Quai d’Orsay. Crónicas diplomáticas: ¿Lo sabe el ministro? Esperemos que no…

Entre El ala Oeste de la Casa Blanca y The Office, el cómic de Lanzac y Blain pasa al cine envuelto en carcajadas y papeles volanderos: subráyalo con fluorescente.
Por YAGO GARCÍA


En muchos aspectos, culturales o no, los Pirineos actúan como una lente, o como un vaso de agua: mirando a través de ellos, algunas cosas parecen más grandes de lo que son, otras más pequeñas, y otras apuntan en una dirección distinta. Vale, es una metáfora, pero no se me ocurre otra para explicar por qué la nueva película de Bertrand Tavernier llega a nuestro país a través de los circuitos, como quien dice, del arte y ensayo. Es innegable que el director de Quai d’Orsay tiene más premios César que una colección completa de Astérix. Pero también es verdad que, en su tierra natal, la crítica más miliciana le ha mirado casi siempre con suspicacia debido a su condición de currante que lo mismo te rueda una de ciencia-ficción (La muerte en directo) que una delicia de capa y espada (La hija de D’Artagnan) que una bélica con Jean Reno (Capitán Conan). O, como en este caso, una adaptación de un cómic.

En el fondo de todo esto están nada menos que las diferentes nociones de ‘cine comercial’ que se manejan a un lado y otro de Behobia, así que mejor nos dejamos de rabietas y vamos al hecho cierto. Según señalábamos antes, Tavernier es un currante que conoce a fondo los mecanismos del cine de género. Y, según comprobamos en esta película, eso incluye también las artes de la comedia: los fans del tebeo de Christophe Blain (Isaac el pirata) y de Abel Lanzac (seudónimo manejado por Antonin Baudry, diplomático de mucho tronío) podemos respirar tranquilos, porque las andanzas del ministro Alexandre Taillard de Worms, ese conflicto internacional con piernas, están aquí reflejadas en toda su gloria, su hilaridad y su vergüenza ajena. Tratándose de un trabajo que ha sido comparado tanto con El ala Oeste de la Casa Blanca como con The Office, está claro que el reto era de los gordos, pero el filme que nos ocupa no es ni más ni menos que un screwball cuyos defectos y carencias quedan ocultos por altísimos picos de carcajada.

La parte negativa del negocio se la come casi por entero Arthur Vlaminck, el sufrido escribediscursos que ejerce como protagonista teórico de la historia. En lugar de un pringadillo de entereza cuestionable, que lleva en secreto su pasión por Metallica y que folla menos que el cardenal Rouco, el personaje es aquí un francesito prototípico de película francesa, felizmente amancebado con otra francesita que ejerce de profesora políticamente correcta. Qué le vamos a hacer: al director le van más Led Zeppelin, y en algo se tenía que notar que él también hizo Hoy empieza todo. Y todo esto importa poco, porque el verdadero epicentro es Monsieur le ministre, todo él citas de Heráclito (sacadas de contexto, faltaría plus), rotuladores fluorescentes, portazos, onomatopeyas e incompetencia. Por otra parte, también es destacable el papelón de Niels Arestrup: viéndole encarnar al adorable señor Maupas (el único hombre cuerdo del cuento, por resumir) cualquiera diría que estamos ante un sujeto cuya principal especialidad actoral es darnos mal rollo.

Pese a todo lo dicho, es mejor no engañarse del todo. Si Quai d’Orsay ha resultado tan popular en Francia es, calidades aparte, porque su personaje más importante es un trasunto del ex primer ministro Dominique de Villepin, y también porque en ella puede verse en ropa interior a una Julie Gayet (la amante de François Hollande) que, morbos aparte, queda como una actriz muy estimable. Ahora bien, recordemos lo básico: estamos ante un filme basado en un cómic,

y dirigido por un cineasta muy prestigioso, que no sólo deja un gustoso dolorcillo en la mandíbula, sino que también se ha hinchado a premios, nominaciones y recaudaciones en el país vecino. Todo ello, además, ofreciendo sátira y jolgorio en lugar de conciencia social y Alzheimer. Si comparar esto con las expectativas que aguardarían a un filme similar en nuestro país te da ganas de mudarte a Lusmenistán, lector, consuélate pensando que no eres el único.

Sigue a Yago García en Twitter: @solo_en_saigon

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¡Oh, mírame, estoy haciendo feliz a mucha gente! ¡Qué bien! ¡Soy un hombre mágico! ¡Del pais feliz! ¡De la casa de gominolas de la calle de la piruleta!

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