MORT CINDER: Órdago a la grande.

Si alguna vez algo se ha merecido el adjetivo de APABULLANTE, eso es, sin duda, Mort Cinder. Pocas veces puede uno decir sin temor a equivocarse lo de que se encuentra ante una de las obras cumbres de este maravilloso arte llamado historieta.

Por Javier Marquina.

Mort CinderLo reconozco. En lo que a cómics se refiere, soy un completo boludo. Un gigantesco pelotudo. Puedes cagarte con soltura en la concha de la madre que me recontraparió, mujer santa de bondad ejemplar que tuvo la desgracia de parir a un idiota. Sí. Lo admito. Voy de entendido por la vida, pero el abismo de desconocimiento que se abre a mis pies es de una profundidad abrumadora, llena del negro denso que indica que es imposible adivinar dónde se encuentra el lejano fondo. Leo una media de 750 cómics al año y, sin embargo, la sensación que me queda siempre tras cada lectura es la del desconocimiento más absoluto. Ya sea por la variedad, la cantidad o el infinito catálogo a nuestra disposición, cada vez que indagas abres una puerta a un universo en el que tienes todo por descubrir. Es decir, cuanto más sé, menos sé. Una curiosa variante del socrático “solo sé que no sé nada”.

¿A qué viene todo esto? La verdad es que la confesión de mi nulidad intelectual en lo que se refiere al cómic viene propiciada por un profundo sentimiento de culpa surgido del agujero negro en el que orbitan todos los clásicos inexcusables del noveno arte que todavía no he leído. Es un inmenso lugar de vergüenza personal donde estaba, hasta hace apenas una semana, el Mort Cinder de Oesterheld y Breccia. Por suerte, la editorial Astiberri ha reeditado este monumento al talento humano para que los herejes que, como yo, nunca lo habíamos catado, podamos redimirnos de nuestro fehaciente y sonrojante pecado. Nunca es tarde si sabes arrepentirte a tiempo.

Poco puedo añadir a todo lo que ya se ha escrito sobre el dibujo de Breccia y las letras de Oesterheld. Ambos forman parte ya de la historia del cómic, y su talento y trascendencia ha quedado demostrado con la amplia repercusión que sus trabajos han tenido en la labor de otros autores, sirviendo como referencia e influencia a multitud de obras que hoy también consideramos como esenciales. No sé si la edición de Astiberri trata mejor los grises y quema menos los negros. No sé si el gramaje del papel es el más adecuado elegido hasta ahora para transmitir el arte del maestro argentino. Tampoco puedo decir cuál se ajusta más a la intención y voluntad del artista a la hora de predecir el efecto de los procesos de impresión sobre su trabajo. No tengo ejemplares anteriores para comparar la calidad de la reproducción del tomo de la editorial vasca. Lo único que puedo decir es que, al acabar de leer, al cerrar la última página, he tenido que hacer una pausa y respirar.

De los originales a la imprenta.

Hay algo abrumador en cada página de Mort Cinder. Una sensación de talento salvaje que se derrama como brea ardiente en cada viñeta. Algo etéreo que te quema las manos y los ojos con el poder cegador de esa bruma de capacidad superdotada con la que alguno privilegiados nacen. Hay una energía latente en cada ilustración, un rayo casi eléctrico que habla de una bestia dormida que va despertando a base de trazos hechos con paños, cartones, tapes y cuchillas de afeitar. Es un animal que va alcanzando su pleno potencial tras cada dibujo, un ente consciente que comprende sus posibilidades reales y las explota de maneras tan complejas como fascinantes. Alberto Breccia toma las palabras de Oesterheld y las envuelve con profundidad, las embellece, las destaca rodeándolas con un arte superlativo. Es imposible no sucumbir ante el completo dominio de la tinta, del vacío, del blanco y de las sombras, un control que ha dejado una huella indeleble en artistas que vinieron después y comprendieron su legado. Hablamos de una alquimia perfecta que, a medida que avanza, se va volviendo lírica, romántica y terrorífica a partes iguales, en una mezcla casi imposible que funciona con perfección magistral.

Alberto Breccia

Mort Cinder alcanza cotas dolorosas de poesía, de expresividad y de belleza, con esa aplastante superioridad técnica del genio que, libre de cualquier tipo de carga estética preconcebida, cabalga libre bajo la única tutela de su propia intuición y su propia sabiduría. Aquí hay cine, literatura y arte; hay Historia y buena Ciencia Ficción; hay pedagogía, misterio y una cantidad de magia que aparece tras someter los originales a la mística siempre cambiante de las máquinas de una imprenta. Pero, sobre todo, hay una intensa aura de respeto que te envuelve mientras consumes con admiración este indispensable y magistral tebeo, un hito parido por un par de argentinos con tendencia a trascender y ocupar un lugar destacado en el Olimpo.

Y yo he pasado 42 años sin la necesidad de disfrutarlo. Está claro que soy un jodido conchudo.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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