Poncho Fue. La crónica gráfica de la toxicidad.

Un sencillo juego tradicional practicado con inocente asiduidad por los chiquillos en Argentina va a ser el punto de partida de un viaje sin retorno hacia nuestra conciencia como seres humanos relacionales. El inicio de una obra de arte creada para llegar a lo más hondo. El principio de una historia de amor que, como tantas, empieza llena de sueños y promesas y que el peso de la realidad termina por pisotear, aplastar, ahogar y destrozar hasta que esa amalgama de sabores y colores, mutan cual demonio en algo tóxico para la cabeza, el cuerpo y el alma. He aquí una crónica gráfica del desamor. He aquí un tratado sobre la empatía. He aquí el tebeo que tienes que tener en cuenta cuando este verano conozcas al ‘amor’ de tu vida.

Por Ramonet Davi

Lu y Santi se quieren, o eso dicen. O eso dicen que parece, o parece que dicen. Lu y Santi son el claro reflejo de una relación que no funciona. De dos personas que se quieren, pero no saben quererse. Igual te suena de todo, o no te suena de nada, pero quién más y quién menos va a verse reflejado en esa dificultad que muchas veces entraña la convivencia, o la propia vivencia de una relación amorosa.

Todo empieza bien. Todo son risas, sexo y tonterías. Como ese ‘Poncho Fue’, un juego que consiste en dar un golpecito al otro cuando se avista por la calle un modelo de coche Volkswagen Beetle (al que llaman poncho en Argentina). Tampoco se ponen de acuerdo en las reglas del juego, pero qué más da, cuando gobierna el amor, al principio de todo, la comunicación y los conflictos son dilucidados con besitos y el típico ‘tú mas- no, tu más’. Pero se tuerce.

Sole Otero, autora argentina, retrata en esta obra costumbrista y basada en su propia experiencia, la relación tóxica que viven sus protagonistas. Una relación asfixiante hasta niveles peligrosos en la que Lu, que ejerce el papel protagonista principal, vive amargada. Atada a una cárcel de inseguridades y sentimientos contradictorios, por culpa del energúmeno de un novio que la manipula psicológicamente un día tras otro. A través del presente y de diversos flashbacks, vamos a ir descubriendo momentos clave en su relación, que nos ayudarán a entender ese mismo presente.

Sería tontería por mi parte en estas líneas, ahondar más en el transcurso de la historia que encierra este cómic editado con delicadeza y acierto, como siempre, por La Cúpula. Lo sería porque lo importante de esta historia, más que el contenido es el continente. Me explico.

La autora, que demuestra dominar a la perfección el tiempo, el ritmo y la narrativa, utiliza varios elementos gráficos que sirven para meternos en la cabecita de la protagonista y, como ella, sentir en nuestro propio consciente, lo que ella siente en cada pelea, discusión, bronca o desplante de su pareja. Recursos que ayudan a dar importancia al alma de la obra.

¿Cómo lo consigue?

En primer lugar, gracias a los recursos cromáticos de la obra. Los colores cálidos nos sirven para despegar, cuando todo es lindo. Los colores fríos nos sirven cuando todo es malo. Los colores estridentes nos sirven cuando la psicodelia de las pesadillas y los miedos interiores invaden a Lu. Además, en función del estado emocional en el que se encuentra la protagonista, tendrá un color u otro.

En segundo lugar, el uso de la tipografía y los bocadillos de texto le sirven a la autora para ejemplificar y describir a la perfección como son las charlas o las discusiones con su pareja y como estas afectan a la protagonista. Bocadillos llenos de texto en los que es imposible leer todo lo que contienen, como metáfora de conversaciones estériles en las que Lu aprovecha para analizar sus pensamientos. Palabras sueltas que la envuelven en momentos de agobio o desesperación. Un recurso que aúna con maestría el uso del texto y el tratamiento gráfico de este. Me parece sencillamente una genialidad.

En tercer lugar, el tamaño de los personajes es otro de los recursos que de forma figurada Otero utiliza para enfatizar las reacciones de nuestros protagonistas. Los gritos agrandan la figura del que grita y empequeñecen al que los recibe. Otra metáfora visual más que deja claro lo necesario para que el lector conecte a la perfección con la obra y con Lu.

Hay obras, en el mundo del arte en general, que tiene el poder de cautivar al que se enfrenta a ellas. Obras que más allá de un objeto, encierran un alma latente, palpable, imposible de disimular. Ejemplos que ayudan al lector a pensar, reflexionar y a tomar apuntes en la libreta mental que flota en nuestra materia gris. Esta es una de ellas.

Esta obra nos enseña de forma rabiosa, a no caer nunca (o nunca más) en la trampa mortal de la toxicidad. A saber que se puede escapar de esa cárcel. Esta obra puede ser esa liana que, cuando uno está apunto de ahogarse en las arenas movedizas, aparece en escena para que todo termine en un final feliz, lejos precisamente de esas arenas.

Gracias Sole.

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