PUDRIDERO. La belleza del mal gusto extremo.

A continuación podéis leer la crítica de un cómic incorrecto hecha con un lenguaje inadecuado. Si sois personas sensibles o de las que cabecean con aprobación cuando en la tele un pitido sustituye a un taco, esta no es vuestra reseña. Huid ahora que aún estáis a tiempo. Luego no quiero recriminaciones. Aquí el que se ofende, es porque quiere.

Por Javier Marquina.

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Pudridero es la hostia.

Perdón.

 Pudridero es la PUTA HOSTIA.

Y ya.

Esta podría ser perfectamente la reseña del comics de Johnny Ryan, y os puedo asegurar que no desentonaría en absoluto con el comic salvaje, bestia, onanista, desagradable y escatológico del autor americano.

Me ha costado leerme los (por ahora) dos tomos publicados al alimón por Entrecomics y Fulgencio Pimentel. En realidad no. Una vez empiezas, la lectura en sí es desenfrenada. No puedes parar. Devoras las 480 páginas preso de un hambre compulsiva y, cuando acabas, a falta del tercer tomo que en teoría cerrará la historia, vuelves a empezar porque quieres más. Lo quieres todo, coño.

Corrijo.

No me ha costado nada leerme los dos tomos de Pudridero. Lo que de verdad me costó fue lanzarme a hacerlo. Y eso que lo intentaba a menudo. Pasaba por la librería, veía la portada amarilla del primero, lo hojeaba y lo volvía a dejar. El dibujo era horrendo. Apenas había diálogos. Aquello parecía una burla estúpida hecha por un estudiante de primaria. “Vaya mierda” pensaba. “Y encima 20€. Ni de coña”. Y así una y otra vez.  Y otra. Y otra. Porque siempre acababa volviendo a buscar esa portada. A abrir ese libro. A pensar en lo desagradable y feo y bruto y obsceno e inadecuado que me parecía todo lo que veía. Y lo cerraba. Y lo volvía a dejar en su estante en la librería. Y volvía a pasar. Y volvía a abrirlo. Y …

Soy un tipo lento. Me cuesta pillar las cosas. No sería la primera vez que alguien me llama tullido emocional. Pero al final lo comprendí. Comprendí porque no podía dejar de volver a fijarme en esa portada de manera obsesiva. Comprendí que era esa sensación de vacío en la boca del estómago. Esas polillas gigantes reptando por mis tripas.

Aquel cómic me encantaba. Joder. Claro que sí. ME ENCANTABA.

Esto es lo que hay.
Esto es lo que hay.

Y debería haberlo sabido antes, porque en Pudridero no hay doblez, no hay engaño, todo es directo y plano, como una buena patada en la cara. Todo es lo que debe ser y no se insinúa nada porque consiste en mostrarlo todo. No hay metafísica. No hay metáfora. Todo está hecho con una mano en los huevos y en la otra, desafiante, el corazón. Pero el dedo. No el órgano. Pudridero es extremo. Satura y repugna como el buen ‘gore’, y una vez lleno de la mierda y la sangre y la pus que exudan sus personajes, cuando consigues limpiarte de los ojos toda esa violencia desmedida y gratuita, lo haces con una sonrisa, con la alegría del que disfruta del espectáculo. Pudridero es reventar al vecino con un bate de beisbol, trocearlo con una navaja oxidada, prenderle fuego y luego cagarte en su cadáver humeante. Y hacerlo todo con el placer vil del que sabe que todo lo malo que le puede pasar está a punto de pasarle y debe aprovechar cada oportunidad que se le presente para ser despreciable y brutal. Pudridero es hostias como catedrales góticas, y tentáculos, y mala baba concentrada. Es sexo paranoico y puntiagudo y bragueros con esvásticas y drogas supuradas por un gusano adicto a las felaciones. Pudridero es un cómic intenso que se lee en una exhalación, conteniendo el aliento, que se acaba y se vuelve a empezar casi de inmediato, y luego otra vez, y otra, y otra, y acabas aprendiendo de memoria cada golpe, cada evisceración, cada desgarro. ¡Qué grande es este arte que te permite disfrutar de las aventuras de un asesino caníbal e hijo de puta!

Las aventuras de Carantigua son inevitables. Y lo son porque necesitamos ser impropios. Necesitamos ser cabrones y ruines. Necesitamos descargarnos de las cosas que nos aplastan y dar patadas y escupir sobre los ancestros fallecidos de los idiotas que se creen con autoridad para mandarnos. Necesitamos ser malos. Pero de los malos que disfrutan siéndolo. De los que sonríen cuando matan. Necesitamos mostrarnos atroces. Y leer cómics como Pudridero.

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Acerca de Javier Marquina 210 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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