POBRE CABRÓN.

No existe mejor resumen para este cómic que su propio título. Bienvenidos a la vida de Joe Matt.

Por Javier Marquina.

Quitarse la ropa en público no es más que la superación de unas convenciones sociales y culturales que han impuesto un canon de pudor y estética alejado de la naturaleza. Ir en pelotas entronca directamente con nuestros orígenes homínidos, y enseñar las miserias, los pliegues sudorosos y las verrugas es un derecho innegable del ser humano. Compartir con el mundo la barriga cervecera, la celulitis, el vello púbico que cubre hasta la rodilla y los micropenes debería ser una rutina alejada de la sociedad mojigata y muy dada a la vergüenza ajena. Quitarse la ropa es fácil. Es sin duda mucho más sencillo cuando eres un monumento anatómico perfecto cincelado por gimnasios y cirujanos, pero no deja de ser una tarea asequible para cualquiera. Si eres un adonis o una afrodita, puede que incluso te paguen por ello. Más allá de recompensa monetarias, lo importante del asunto es que todos tenemos culo, pezones u órganos reproductores, y un michelín siempre será un michelín. Es cuestión de asumir que nuestra estructura física básica obedece a unos patrones de género establecido y se mantiene bajo un esquema común a tu sexo, y al que no le guste, que no mire. Y punto.

Pobre Cabrón ha sido editado en España por Ediciones La Cúpula

Lo realmente jodido es desnudarse sentimentalmente, mostrarle a todos el material real con el que estás hecho y exponer sin reparo todas tu taras, pecados y defectos mentales ante un publico heterogéneo. Hacer un cómic autobiográfico en el que dices abiertamente que eres un egoísta, tacaño, cruel, miserable, egocéntrico, obseso, maniático, mentiroso y fanfarrón es como ponerse una pistola cargada en la sien y estornudar compulsivamente con el dedo en el gatillo. Aunque lo revistas todos con ese estilo inconfundible del underground americano que logra que supongamos que todo está exagerado al extremo. Aunque le des ese toque de humor patético que a todos nos gusta. Porque hay que reconocerlo, nos encanta reconocer los defectos del contrario y que estos nos sirven de escudo que oculta nuestras inmensas taras. Mientras todo el mundo se ríe del valiente que proyecta en blanco y negro su patética vida enmarcándola en viñetas, nadie se fijará en nuestra propia mierda. Visto desde esta perspectiva, lo que hace Joe Matt es una apuesta asegurada hacia el triunfo, aunque sea a costa de inmolarse como ser humano. Podría parecer que más allá de ese espíritu kamikaze y bonzo que pone la viga en el ojo propio, hay un elevado porcentaje de autocomplacencia y ombliguismo en el planteamiento. Nada más lejos de la realidad. Matt no hace concesión alguna a la galería ni tampoco, por supuesto, a sí mismo. Si trazo caricaturesco es solo un vehículo para ir desgranado episodios más o menos correlativos en el tiempo en que figuran pasajes de una tristeza infinita derivada de su propia incapacidad para relacionarse de una manera más o menos estándar a efectos sociales convencionales. No hay espíritu dulcificador. No hay pomada que calme tanta confesión descarnada. En cada página nuestro autor protagonista es un ser despreciable, reconocible y cercano que oscila entre el onanismo que acartona calcetines y las fantasías sexuales más estrafalarias.

Aún así, lo terrible de Pobre Cabrón es que es un espejo certero de la condición humana. Es nosotros mismos reflejados en un despojo humano que acumula una montaña tal de inseguridades, manías y complejos, que no nos representa por completo, pero sí a muchas de nuestras partes. Es ese nosotros que nunca reconoceremos que somos. Una conciencia abierta en canal sobre la que ir lapidando nuestros propios pecados.Un valiente alegato que reivindica nuestra condición, que grita con desesperación “aquí estoy y así soy” a todo aquel que se asome a sus sinceras, honestas y brutalmente trasparentes páginas.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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