MILLARVERSO: El Hundimiento.

Toca la de arena. Una arena rancia, manida, intrascendente y soporífera.

Por Javier Marquina.

Lo primero que voy a hacer es pedir perdón por las faltas de ortografía, las repeticiones y las palabras mal escogidas. Estoy escribiendo esto sobre la marcha en un intervalo de media hora, así que lo que salga de aquí obedece más a las lagunas procelosas de mi subconsciente que a una reseña estudiada, repasada y corregida.

Dicho esto, voy a empezar hablando de dinero. Sí. En efecto. Del motor del mundo. De ese monstruo insaciable que nos mueve y nos contamina por igual, haciéndonos esclavos de sus designios cobardes y miserables. Una vez te toca, ya puedes darte por jodido. Es como el petroleo espeso que sale en densos goterones de un barco naufragado. Flota viscoso sobre el agua más pura y se pega a tu cuerpo convirtiéndote en un ser moribundo de alquitrán y engrudo. Te pudre, te contamina, te corrompe sin remedio. Te convierte en un adicto cuya perspectiva de la vida queda deformada por montañas de billetes de papel sin más sentido real que el de una promesa de algo que ya no existe. Toma lo bueno de ti y lo pervierte, transformándolo en una imagen distorsionada de ti mismo que olvida minuto a minuto lo que fuiste y todo lo bueno que salió de tus manos.

MILLARVERSO
Parece pero NO.

Eso es más o menos lo que veo cada vez que leo algo escrito por Mark Millar y adscrito a su tan cacareado Millarverso. Dinero, dinero y más dinero. Un dinero que ha enterrado bajo una montaña difusa de dólares el talento de un tipo que supo darnos lo que nos faltaba cuando habíamos perdido toda esperanza. Un tipo que consiguió esquivar al sistema y donarnos algo tan brillante como comercial y que, sin que lo supiéramos, fundó las bases de todo un imperio cinematográfico que hoy transcurre por los caminos consolidados y trazados por esa divertidísima locura que fueron sus primeros Ultimates.

Ahora, por desgracia, apenas queda nada de todo aquello. Lágrimas, quizá. Quizá el peso insoportable de la nostalgia. Su obra es una tierra quemada sobre la que no volverá a surgir la hierba. Cada nuevo cómic publicado es un nuevo gatillazo, un nuevo disparo de lanzallamas sobre la superficie árida de un vergel perdido, otro clavo en un ataúd creativo que ya solo distingue contratos cinematográficos y costosas producciones para la televisión. Cada nuevo tebeo es más un telefilm hipertrofiado de los que nos ofrecen cual pastura a la hora de la siesta que una visión real que podamos encuadrar en el noveno arte. Son misiones simples, vacías, vacuas, inconsecuentes y perdidas que no dan nada más que efectos de luces y humos rodeados de espejos quebrados. La nada absoluta convertida en viñetas y cuatricomía.

Por suerte para nosotros, las torturas a las que no somete de manera inmisericorde el guionista escocés vienen acompañadas por un espectáculo gráfico inigualable dispensado por algunos de los mejores dibujantes que hay ahora mismo en la industria: Frank Quitely (Jupiters Circle, quizá lo último que he leído y me ha gustado), Duncan Fegredo (MPH), Sean Murphy (Crononautas), Goran Parlov (Starlight), Stuart Immonem (Empress), Rafael Alburquerque (Huck) y Greg Capullo (Renacida). Poco negativo se puede decir ante un despliegue tan monumental de talentos de tal calibre, salvo que el arte de estos monstruos del tebeo actúa en este caso como la flauta del hipnotizador de cobras. Te adormece y te prepara para el golpe letal que te hará volver a tu cesta  de mimbre confundido, contrariado y, sin saberlo, herido de muerte cerebral. El bonito envoltorio que rodea a estos ejemplos de vacío absoluto es lo único destacable de una colección de ideas manidas a las que no se aporta nada. Sí. Lo sé. Todo está ya contado, pero por esa misma razón la manera de contarlo se torna fundamental para ofrecer algo diferente. Innovar en el cómo, porque todos los qué ya han sido hollados. Desde luego, este no es el caso. Los guiones de Millar son más de lo mismo hasta tal punto que, al final, lo único que trasciende es esa sensación de hastío, de estar leyendo la obra de alguien que no ses más una parodia de su propio personaje, un histrión con talento al que casi puedes ver danzar desnudo mientras se prepara para lanzarse a su piscina de euros dorados cual Tio Gilito de la historieta. Al final, una víctima más de esa trituradora megalítica que tinta su chasis con sangre que apesta a codicia.

Sigue a La Isla de las Cabezas Cortadas en Twitter y en Facebook.

Acerca de Javier Marquina 216 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*