así. Los personajes, Duke y su eterno abogado samoano, llegan a tal nivel de anarquía, de poder desplazarse con tal libertad, seguridad y falta de cargo de conciencia por esa pequeña muestra de mundo, que constituyen una personificación de ese deseo, también universal, del ser humano. De librarse de las ataduras de la vida cotidiana, de la pesadumbrez de lo normal, de la necesidad de cumplir el contrato social. De decirle a Jean-Jacques Rousseau que se meta sus preceptos por su civilizado ano.

Hunter S. Thompson descubre que esos deseos de libertar y anarquía los sublimamos en un viaje por la Ruta 33 y en Las Vegas. En el libro, andar drogado por el mundo es no atender a las reglas sociales ni a las miradas de Los Otros, es destruirlo hasta sus cimientos y levantarlo con ladrillos de locura. Es romper La Ilustración contra la rodilla como un palo seco. El deseo de volver a ser bestias y que nadie nos sancione por ello.

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Y de la misma forma que nuestro deseo de libertad y anarquía lo sublimamos y plastificamos en viajes de este tipo, la dificultad que supone llevarlos a cabo o, incluso, la cobardía de emprenderlos, pues nadie sabe dónde puede acabar un pasaje en el difuso ómnibus de los narcóticos, gracias a Dios, todo ello lo podemos sublimar en el acto de leer Miedo y Asco en Las Vegas y así acercarnos, aunque sea, a distancia. Porque, ya puestos a rodear como capas de cebolla nuestros deseos más palpitantes, al menos que sean capas que nos lo hagan pasar bien. Tremendamente bien.

Como abogado tuyo, te recomiendo que no te pierdas este delirio.

 

Sigue a Patri Tezanos en Twitter: @PatriTezanos

1 comentario en Miedo y Asco en Las Vegas: el deseo de meterle a Rousseau su Contrato Social por el c***

  1. -Hay una serpiente eléctrica en el techo que nos acecha…
    -Dispárala.
    -Aún no, cuando sepa sus hábitos.

    Mi película favorita ;___; Terry Gilliam plasmó el libro a la perfección.

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