RUMBLE. Una nueva mitología.

Si John Arcudi hubiera escrito El Mago de Oz, a su espantapájaros también le habría faltado cerebro, pero lo habría compensado con un buen par de huevos. Claro que el valor es una cuestión relativa cuando empuñas la espada más grande del barrio.

Por Javier Marquina.

A veces no hace falta ser el más original para conseguir ser el más innovador. Aunque parece un contrasentido, no es cuestión de encontrar esa historia que no ha contado nadie antes, sino de crear nuevos modos de representar cuatro patrones básicos fijos. Quizá no haya nada nuevo que inventar, pero al menos hay mil millones de maneras de inventarlo. Es una única figura la que va mostrando diferentes sombras en la pared de la caverna. El arquetipo es irrenunciable, por mucho que desees alejarte de él.

Esa es una de las razones por las que no me gusta resumir ninguna historia. Me resulta aburrido incluir en la reseña una sinopsis detallada del argumento. Entiendo que en la mayoría de las ocasiones se utiliza como ayuda y acicate para el futuro lector, pero encuentro más divertidas y edificantes otras maneras de rellenar tu cuota mínima de palabras. Al ir reduciendo la trama a los elementos más básicos evitando destripar cualquier sorpresa, acabas dándote cuenta de que lo que queda, el esqueleto, es un denominador común al resto de las demás historias. Supongo que a nadie le llamaría la atención Rumble si dijera que el cómic narra la historia de un antiguo dios cazador de demonios que vuelve a la vida en la época actual. Habría que ir decorando un poco el argumento para hacerlo más atractivo. Si añado que, al resucitar, el alma de este milenario inquisidor debe poseer el cuerpo de un espantapájaros ya que el suyo propio, inerte y momificado, es propiedad de su más encarnizada y monstruosa enemiga, podríamos levantar alguna que otra ceja, más por lo inusual del protagonista en sí que por la verdadera novedad del planteamiento. Es decir, al condensarlo todo en cuatro líneas de texto, le estaríamos haciendo un muy flaco favor a una de las mejores series de Image, del mercado americano y del cómic en general de los últimos años. Porque eso es lo que es. Así. Simplemente. A base de entretenimiento sin complejos y buenas ideas. Pasándoselo bien. Un cómic modélico. Ejemplar. De los que podría servir como libro de texto. De los que no necesitan ningún sumario. De los que revolucionan sin pasarse de revoluciones, dejando los mareos de lo incomprensible para los que se meten en el tambor de su lavadora durante el centrifugado.

¿Ha sonado exagerado?

Bueno, quizá un poco. Pero eso es porque no habéis visto lo que James Harren está haciendo con el dibujo de Rumble. Conducida por Arcudi con esa inteligencia argumental que ya demostró en A.I.D.P, esta serie, que podría parecer un remix de “Hellboy se despierta en el mundo de Oz“, acaba siendo un espectáculo artístico brillante en el que el diseño de los personajes y la importancia de los elementos narrativos sirven como pilares que empastan un conjunto de momentos rutilantes, espectaculares o sorprendentes. A veces, incluso las tres cosas a la vez. Un pin pan pum orquestado por el que bailan personajes con voz propia, reales tanto en su vocabulario como en su imposible estructura imaginaria. Rumble es el catálogo de una mitología nueva que parece más antigua que el tiempo. Una cosmogonía alejada de los cánones establecidos por la historia icónica de nuestros antiguos mitos o por el patrón primigenio de la escuela de Lovecraft. Inspirada en todos ellos, pero deslumbrante en esa sensación de novedad compleja pero cómoda que transmite cada aterrador monstruo, cada maloliente rincón o cada impresionante batalla. Ese cosquilleo agradable que te dejan en la nuca las cosas bien diseñadas que se apoyan en lo conocido para trazar un camino nuevo.

Los valientes (o los temerarios) buscan la ruptura en una necesidad casi patológica de distanciarse de lo establecido. Sin embargo, son los que practican una inteligencia más pragmática los que estiran la cuerda de lo académico hasta convertirla en un muelle, un elemento elástico que manejan a su antojo sin generar esa sensación de vacío que provoca lo que no se entiende. Cambiarlo todo sin necesidad de hacer que el mundo arda. Proponer tantas ideas nuevas, que el conjunto adquiera el confortable tono del sofá de lectura, la manta y la palpitante luz de una chimenea. Ese lugar místico en el que nos acurrucamos para sentir miedo, alegría y pena mientras disfrutamos de nuestros autores preferidos.

Eso es lo que plantea Rumble. Una odisea llena de lugares comunes que huele a innovación, a apuesta genial y a ambientador de coche recién comprado. Ese aroma que inspiras profundamente cada vez que te agarras al volante, dispuesto a que te conduzca a pastos verdes, épicos y llenos de talento.

*(Aunque todavía nadie la editado en España, se rumorea que a finales de año podría verse por fin en nuestro país. Crucemos los dedos…)

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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