ORBITADOR. ¿Está nuestro futuro en las estrellas?

Warren Ellis reflexiona en un cómic casi romántico acerca del estancamiento de la carrera espacial y sobre cuál debería ser el futuro por el que la humanidad debería luchar.

Por Javier Marquina.

Dicen que el vídeo mató a la estrella de la radio y, viendo el escorzo que la evolución tecnológica ha ido tomando en estos últimos años, podríamos decir que Internet y el wifi acabaron con los vuelos de la NASA. Por una parte, me siento bastante agradecido por este deceso, ya que volar me produce bastante desasosiego y me considero una persona de gustos bastante sedentarios que prefiere un sofá rodeado de buena lectura a lo de jugarse el pellejo en el espacio profundo protegido por naves y trajes que exudan fragilidad. La evolución hacia la virtualidad por encima de aventuras más reales y mecánicas, ha ido relegando poco a poco una peligrosa y carísima práctica como la de la exploración galáctica en aras a desarrollar proyectos mas baratos, más terrestres y de posibilidades infinitas dentro de etérea e informática realidad.

Ahora bien, ¿es esta la senda que deberíamos seguir?

Warren Ellis opina que no.

Es cierto que si uno lo analiza con frialdad, existe un sentimiento de decepción ante la evolución de esas agencias espaciales que parecían que iban a llevarnos al siguiente paso evolutivo a golpe de cohete propulsado. Lo que a mediados del siglo XX se adivinaba como un camino imparable que iba a conseguir que conquistáramos la galaxia a principios del milenio, se ha ido convirtiendo por mundanos motivos económicos y de recursos en un proyecto marginal (en comparación) en el que robots pequeñitos hacen en Marte el trabajo de los heroicos aventureros de la astronaútica. El fin de la Guerra Fría supuso el principio del ocaso de unos dioses hechos con combustible líquido. Estamos más cerca de Neuromante que de Crónicas Marcianas y eso es algo que Von Braun nunca hubiera imaginado cuando estableció las bases para la conquista de otros planetas.

Orbitador es un canto emocionado a ese brillante futuro lleno de naves espaciales que tantos hemos imaginado. Es un alegato. Una reclamación. La exigencia narrada con lenguaje pseudocientífico de toda una generación que vio como las estrellas se acercaban a base de odiseas realizadas por superhombres enfundados en trajes cósmicos. Un homenaje a los que murieron en una bola de fuego, valientes y locos como los que se internaron en el Amazonas buscando El Dorado o cruzaron el polo cubiertos solo con pieles.

Ellis comienza de forma beligerante, reiniciando esa ruta perdida con una masacre, una reivindicación en la que queda claro que el progreso no es un camino de rosas; no es algo fácil que podamos realizar sin esfuerzo y , en el trayecto hacia el salto evolutivo, habrá inevitables víctimas de un pasado obsoleto. El universo es un océano infinito del que no conocemos nada, y los misterios que se abren ante nosotros deberían ser un aliciente para forzar las leyes de la física y salir ahí fuera a buscar nuestro futuro. Las expectativas son demasiado grandes y la recompensa demasiado inmensa como para que la dejemos atrás cuando las cosas no van como nosotros esperamos, o cuando desgraciados accidentes se cobran la vida de aquellos que lo arriesgaron todo por llevarnos un poco más lejos.

Manitas y caritas.

El guionista inglés llena el cómic de sentimiento y esperanza en uno de sus trabajos más optimistas y alegre. La idea de que somos capaces de todo con los estímulos adecuados se impone a ese ambiente sórdido y degradado que rodea a una humanidad que crece sin rumbo entre los restos del centro de desarrollo espacial americano. El concepto de que nuestro futuro está en las estrellas se impone a ese nuevo mundo que estamos creando a base de sillones con agujeros para defecar, comida procesada y horas y horas de no-vida frente a una pantalla por la discurren a velocidad luz nuestras cuentas en las diferentes redes sociales.

Lástima que el conjunto no acabe de redondearse con el dibujo de una Colleen Doran que nunca ha sido santo de mi devoción, una autora poseedora de un arte con el que no logro empatizar y cuyo rechazo debo combatir con uñas y dientes para meterme en la historia. Me recuerda demasiado a desastres comos los de Steve Yeowell y, aunque muchas de sus carencias son suplidas por el brillante color de Dave Stewart, hay un fondo de caras desencajadas y cuerpos maniqueos que me cuesta mucho digerir. Doran es una ilustradora competente, pero no acabo de comulgar con algunas de las ruedas de molino que intenta meternos en las viñetas de este tebeo.

En definitiva, Orbitador es una historia emocionada en la que Warren Ellis se desnuda, reclamando para la humanidad una hoja de ruta que nunca se debería haber abandonado. Una carretera empedrada con baldosas amarillas que hará que nos convirtamos en algo parecido a aquellos dioses que soñaron nuestros ancestros.

Orbitador ha sido publicado en España por ECC Cómics

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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