RöHNER, un tratado sobre la excelencia gráfica

Creo firmemente que el mejor momento que existe en la secuencia de una lectura, el instante que dota de magia al placer de devorar cualquier libro o cómic, es ese en el que con delicadeza miras la portada, la repasas de arriba abajo con las yemas de los dedos, aspiras relajadamente y levantas la tapa. Podría asemejarse, creo yo, a la sensación que tiene cualquier arqueólogo al destapar un antiguo cofre contenedor de algún tesoro de tiempos remotos. La incertidumbre se mezcla con el nerviosismo. El ansia se combina con la necesidad de conocimiento. Como en el clímax del coito, el descubrir lo que contiene eso que tienes entre manos, es uno de los grandes placeres de esta vida. Röhner es pues, la joya que se esconde al fondo de ese cofre. Abrid bien los ojos, Max Baitinger ha llegado para daros placer.

Por Ramonet Daví

Me gustaría conocer en persona al artífice de este tomo. Lo digo muy sinceramente. A veces pienso con qué autora o autor de cómic me iría a cenar (Kim), de copas (Burns), de viaje (Puchalski) o a vivir. Y sí, después de terminar la lectura de la que hoy os hablo, estoy casi seguro que me iría a vivir un tiempito con este alemán que concibe la vida a través de líneas, manchas y formas extrañas.

La editorial Fulgencio Pimentel, a la que por qué negarlo, admiro por su apuesta firme de acercarnos a algunas de las obras más innovadoras del panorama de la viñeta, nos ofrece la posibilidad de meternos en la cabecita loca de Baitinger y tumbarnos a lo largo y ancho de las ensoñaciones gráficas de este autor de 36 años, nacido en la pequeñita población de Penzberg y que sin duda es uno de los mejores ilustradores y autores de cómic de su generación.

Curiosamente, retomando esos pensamientos freaks referentes a lo que haría con mis autor@ más admirados, este tomo nos habla precisamente de la convivencia. Exactamente de la convivencia de su protagonista con Röhner, un antiguo colega que casi sin previo aviso se presenta en la puerta de su casa, necesitado de cobijo durante unos pocos días. Y ahí empieza el drama de aguantar a un indeseable que sabes que no vas a poder echar de ahí ni a patadas.

Y entonces, ¿por qué esta premisa que se podría, a priori, tildar de insulsa, esconde un verdadero tesoro en ella? Porque rara vez en mi vida como lector había visto una forma tan especial de narrar.

Claro tenemos tod@s, o si no deberíamos, que el dibujo siempre debe estar al servicio de la obra. Así pues la valoración del arte de una historia gráfica siempre debe hacerse una vez la hayamos leído. Puede ser que un estilo u otro no te llame la atención, pero, ¿ y si casa a la perfección con la historia que acompaña?.

Baitinger tiene un estilo gráfico que seguramente no enamore a los que solo den valor a dibujantes como Alex Ross (ojo, que a mi también me encanta), pero es muy importante, si queremos que este medio avance y se haga más ancho, creer que los artistas deben experimentar y crear nuevas formas de expresión artística. Formas que, pareciéndonos poco convencionales, ofrecen al medio una vía de escape ante la monotonía de ‘lo que vende’.

Si le dais la oportunidad que merece a este maravilloso tomo, veréis que donde nadie se para a pensar que una situación tan convencional como el desplazarse en bicicleta, ver caer la lluvia, masticar un alimento o preparar un gintonic puedan resolverse gráficamente, Baitinger lo hace. Y lo hace con una maestría que asombra.

El tesoro de esta obra se esconde en los detalles. Su autor hace excepcional lo convencional. Demuestra que gráficamente todo, absolutamente todo, es posible. Pero ojo, no todo el mundo es capaz de ver y plasmar de esa forma. Las dotes gráficas que encierra este ‘Röhner’ son inspiración pura y dura para cualquier persona que se dedique al mundo del diseño gráfico, la ilustración, o cualquier disciplina que requiera de creatividad. Y como apuntaba hace unas líneas, al servicio de un guion escueto en su justa medida, fresco, loco y con un retrogusto delicioso de un humor negro único, diferente.

Antes de empezar, estad segur@s de una cosa. Este señor alemán te agarra la sesera, te la pasa por la moulinex y te deja con el corazón a punto de caramelo.

Originalidad, rotura de esquemas, humor y en definitiva libertad creativa.

Decidido, me voy a vivir con él.

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