MR. ROBOT. La vida virtual.

Es difícil describir la sensación de indefensión, vacío e impotencia que he llegado a experimentar en ciertos momentos de esta serie, pero voy a intentar expresarlo con palabras más o menos concisas porque necesito exorcizar unas cuantas espinas que se han hundido con profundidad en mi zona de confort.

Por Javier Marquina.

El que avisa no es traidor, es avisador. Así que ya sabéis, voy a poner un banner bien grande para que luego no vengan los lloros y el crujir de dientes. Algún spoiler voy a meter. Poca cosa, la verdad. Más una idea que puede dar pistas sobre una gran sorpresa que una revelación en sí. De todas formas, recomiendo esta lectura a todos aquellos que ya han visto la serie y le apetece reflexionar sobre los variados temas económicos, metafísicos, psicológicos y sociales que aborda. Al menos de un par de ellos.

Si seguís leyendo lo que hay tras esta imagen, que sea bajo vuestra responsabilidad.

La primera regla del club de la lucha es que no se habla del club de la lucha.

Sirva esta máxima universal para representar esa sensación de “lo veía venir de muy lejos” que ofrece el pretendido giro argumental definitivo de la primera temporada de Mr. Robot. Sin embargo, que el concepto principal sobre el que gira esta serie sea un calco distorsionado de lo planteado por Chuck Palahniuk en su célebre novela, no es óbice para que se nos ofrezcan una variada lista de planteamientos muy acertados a nivel social y filosófico, más allá de la pulcra y excelente realización que ilumina cada uno de los capítulos de esta producción. Dejando atrás alguna subtrama superflua que aporta poco a la historia más allá de algunos minutos de tensión bastante trillada (de esa que siempre te ofrecen los mafiosos chungos tatuados) y esos momentos de infiltración absurda en uno de los complejos privados más seguros del planeta, Mr Robot plantea, sobre todo, una idea aterradora y fundamental: la realidad sobre la que edificamos nuestra existencia no es más que una mentira.

Somos una generación que contempla por televisión los avances que la tecnología hace en el campo de la realidad virtual, sin ser demasiado conscientes de que hace años que estamos viviendo una vida virtual. Todo lo que somos, lo que significamos, lo que representamos y hacemos en esta sociedad en la que vivimos, no son más que unos y ceros anotados en una red de servidores cuya localización desconocemos. Nuestra identidad, nuestra vida laboral, nuestras deudas, nuestro dinero… no son más que campos de una base de datos que puede ser modificada, corrompida o eliminada. Una vez superado el oro como patrón de respaldo real y tangible para el dinero, nuestra economía no es mas que un etéreo tecleo en una dimensión que no existe. Todo lo que tenemos es más una cuestión de confianza que de realidad, y vivimos en un sistema en el que esa inocente confianza en el “todo va a ir bien” es fundamental para que la maquinaria funcione. Hemos creado un monstruo que devora con fruición cuanto le vamos echando a la boca, como un horno imparable que no deja de quemar los billetes que los bancos centrales de todo el mundo producen sin descanso. Es esa misma clase de paroxismo que posee a un revolucionario enajenado que no para de accionar la manivela de una vietnamita. Bastaría un simple gesto común, un “deme mi dinero” exclamado al unísono, para quebrar este sistema de tarjetas de crédito y banca electrónica ficticia.

De la misma manera, con la misma fe ciega que profesamos hacia algo que no podemos tocar, hemos cedido nuestra intimidad a la vulnerable fortaleza que conforman las memorias de nuestros móviles, ordenadores y dispositivos portátiles. Enganchados de manera masiva a una red global, expuestos a ese ente psicodélico, frágil y monstruoso que llamamos LA NUBE, todo lo que somos flota a nuestro alrededor en forma de campo de ondas wifi. Nuestras amistades, nuestras parejas, nuestras aventuras, nuestras mentiras, nuestra intimidad descubierta en ese afán casi enfermizo por retratar nuestro erotismo, nuestro ego mismo, no es más que un conjunto de bytes que no para de recorrer las autopistas de la información. Esta cantidad ingente de poder, esta arma de destrucción masiva real y letal, es tan solo una caja de latón a la espera de revelar su contenido a aquel que disponga del abrelatas adecuado. Hackers de moralidad e intenciones variables que pueden hacer que nuestro mundo se desmorone con unas cuantas líneas de código. Nuestra razón de ser, todo lo que somos, no es más que mantequilla moldeada por un sencillo rootkit.

Mensaje de anarquía en un funda para el móvil. La eterna paradoja del revolucionario envenenado de capitalismo.

Más allá de la crítica feroz que Mr. Robot hace del capitalismo y las grandes corporaciones que dominan el mundo en la sombra, la serie creada por Sam Esmail es una llamada de atención hacia el futuro de complacencia y confianza estúpida en la tecnología que ya es un peligroso presente. La idea es que la sociedad en la que vivimos es una puta mierda, así que lo mejor que podemos hacer con ella es joderla. Completamente. Hay cierta sensación de mensaje confuso o arrepentido, ya que el promotor de estas soflamas de caos y anarquía es un protagonista entre esquizofrénico y bipolar que une a su paranoia episodios de amnesia y personalidad múltiple. Una especie de rotulo luminoso que indica que el que va contra lo establecido es un demente absoluto. Quizá al final es mejor lo pésimo conocido que el derrumbe por conocer, más que nada porque los cambios a los que nos enfrentaríamos en caso de dinamitar el sistema nos sacarían del confortable sillón desde el que desmontamos a los malvados usando como arma el anonimato, la cobardía, la infamia y el vilipendio que patrocinan las muy populares redes sociales.

Hay también un alto contenido de pose, de puro postureo, de comprarse la máscara de Guy Fawkes en la Fnac. De tuitear nuestras propuestas desde el iPhone S6 Plus con nuestra cobertura 4g de 10 gigas que viene suministrada junto con la fibra y la televisión por cable por esa multinacional de la telecomunicaciones. De protestar con pancartas de cartón mientras vestimos en masa con la uniformidad de Primark. De revelarnos contra todo y contra todos después de habernos tomado un café en el Starbucks más cercano. De usar la revolución como divertimento, como alternativa al tercer cubata, como pausa gamberra antes de pillar el segundo gramo de la noche y comentar las batallitas y los actos vandálicos cometidos mientras preparamos la tercera anchoa sobra tapa del váter de ese local de moda. De desvirtuar lo realmente importante de la idea, contaminados sin remedio por el cáncer imparable que promueve esta sociedad de absolutos imbéciles que lo tienen absolutamente todo.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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