Rufus T. Firefly: mátame con ese directo.

Aplausos. Vamos. Aplaudid, joder. Más alto. Porque hay gente patria que hace música de las que te llega a las entrañas. Matad a toda esa mierda prefabricada. Buscad gente buena de verdad, de la que además mejora infinito en directo. Como los grandes. Y aplaudid. Venga.

Por Javier Marquina.

 

Mi amiga Ana es una fuente inagotable de grupos imposibles. Es de las que cada día llega con una nueva banda bajo el brazo. Con un grupo independiente que merece la pena escuchar. Con los próximos Vetusta Morla cada mañana. Yo la verdad es que a menudo asiento y le digo que sí, pero me es imposible escuchar todo lo que me recomienda ya sea por falta de tiempo, de vida o porque soy de esa rara especie que le gusta escuchar los discos que le gustan una y otra vez. Hasta machacarlos. Sí. Yo era de esa generación que dejaba que la aguja labrara nuevos surcos en los vinilos a base de escucharlos. Soy viejo. Lo asumo.

No sé por qué con Rufus T. Firefly fue diferente. El destino quizás. Vaya usted a saber. El caso es que cuando mi amiga me recomendó escuchar a esta banda de Aranjuez y busqué en Spotify su disco Ø, desencadené una serie de acontecimientos que desembocaron en el concierto del pasado día 15 en la sala El Veintiuno de Huesca. Y que concierto, oigan.

Pero volvamos al principio. Volvamos a Ø. Volvamos a lo que para mí es uno de los mejores discos que he escuchado en los últimos tiempos. Y lo digo sin criterio, lo sé, que a menudo me recuerdan que no sé de música y que no sé como tengo cojones a lanzarme a la aventura musical con este bagaje tan lamentable. Pero es que a veces, las cosas hay que decirlas. Y cuando un grupo de esos que empiezan hace una cosa tan bien hecha, pues hay que tratar de divulgarlas como sea. Y yo estoy muy enganchado a Rufus. Mucho. En plan groupie histérica. Canciones como “Ya de pequeños odiaban la música” o “Test de Voight-Kampff” son de esos temas que te tocan allí donde la música debe tocarte. Y no hablo del corazón. Ni de las tripas. Hablo de esa sensación conjunto y placentera tan cercana a la erección que te proporcionan esas canciones que te mueven a gritar, a levantar los brazos y a mover la cabeza. Ø es un disco intenso, oscuro, de rock bello en muchos momentos. Redondo como su título. Un hallazgo absoluto. No puedo esperar que salga Grunge, su próximo trabajo.

Yo con escucharlos en mis cascos habría estado más que satisfecho, pero es que claro, llega esta gente a Huesca y nos rompen las tripas con su directo. Sin compasión. Patada en la boca para que no la cerremos. Apabullantes. Asombrosos. Y así uno no puede dejar de ser fan. Ni escribir de forma objetiva. Ni nada de nada.

Para alguien como yo que pasó años enlatado y sin pisar salas ni festivales, recuperar el directo ha sido como una epifanía necesaria y urgente, una necesidad biológica que satisfacer. Porque el directo es la música de verdad. Es el lugar en el que uno ve de qué pasta están hechos los grupos que te gustan, donde la transmisión es directa, y proporcional a la potencia, a la solidez y al arte que los músicos destilan. Y Rufus T Firefly en directo son una bomba atómica de esas que te vuelan las pelotas y te dejan con la boca abierta para los restos. Directos de esos de intensidad, de los de acabar con el pelo de punta, de los de aplaudir y gritar y desear volver a verlos en cuanto acaban. Además, creo que es en salas pequeñas como El Veintiuno en la que los grupos demuestran su verdadero potencial, donde con medios y espacios reducidos, todo lo que tienes para conectar es la música, los instrumentos, la personas. No hay artificios y parafernalia que te despiste de lo que de verdad importa: los sonidos que te remueven las tripas, las canciones que escuchas con una sonrisa en la cara.

Rufus T Firefly son Sara Arévalo, Alberto Rey, Victor Cabezuelo, Julia Hermida y Carlos Campos. Y de verdad espero que tengan suerte en este mundo casi imposible, porque son realmente buenos. No, que coño, son la puta hostia. Y deberían romperlo cuanto antes, porque lo merecen.  Aunque todos sabemos que, demasiado a menudo, la calidad no tiene nada que ver con el éxito.

Yo sólo quiero que vuelvan a Huesca cuanto antes.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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