POMPEYA: DE ROMANOS Y EXPLOSIONES

Pese a que la ausencia de Milla Jovovich se nota mucho, el péplum de Paul W. S. Anderson mantiene alto su pabellón de esparcimiento choricero.
Por YAGO GARCÍA


Adivina, adivinanza: ¿por qué, de entre todas las opciones que ofrece el péplum, Paul W. S. Anderson se ha decantado por arrimarse a la lava del Vesubio? Sencillísimo: porque es la única premisa que permite rodar una de romanos con explosiones. Esa es una de las certidumbres que provoca el visionado de este filme, el cual confirma que, si bien su director sigue teniendo buena parte del talento en el orto, también es uno de los pocos cineastas de hoy que no para en mientes a la hora de ofrecer diversión tan choricera como desacomplejada.

Está claro que, con ese director y con esos actores, Pompeya nunca encajará en lo que comúnmente se conoce como “una buena película”, ya se usen los baremos de un crítico de esos que citan a Jonathan Rosenbaum, ya se recurra a aquel criterio de calidad aprendido en videoclubes y cines de verano y que se resume como “cuantos más disparates, mejor”. Hasta ahora, Anderson sólo ha dado lo mejor de sí en la saga Resident Evil, principalmente merced a ese triángulo amoroso que dichas cintas crean ente la cámara del director, la sin par Mila Jovovich (“Nena, tu ve matando zombies que yo te saco guapa”) y el ojo cómplice del espectador. En ausencia de la musa ucraniana (y, a veces, en su presencia: recuérdese Los tres mosqueteros), a Anderson le suele patinar el ingenio, un problema que los músculos faciales del protagonista Kit Harrington (afectados, probablemente, por el frío del Muro) se ven incapaces de disimular aquí.

Dado que ni el protagonista de Pompeya ni la heroína Emily Browning (purgando aún su fatal fichaje por Zack Snyder para Sucker Punch) exhiben el más mínimo ápice de carisma, que tanto los ordenadores usados para el CGI como las cámaras 3D del filme fueron comprados probablemente en un bazar chino y que el libreto es un ensamblaje de lugares comunes rebozados en guarrería post-Gladiator, ¿qué virtudes adornan a la cinta? Pues, para empezar, aunque Anderson no ha llevado al límite las posibilidades de su premisa, ésta da lugar a momentos disfrutablemente descabellados, sobre todo cuando las tripas del volcán comienzan a rugir. Por otra parte, y como suele ser habitual en producciones de esta índole, la parte del león en lo que a interpretaciones se refiere se la llevan los secundarios veteranos, especialmente un Kiefer Sutherland desatadísimo y un Adewale Akinnuoye-Agbaje capaz de hacernos olvidar que su personaje no deja de ser un trasunto de aquel Djimon Honsou que luchaba junto a Russell Crowe en el Coliseo.

Y, finalmente, Pompeya se beneficia del logro más común en las películas de Paul W. S. Anderson: su paradójica sinceridad. Puede que los trabajos de este director sólo tengan una neurona pero si algo está claro en ellos es que dicha solitaria célula está plenamente al servicio de la historia, logrando a veces incluso subvertir tanto lugares comunes del género de aventuras como las expectativas del espectador. Así, el filme no le llega ni a la suela de los zapatos a clásicos de espadas y sandalias como la propia Gladiator o Quo Vadis, pero sí puede hacernos sentir, aunque sólo sea un instante, el deleite de andar por casa que nuestros abuelos experimentaron gracias a Espartaco y los diez gladiadores o La túnica sagrada. Lo cual, si bien no le da derecho a una corona de laurel, sí hace que se merezca una de hinojo.

Sigue a Yago García en Twitter: @solo_en_saigon

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