POWER MAN Y PUÑO DE HIERRO 100% MARVEL HC: ¿Hay alguien ahí?

Lo intento, lo intento y lo sigo intentando. Inasequible al desaliento, continúo con mi recalcitrante cruzada por encontrar un cómic actual de superhéroes que no me dé ganas de cortarme la yugular con el afilado filo de los calzoncillos secos del hombre que no podía parar de cagar.

Por Javier Marquina.

POWER MAN Y PUÑO DE HIERROSí. Lo sé. La culpa es mía. Por estar en el lugar que no toca. Por tratar de conseguir lo imposible. Por aferrarme con uñas y dientes a ese espíritu de Peter Pan que se obstina en mantenerme en la adolescencia, como si evolucionar y quemar etapas fuera un pecado digno digno de las calderas más ardientes del infierno. El pasado no vuelve. No hay marcha atrás. Aquello que fuimos nos ha transformado en lo que somos, pero es inútil tratar de fingir de forma desesperada que nuestra juventud no ha quedado a nuestras espaldas. Quizá también tenga algo que ver que lo que se está haciendo actualmente es un subproducto de calidad lamentable, muy por debajo de los objetivos básicos que uno debería pedirle a algo dedicado de forma prioritaria al entretenimiento.

Más allá de los grandes clásicos del género, los superhéroes, en su labor de creación de una nueva mitología cercana a una adolescencia necesitada de nuevos dioses y valores, triunfan (o triunfaron) porque cubren este hueco entre lo moral, lo ideológico y lo religioso de una forma divertida, alocada y, sobre todo, nueva en apariencia. O algo muy parecido a la novedad, que es justo lo que sentimos cuando los descubrimos por primera vez. Sin embargo, llegados a cierto punto, nuestro organismo se encuentra saciado de mítica y testosterona, y lo que antes era oro puro ante nuestros ojos va tomando un cariz cancerígeno por acumulación cercano a la sobredosis de arsénico. Lo que antes molaba, ahora ya no mola tanto. De hecho, en un 99% de las ocasiones, ha dejado de molar por completo.

Utilizando una metáfora fácil, ver a Daniel Rand cargando su puño de Chi para convertirlo en algo más duro que el acero ha perdido esa magia fascinante que nos envolvía cuando leíamos los números de Claremont y Byrne. Ahora el Puño de Hierro es un payasete semiadolescente y carente de gracia que trata, sin éxito, de convertirse en una mezcla de verborreico Spiderman del kung-fu. Luke Cage, augusto macarra de traje homoerótico y peinado a la afro, ha renunciado a su nombre de Power Man y ahora es un padre responsable subvertido bajo el prisma de un auténtico calzonazos. Una de las parejas con más química del cómic se ha ido transformando en un dúo de bufones que pasean sus patéticas nalgas sin pena ni gloria por las páginas de una colección condenada al fracaso; una especie de Dúo Sacapuntas apolillado que suelta chistes de mierda.

Os echo mucho de menos…

Visto lo visto, debería ser más realista y renunciar. Dejarlo ir. Alimentarme de nostalgia y relecturas de aquellos clásicos inmortales que me nutrieron en los ochenta. Debería meter mis buenas intenciones y mis ganas de seguir enganchado a algo que ya no me satisface en una barca vikinga y prenderle fuego, soltando una solitaria lágrima mientras la veo alejarse, mostrándome firme como un coloso de bronce apostado en la orilla. Lo admito. Lo mío es pura cabezonería, pero es que no quiero abandonar algo que me ha distinguido durante muchos años y, como un profeta enloquecido que vaga por un desierto de sombras clamando por la redención, todavía espero la llegada de un nuevo mesías que nos libre de tanta miseria. (¿Tom King? Guiño, guiño. Codazo, codazo).

Por si no fueran suficientes nuestras desgracias, la tendencia propiciada por la mastodóntica irrupción del cine y de la televisión en el mundillo, la misma que ha convertido a los cómics en lugar de destino en vez de punto de origen, ha hecho que los superhéroes muten para ser hijos puros del merchandising, una materia maleable que se adapta a lo que vemos en la pantalla de forma a veces impensable o directamente absurda. Cuando, además, la fuente de inspiración del tebeo es un subproducto lamentable surgido de las peores catacumbas de la televisión, el resultado es un doloroso puñal en nuestros más benévolos deseos. Teniendo en cuenta que hay un tufo de oportunidad y mímesis chapucera que hace coincidir la publicación de esta serie con la emisión de la polvorientas, aburridas y cutres series de Netflix dedicadas por separado a mis amados “Héroes de Alquiler” (súfranse la infumables Luke Cage e Iron Fist para tener conocimiento de causa), lo que uno puede esperar de las historias incluidas en estos dos tomos está claro: una gran, acostumbrada y pestilente nada rebozada en un intento triste de encontrar ese humor forzado con el que nos castigan en todas las nuevas producciones de Marvel.

Y así con todo.

Como unos zombies sin cerebros adictos a un chascarrillo chusco que se queda rancio casi antes de existir, todo los guiones de David F. Walker son el epítome de la chorrada inconsecuente, un vacío que compite con lo sideral en la absorción de nuestra cordura y dinero. Camuflados apenas por el prometedor arte de un Sanford Greene con más errores que aciertos y que me deja con la sensación de ser capaz de mucho más, la tendencia radioactiva y letal propiciada por esta nueva biblia Netflix que dice que hay que hablar más y pelear menos infecta una páginas en las que las luchas carecen de espectacularidad y los diálogos parecen ejecutados por gente que se traga los mocos porque su cerebro ignora que es capaz de escupirlos.

Una tras otra, las colecciones de esta nueva Marvel se incrustan como una bola de demolición en mi casi ya derruido muro de la esperanza. Lo intento, lo intento y lo vuelvo a intentar, pero me siento como Sísifo cargando con una enorme piedra rebozada en infaustos cómics. Cuando parece que en el horizonte diviso por fin mi meta, un descomunal ñordo me empuja sin remisión al fondo del abismo. Sigo ahí, porque crecí leyendo aventuras de galos irreductibles y me siento tan irreductible como ellos, pero sé que la paciencia tiene un límite y que la fuerza de voluntad no es infinita. Sé que es una mera cuestión de tiempo. Todo lo que tengo que hacer es esperar y ver lo que se acaba primero, si los cómics lamentables o mis ganas de leerlos.

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Acerca de Javier Marquina 210 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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