PAPER GIRLS. La adolescencia que nunca existió.

Los ochenta están de moda. Al menos entre los que los vivimos con la intensidad de la infancia. Si Stanger Things ha marcado un antes y un después en la vida de muchos de los que fuimos a ver E.T. al cine el día de su estreno, Paper Girls incide de forma tangencial e inteligente en la nostalgia de una década prodigiosa.

Por Javier Marquina.

Ahí está. No he tardado ni un par de frases en hacer referencia a Stranger Things, pero supongo que la contaminación cruzada era inevitable. Es cierto que mi niñez no se parece en nada a la de los adolescentes protagonistas de la serie de Netflix. Si hablamos de ambientación televisiva, mis veraneos ni siquiera estaban próximos a Chanquete. No soy americano, nunca he vivido en una casa unifamiliar con jardín y aprendí a ir en bicicleta por la misma razón por la que aprendí a conducir: para poder decir que lo había conseguido y no tener que dirigir ningún tipo de vehículo el resto de mi vida. La nostalgia que generan estos productos no viene producida por una añoranza de lo vivido, sino por un recuerdo feliz de la cultura consumida durante décadas y creada en estos años llenos de horteras y obras maestras.

Paper Girls juega también con ese ambiente tan americano de vecindario, de suburbio lleno de vías impolutas que recorren como venas grises una estructura cuadriculada de casas idénticas. Por estas calles transformadas en puro icono por la sobredosis cultural a la que nos hemos visto sometidos gracias al imperio de la televisión, transitan una alegras muchachas que dejan el periódico en la puerta de cada hogar. Propulsadas por bicicletas de esas que unos adolescentes que nunca fuimos nosotros llenaban de flecos, pegatinas y naipes con los que hacer sonar los radios, nuestras chicas madrugan más que los que ponen las aceras para que la información acompañe los desayunos de sus modélicos padres. Un modelo reconocible, artificial y perfecto que pronto se ve dinamitado por la aparición de una extraños ladrones mutantes capaces de moverse por las cuatro dimensiones. Este es el auténtico motor de una trama referencial llena de máquinas extrañas, animales imposibles, líderes hinduistas, caballeros atómicos y paradojas temporales.

Brian K. Vaughan vuelve a demostrar su dominio para cocer las tramas con lentitud, para construir personajes femeninos reconocibles y con personalidad (y en este caso, protagonistas absolutos de la historia) y para dosificar cada uno de los continuará con una inteligencia fuera de lo común. Tiene un talento innegable para comulgar con el lector, para darle lo que pide o, lo que es más importante, para contar lo que quiere contar bajo la apariencia de que nos da lo que creemos que necesitamos. Puede parecer oportunista o tramposo, pero no me parece que nos estafe nada más de lo que estamos dispuestos a perder. Tengo debilidad por la gente que hace productos de calidad sin despegarse de la básica visión comercial que todo industria necesita para subsistir. Reconozco, asumo y aprecio el indispensable valor del riesgo, la innovación y la creatividad sin límites de autores valientes que rompen con lo establecido para encontrar nuevos caminos, pero la labor de aquellos que mantienen la industria innovando bajo una perspectiva más cercana al gran público es igualmente indispensable. Vaughan lo sabe, y por eso hace productos asequibles con posos revolucionarios. Injerta semillas de cosas nuevas en estructuras clásicas y trilladas, consiguiendo efectos llenos de cosas nuevas.

Por si fuera poco, es uno de esos guionistas tocado por la varita que asigna a los buenos dibujantes. Del enorme Tony Harris al genial Marcos Martín, pasando por la estupenda Fiona Staples, pocas de sus obras cuentan con un artista mediocre. Paper Girls no iba a ser menos, y para ilustrar las aventuras de estas aguerridas repartidoras de periódicos, a Vaughan le toca el premio gordo con los lápices del titánico, mítico, dinámico, apoteósico y telúrico Cliff Chiang. Supongo que la sobrecarga de epítetos denota que mi opinión sobre este autor americano de ascendencia asiática no es nada parcial, pero después de subyugarme con su trabajo en Wonder Woman junto al guionista Brian Azzarello, la verdad es que pecar de fanatismo me la trae bastante floja. Fiel a su estilo de línea clara y precisa, Chiang consigue un nuevo trabajo de excelente factura, en el que juega sin problemas con elementos dispares que integra con precisión en el argumento. Monstruos, extraterrestres, dioses, módulos lunares con apliques orgánicos… todo parece real y posible en el mundo onírico recreado por Chiang. Su dibujo es una curioso mezcla de sueño por el que caminas sin ser consciente de que estás dormido, en el que todo se parece a tu día a día por muy surrealista que sea lo acontecido. Para cerrar el círculo de un trabajo redondo, Matt Wilson proporciona unos colores llenos de ambiente, de ocaso, de un mundo que amanece y juega con las luces como si tuvieran textura física.

Poco más puedo decir después de leer el primer TPB americano que recoge los cinco primeros números de esta serie. Con todo por contar, solo la mente de Vaughan sabe qué caminos aguardan a nuestras intrépidas aventureras y aunque los finales de este escritor casi siempre me dejan algo frío, la sensación con la que espero el siguiente recopilatorio es, al menos, esperanzadora.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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