PACIENCIA. Lo último de Daniel Clowes.

Pros y contras del nuevo cómic de Daniel Clowes, publicado en España por Fulgencio Pimentel. Una obra editada de forma casi redonda, pero con un contenido no tan perfecto.

Por Javier Marquina.

Ser muy bueno en algo es un marrón. Un marrón muy gordo. Vale, es cierto que te sirve para triunfar, para hacer mucho dinero, para que supermodelos despampanantes se enamoren mágicamente de ti y para dedicarte a aquello que más te gusta sin sufrir la esclavitud del mileurismo. Pero, en contrapartida, ser el mejor te obliga a mantener un nivel estelar en cada uno de tus trabajos. Por ejemplo, si eres un tenista, llegar al número uno del Ranking de la ATP es tocar el cielo con las yemas de los dedos. Las masas te loan y se arrodillan a tu paso, ya que has conseguido ser el mejor en algo de forma global. Sin embargo, cuando llega una mala racha o aparece un niñato joven y fresco con un drive demoledor que te pasa por encima, todo lo que tenía se va deprisa a la mierda. Bajas a la segunda posición del escalafón y esas mismas legiones que pensaban que eras Dios, opinan que estás acabado, que ya no eres lo que eras, que tu carrera está en pleno ocaso y que seguro que visitas demasiadas discotecas o el dopaje ya no te funciona como antes. Por supuesto, esa legión que te infama olvida que, a pesar de todo, SIGUES SIENDO NÚMERO DOS DEL MUNDO.

Lejos de hacer comparaciones simétricas, en el mundo del cómic a veces te puede ocurrir lo mismo. Crear una obra maestra puede ser, además de un hito cultural que pasará a la historia, un lastre que cuelga de tu cuello condicionando por comparación todo lo que haces. Estar siempre a nivel estelar es una tarea casi imposible y algunos de tus trabajos, que para cualquier otro autor supondrían obras culmen de su carrera, palidecen en comparación con tus cómics anteriores.

Reconozco que mis primeros contactos con Clowes han marcado para siempre el prisma bajo el que admiro su obra. El Rayo Mortal y, sobre todo, Como un guante de seda forjado en hierro, dejaron una impronta de asombro y alucine que ya nunca podré borrar. Hay algo en ambos cómics que me hizo sentir mal, casi enfermo, pero de esa manera llena de placer y culpa que a menudo buscamos. Fueron como el dolor de muelas que no dejas de buscar con la lengua; como ese palpitante grano que, al hacerlo estallar, te produce un profundo alivio tras la punzada de agonía. Estoy convencido de que si Paciencia hubiera sido mi primer contacto con el autor norteamericano, mi percepción del conjunto habría sido muy diferente. Seguro que estaría encantado. Lástima que las cosas sucedan en ese orden determinado que te convierte en un sibarita imbécil y exigente.

Hay en Paciencia todo aquello que un fan de Clowes puede buscar. Los personajes de normalidad incómoda, de común anormalidad, gente que vive una vida anodina pero que exudan mal rollo en cada bocadillo de diálogo. Hay también ese elemento imposible que se introduce en el aburrimiento del día a día, como una cuña en una piedra, haciendo que todo estalle y desencadene una avalancha de reacciones y confesiones que nos confirman que cada existencia es un catálogo de momentos amargos que nos van escribiendo como un libro. A veces, ese libro puede ser brillante y alegre, pero otras, dependiendo de la personalidad del que vive todos esos momentos de mierda, se convierte en el puto Necronomicón. El elemento fantástico aquí son las máquinas del tiempo y las paradojas temporales  que se crean al transitar por la cuarta dimensión, con las que el autor nos cuenta una historia de amor mundano y final trágico que el protagonista, un antihéroe antipático y enamorado, trata de cambiar a su favor a través de diversos viajes al pasado.

Paciencia me parece un cómic menos arriesgado en su férrea estructura; más lineal en su enredada madeja de saltos temporales; más predecible y mucho menos sorprendente. Hay en todo el tebeo una sensación de control absoluto del medio, de técnica depurada puesta al servicio de la creación, pero a veces esto genera una ola de fría apatía en mí como lector y no llego a reconocer esos gloriosos momentos de incredulidad, asco o sorpresa profunda de los que hablaba al principio y que siempre me acompañaran a pesar de pertenecer a una historia entrecortada o sin sentido.

Todo está bien, pero todo no está muy bien. Mola, pero no me flipa. Me gusta, pero no lo adoro. Todo es correcto, todo funciona, todo huele bien. Hasta esas ilustraciones a doble página, que recuerdan al mejor Kirby sin cadenas, están colocadas en los lugares en los que más van a destacar. ¿Entonces? Uno no puede quejarse porque tiene un cómic de ocho entre las manos. Pero claro, un ocho no es un diez. Y aún parece peor nota cuando ha sido creado por un tipo que te ha dado un par de onces.

*No quiero acabar sin incidir en la estupenda edición que se ha marcado la gente de Fulgencio Pimentel, un libro de esos que da gusto abrir, tocar, oler y guardar. Una autentica y preciosa maravilla.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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