NOÉ: Los mitos no perdonan

¿Excesiva y desequilibrada? Pues sí. ¿Disfrutable? También. Merced a su barbarismo y su brutalidad misántropa, la película de Aronofsky se las apaña para ser la única adaptación del Antiguo Testamento cercana al tono del original.
Por YAGO GARCÍA


Los textos sagrados de las diferentes religiones presentan una paradoja muy curiosa: si bien su valor como fuente de verdad revelada queda sujeto a la fe de cada uno, su interés como compendios fantásticos y de terror no suele tener precio. Esa es una verdad como un templo, con perdón, aplicable tanto al Mahabaratha y al Ramayana del hinduísmo como al Kojiki sintoísta, a los poemas homéricos, a los mitos de la antigua Sumeria… Y, por supuesto, a la propia Biblia, concretamente al Antiguo Testamento: el ‘libro de libros’ resulta una impagable ventana a un mundo regido por un ser que deja a Cthulhu a la altura del betún en lo referido a arbitrariedad y furia primigenia, y poblado por personajes cuyo barbarismo evoca al Robert E. Howard más hambriento de carnicería. Eso por no hablar de una proliferación de incestos ante los cuales incluso George R. R. Martin se cubriría pudorosamente los ojos.

Por supuesto, dado lo espinoso del asunto, pocas adaptaciones del volumen de marras (sobre todo, insistimos, de su primera parte) se han atrevido a adoptar el tono correspondiente. Menos mal, pues, que Darren Aronofsky ha decidido tomar el toro por los cuernos en su Noé. Fallida en muchos aspectos, y henchida de una pomposidad que hubiese sido letal en otras manos, la película basa su valor en admitir que, muy lejos de parábolas, milagritos de andar por casa y redenciones vía crucifixión, la historia del patriarca y de su arca cuenta ni más ni menos que un genocidio a escala mundial, perpetrado por mano divina con la aquiescencia de un héroe, no ya complaciente, sino incluso servil. Es decir, de uno de los personajes más complejos, antipáticos y en gran medida despreciables a los que Russell Crowe (torrencial, por lo demás) ha interpretado en toda su carrera.

Así, admitir que a Aronofsky se le ha ido la mano hinchando los diálogos, que el desaprovechamiento de algunos personajes clama al cielo o que ese prólogo (incluido, seguramente, a instancias de unos señores con traje y maletín) resulta del todo innecesario no anula la aplastante carga de misantropía lanzada por el canadiense contra el espectador de este filme. Según Noé, y según el dios de Noé, la mera existencia de la especie humana es un error corregible sólo mediante el exterminio. Y, por si hubiese dudas, el cineasta resume esta doctrina en una secuencia magistral que, apoyándose en los primeros capítulos del Génesis (sí, el mismo libro que contiene esta historia: metanarrativa habemus) le planta un órdago al Terrence Malick de El árbol de la vida, sólo que cambiando el misticismo y el panteísmo por el puro pesimismo. Y resultando más veloz y más dinámica, por lo demás.

En cuanto a los elementos más delirantes del relato, sólo cabe señalar que se hallan en el original, y que en muchos casos han sido suavizados por bien del espectador: busquen ‘Nefilim’ en la Wikipedia si tienen dudas. Por lo que toca a esa conclusión moderadamente feliz, digamos que también aparece en el libro de marras, por lo cual no puede reprochársele su relativa incoherencia con el tono general del cuento. En todo caso, Noé es una cinta capaz de acabar con la carrera del más pintado (habrá que ver si Aronofsky se salva de la quema en taquilla), cuya vocación excesiva la condena a ser pasto de malas críticas (hasta que los años aconsejen una reivindicación) y que hará tomar las de Villadiego a muchos espectadores, bien busquen éstos un blockbuster con el que matar el rato o una edificante ración de doctrina. Pero también es un trabajo que se regodea en sus muchos logros, y en el que encontramos, por encima de todo, una verdad esencial: los mitos no son humanos y, por lo tanto, no perdonan.

Sigue a Yago García en Twitter: @solo_en_saigon

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