POWERS. Photoshop del malo.

La vergüenza ajena es un sentimiento que no puedes controlar, una sensación que hace que desees ser tragado por la tierra mientras buscas la forma más disimulada de esconderte debajo de la mesa para no ver el horror que alguien que no eres tú perpetra creyendo que es brillante.

Por Javier Marquina

¿Ríe, llora, le está dando un calambre o ha sucumbido a la diarrea?

No hace mucho leí unas declaraciones de Steven Spielberg diciendo que, tarde o temprano, el cine de superhéroes se iría a la mierda. No profundicé mucho más. Teniendo en cuenta como está el tema de las redes sociales hoy en día, no quería encontrarme opiniones ni a favor ni en contra argumentadas por gafapastosos repelentes o por pajilleros del spandex. Lo que sí tengo claro es que el señor Spielberg es alguien que algo sabe de cine y del negocio del cine y su opinión, aunque está claro que no debe ser tomada como los mandamientos de la ley divina, sí que tiene que ser valorada y tenida en cuenta a futuro.

Algo de razón no le falta al ínclito director y productor, sobre todo si tenemos en cuenta que la industria cinematográfica parece haber encontrado a la gallina de los huevos de oro en los testículos de Superman. Hoy por hoy todo vale. Cualquier cómic es susceptible de ser adaptado y el criterio de selección y cribado es tan riguroso y exigente como el profesor que reparte las notas en un parvulario. Estamos creando una gigantesca mentira que no paramos de inflar película a película y, como buena burbuja económica, tarde o temprano acabará estallando dejando los escombros de lo que parecía una poderosa industria. Sólo si los cimientos son sólidos, una vez pasado el huracán, podremos quedarnos con lo bueno y, con suerte, habremos establecido un género cinematográfico del que poder ir disfrutando con calma a lo largo de los años. Una película cada lustro, quizá, pero una que merezca la pena.

La serie de televisión Powers entronca con la idea de que cualquier cosa es válida con tal de que huela a gente con poderes. En este caso, sin embargo, el tebeo que se adapta es un material perfecto para ser convertido en una excelente serie de televisión, sobre todo si tenemos en cuenta el argumento del mismo, que se mueve entre lo fantástico, lo superheroico y lo policíaco. Elementos clásicos que, bien llevados, podrían haber creado una auténtica maravilla con la que hacer disfrutar tanto a los que seguimos los cómics desde hace más de una década como a cualquier profano que quiere pasar un buen rato.

Si se llama Triphammer tendrá que llevar un martillo…

Sin embargo, todo en Powers huele a urgencia, a cutrerío y a ese “vamos a escribir esto con la punta de nuestro capullo porque aquí lo que importa es que salgan superhéroes y no lo que estamos contando ni como lo estamos contando”. La historia en sí, basada de forma muy tangencial en el cómic de Brian Michael Bendis y Michael Avon Oeming, utiliza los mismos personajes y planteamientos, pero para alguien como yo que sí ha leído la serie en papel, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. No soy especialmente puntilloso cuando las tramas de los productos para el cine o la televisión difieren considerablemente de los guiones de cómic que adaptan. Es más, agradezco los nuevos giros y sorpresas que me hacen disfrutar del argumento. Aunque claro, cuando la psicología de los personajes difiere de un modo tan brutal de esos protagonistas con los que llevo caminando una década, hay algo que se rompe en mi interior y suelto una lagrimita de decepción inevitable. No hay nada que me guste menos que pensar “ese no es Christian Walker” cuando veo a Shartlo Copley esforzándose por hacer algo que no tengo muy claro que es. La mezcla entre imbécil naife, chuloputas de extrarradio y pretendida profundidad cual verso de Coelho es una afrenta para el intelecto. La evolución y motivación de los personajes es una especie de Abeja Maya contra John Holmes en los que no se ven ni aguijones ni rabos. Todo huele a formol, a cutre, a cogido por los pelos. Todo parece montado deprisa y mal, y pocas cosas se salvan de la quema. Wolfe, quizás, y sólo en ocasiones.

Ojalá el Pulpopiña

Pero lo peor, lo que sin duda escuece de verdad, es esa sensación de estar viendo los efectos especiales de los episodios de los Powers Rangers cada vez que aparece algún héroe volando o Tripphammer se pone la armadura. En más de una de las escenas habría agradecido que saliera el Pulpopiña a repartir hostias como panes y acabar con tanta vergüenza. Retro Girl planeando tiene más miedo que alma y parece que la actriz está esperando que los cables que la levantan se partan en cualquier momento. No hablaré de los pulsos carmesís robapoderes con sonido de tecnología alienígena incorporados porque son tan amenazantes como un cuchillo de plástico para un chuletón de kilo doscientos gramos. No hablaré de la sangre postiza generada por un Amstrad 464. No hablaré de los rayos de energía pixelados o los poderes cúbicos de Zora. No hablaré porque me quedo sin palabras ante tanta caspa. No hay nada peor que algo mal hecho que se toma en serio. Puedo asumir la plastilina mal pegada de los cadáveres de las películas que, carentes de presupuesto, toman el camino del humor y la parodia para suplir con originalidad la falta de medios. No es el caso. Powers es como ver un programa de talentos en el que los participantes creen que lo petan, cuando lo único que debería estallar es su culo. La cascada de sangre digital generada sería, sin duda, impagable.

¿Hay esperanza en la segunda temporada? Dicen que eso es algo que nunca se pierde. Historias de calidad por contar hay, ahora solo falta que encuentren a un tío que sepa algo de Photoshop.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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