Richard Matheson ha muerto, y todos nos hemos ido un poco con él.

Ayer, a los 87 años, nos dejaba Richard Matheson, uno de esos autores fundamentales para entender la literatura de terror y ciencia ficción y, sobre todo, para entendernos a nosotros mismos.

Por Javier Marquina.

El increíble hombre menguante - Richard Matheson - Ed. La factoría de ideas

Está ahí. Siempre ha estado ahí. En ese episodio de esa serie de televisión que tanto te gustaba. En el guión de esa película que recuerdas de tu niñez, boquiabierto, con esa pátina mágica que la infancia le confiere a todo. En ese libro que lees una y otra vez, prisionero por la historia de un hombre que sabe que no le queda nada.  Te has preguntado quién. Le has buscado. Has ido encontrando más y más obras suyas. Y siempre ha estado ahí. Incluso ahora que ha dejado de estar. Siempre estará ahí. Como un verdadero hombre creciente y opuesto. Como una gigantesca leyenda.

Richard Matheson forma parte de ese nutrido grupo de escritores norteamericanos de los que soy devoto admirador, uno de esos maestros de la literatura de ciencia ficción que junto con Bradbury (por ejemplo) nos dejan obras eternas que divertirán a los hijos de nuestros hijos. Pero además, Richard Matheson representa también a esa generación que creció con los nuevos medios, y participó activamente en  convertirlos en lo que ahora son: el cine y, sobre todo, la televisión. Por eso para mí Matheson es un autor secreto, oculto, que ha estado con nosotros en nuestras vidas sin que nosotros casi lo supiéramos. Todos podemos nombrar obras clásicas como Soy Leyenda o El Hombre Menguante, dos de esos libros enormes, superlativos, que todo ser humano tiene que haber leído si quiere que sigamos considerándole humano. Pero es que además hay una infinidad de pequeños relatos, de guiones para episodios de la Zona Negativa, de guiones de cine, de historias que parecen pequeñas pero que dejan su marca como el hierro al rojo en nuestra espalda, dejando cicatrices que siempre recuerdas.

Duel_rs12cRecuerdo ver “El Diablo sobre Ruedas” y preguntarme quién había hecho aquella película, alucinado con el talento apabullante de un Spielberg casi adolescente, manejando con imposible maestría una historia en apariencia sencilla pero de demoledora brillantez. Nos la pusieron en una excursión a la montaña, en el autobús del colegio, y al llegar de vuelta con todos los padres esperando, fui el único que se quedo en el autobús, contemplando con esa cara indeleble de asombro la escena final de la película. Tuvieron que subir a buscarme. Mientras el camión embestía por última vez el coche de Dennis Weaver. Huellas profundas para toda la vida. Recuerdo “En los límites de la realidad”, aquella película homenaje a La Zona Negativa y a aquel hombre aterrado por volar, que ve desquiciado como un ser imposible sentado en el ala del avión en pleno vuelo le conduce irremisiblemente a la locura. Recuerdo esa caja y ese botón capaces de dártelo todo a cambio de la vida de alguien que no conoces. Recuerdo a Richard Matheson y a sus casas encantadas, a sus supervivientes desesperados, a sus infectados, a ese hombre que lucha por vivir en un mundo gigantesco.

Se ha ido pero perdurará. Seguirá aquí entre nosotros mientras conservemos la capacidad de emocionarnos, de entretenernos, de alucinar, de sentirnos vivos al leer. Se ha ido pero siempre estará en nuestras estanterías, en nuestras filmotecas, en nuestras vidas. Hagámosle un favor hoy, cojamos uno de sus libros. Leamos a Richard Matheson. Celebremos disfrutando del arte al que dedicó su vida. Larga vida a aquellos que lo merecen.

Hasta más allá de la muerte.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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