PASSENGERS: La odisea vomitiva del machito espacial.

Una alucinada alegoría de todo lo que un hombre JAMÁS debería hacer.

Por Javier Marquina.

Tengo una afición malsana por el cine de mierda. De vez en cuando (a menudo, más bien) me gusta sufrir de esa filmografía cochambrosa y basuril que hace que te sangren los ojos. Soy fan los blockbusters lamentables que se ríen en nuestra cara a base de efectos especiales creados por ordenador mientras insultan a nuestra inteligencia con tramas escritas por orangutanes víctimas de un aneurisma cerebral. Me gusta la sarna. La caspa. La costra purulenta que se forma sobre la herida infectada. Disfruto con ella. Es un placer secreto y prohibido en el que me refocilo, coflado como un marqués en el sofá de mi casa, degustando palomitas Hacendado y la cerveza más barata del DIA. Me mola lo malo. Soy así, y así seguiré. Nunca cambiaré.

PassengersSin embargo, todo tiene un límite. Cuando me obligo a ver alguna muestra de bazofia infecta que a veces nos golpea vía Hollywood, siempre lo hago anestesiado por ese un fondo final de inocencia intuido en el despropósito. Un prisma infantil que me hace ser más condescendiente al suponer que el imbécil que ha rodado semejante espanto no puede tener mala fe. Las gilipolleces como Independence Day: Contraataque o Battleship son incapaces de generar maldad premeditada, ya que alguien con la capacidad neuronal del guionista de semejantes templos a la estupidez humana ya encontraría serios problemas para limpiarse el culo sin mancharse lo dedos. No hay doble fondo. Ni doblez. Ni mensaje oculto. Es todo tan simple y plano que hasta el obligatorio mensaje imperialista y patriótico destaca cegador por su evidencia. No duelen. No dejan marca. Llegan y se van con la misma aplastante intrascendencia con la que llegaron.

Esto, por desgracia, no ocurre en Passengers. Aunque se coló en mi lista de reproducción como otro subproducto americano en el que se habían malgastado millones de dolares en actores y bonitos escenarios para contar otra historia de olor purulento, olvidable y soporífera, la verdad es que sufrí un verdadero terremoto emocional cuando comencé a descubrir lo infeccioso de su trama. Cuál fue mi sorpresa al acceder a un segundo nivel de lectura ( o visionado) aterrador en el guión de esta supuesta película romántica de ciencia ficción. No hay que pensar mucho para darse cuenta de que el personaje de Chris Pratt, pobre desgraciado que despierta por error en una nave llena de durmientes en hibernación camino al nuevo mundo, es el prototipo de machito repugnante que se cree con derecho al control absoluto de la vida y el destino de su mujer, justificando su miserable conducta con puro y erecto amor. Embrutecido por la soledad que siente y por sus ansias de hincarle el rabo a la rubia con mejores tetas que hay en su nave espacial (qué casualidad, oiga), nuestro amigo Pratt se debate en un profundo dilema moral que consiste en decidir si despierta o no a la señorita Jennifer Lawrence (en efecto, la rubia) y la condena a 90 años de viaje en soledad con él. Descartada la idea del suicidio (para qué me voy a joder la vida a mí solo si se la puedo joder a alguien más), el personaje de Pratt decide por fin sucumbir a su instinto de infecto Pepito Piscinas  y despertar a la rubia, que ese culo es mucho culo y todo varón de pecho hirsuto y huevos prietos necesita que le limpien el sable. En su defensa, diremos que la rubia tiene mucho mundo interior, como se encargan de atestiguar los cuatro videos de youtube que nuestro garrulífero varón usa como patrón de absolución con el que cimentar su diabólica acción, versión futurista del “la maté porque era mía”. De ahí al amor verdadero, redentor, diáfano y de una pureza que trasciende la metafísica, la física cuántica y la botánica hay solo un paso, porque Pratt es un machirulo de esos que se pone una chupa de cuero y tenemos chirris brotando Pepsi-Cola a 10 kilómetros a la redonda. Tal cual.

A ver si encuentro una mujer que me lave y me planche que tengo la nave hecha un desastre…

Llegados a este punto, solo nos queda la cuesta abajo. La caída libre hacia el más profundo y mefítico abismo que uno pueda imaginar. Llena de tópicos y de mierda sensiblera, deleznable e hiriente en su ideario, todo lo que pasa en Passengers obedece a una líneas maestras denigrantes para cualquier mujer y su independencia. No exenta de fantasmadas sonrojantes, nuestros hermosos protagonistas no solo consiguen reparar la nave superando fuegos atómicos abrasadores y vacíos espaciales, sino que la rubia, consciente del poder sobrenatural del amor y  de que el macho dispone porque el macho sabe y ella no es más que una rubia sumisa, acaba perdidamente enamorada de semejante hijo de la gran puta.

La película podría haber transcurrido hacia cauces aceptables mostrando a Pratt como lo que es: un jodido psicópata. Si en lugar del romance hubieran optado por el thriller de terror, Passengers podría haberse convertido en una versión moderna y cutre de El Resplandor (es fácil adivinar este fácil planteamiento viendo al personaje del barman-robot). En lugar de eso cada minuto de esta infame cinta es una justificación al maltrato con la excusa del amor. Una oda a la posesión definitiva del macho sobre la hembra, en la que el hombre se convierte en el dios que rige los destinos de una mujer siempre débil que acabará subyugada por los encantos masculinos. Indignante de principio a fin, uno no deja de preguntarse cómo es posible que los actores se hayan prestado a protagonizar semejante espanto machista, ya que ni la excusa de los millones de dólares pagados sirve como coartada en este mundo en el que la violencia de género es un cáncer que devora con lentitud nuestra sociedad. Es con películas así con las que estamos educando a una generación que se cree con derecho a controlar el móvil de su novia, a impedirle que lleve su vida y a chafarle la cabeza con un cenicero en caso de que las cosas no discurran como ellos quieren. Una vergüenza absoluta para productores, distribuidores y demás implicados en esta afrenta completa al sentido común, la inteligencia y los deseos de igualdad entre los seres humanos.

Si voy con lo que te doy…

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Acerca de Javier Marquina 214 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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