SAINT COLE

Saint Cole es un cómic en el que una de mis frases preferidas, “todo es susceptible de empeorar”, solo ve superada su irrebatible verdad por otra de dimensiones no menos catastróficas y deprimentes: “siempre hay alguien peor que tú”.

Por Javier Marquina

La vida es una mierda y después te mueres. O, si no tienes suerte, ni siquiera te mueres. Sigues viviendo para que esa mierda insoportable se convierta en algo mucho más jodido. Más negro. Peor. Esta es la consigna sobre la que gira Saint Cole, del americano Noah Van Sciver. Cuando crees que estás en lo más bajo, se abre  tus pies una puerta en el sótano que conduce a los mismos cimientos del infierno.

Joe es alcohólico. Tiene un hijo que no esperaba con una novia a la que quiere, pero con la que apenas soporta vivir. Trabaja en una pizzería y las propinas apenas le dan para vivir. Tiene que robar el alcohol que necesita para funcionar del bar del restaurante. A pesar de que su jefe le aprecia e intenta convertirlo en el nuevo encargado, Joe se esfuerza con fruición en joderse a sí mismo, como profesional del sabotaje, como si mejorar fuera algo insoportable y lejano que no pudiera asumir. Para terminar de arreglarlo todo, su suegra, una bruja con mayores impulsos autodestructivos que él mismo, se muda al minúsculo piso de Joe, ya que su novio la ha echado a patadas de casa. Todo un arcoíris de buen rollo y positividad. La vida es un conjunto de circunstancias maravillosas.

La obra de Van Sciver, además de ser de una negrura intensa difícil de asumir, es un perfecto libro de autoayuda al que acudir cuando nos sintamos deprimidos o rotos. No hay más que compararse con Joe para saber que no estamos tan mal, que nuestra vida merece la pena y, sobre todo, que todo se puede estropear aún más. Saint Cole es un puñetazo desagradable en la boca del estómago, una anécdota con giro final que te deja todavía peor de lo que estabas, y que demuestra el poder repulsivo y magistral de un narrador que sabe como manejar una historia tan ineludible como inevitable. La realidad sucia en todo su esplendor. Ese impulso interior que empuja al ser humano desde tiempos inmemoriales a sentirse como la bazofia más ruin aunque su mundo esté lleno de posibilidades.

Aquí tenemos un cuento de gente que podríamos conocer; amigos aficionados al flagelo, castigándose cada mañana, agobiados por esa losa que navega entre la rutina y la desesperación; víctimas del agujero negro, llorando continuamente mientras te repiten, una y otra vez, que todo lo que hacen es pura basura porque ellos son lo peor. Condenados por nuestros impulsos, somos adictos a sustancias que nos hacen olvidar durante breves intervalos nuestro pequeño infierno. Las drogas aparecen en este cómic como espoleta, como combustible, como el acelerante que nos hace pensar que ardemos incluso cuando vivimos rodeados de hielo profundo, en ese erial frío aparecido con la resaca y resaltado con el neón incandescente de una verdad integrada en lo que somos.

Hay algo en este nuevo acierto de la Editorial La Cúpula que oscila entre lo trivial y la trágico, entre lo plausible y ese acontecimiento imposible que de tan estrambótico acaba por aparecer en el telediario. La obra de Noah Van Sciver provoca sentimientos rabiosos con los mínimos mimbres argumentales. Sin fuegos artificiales. Sin efectos especiales. Con un blanco y negro básico y un dibujo centrado en comunicar, en mostrar lo que hay tras el cristal de nuestra ventana por horrendo que esto sea. A base de puro día a día y de la interacción de esa rata miserable y mezquina que habita en las tripas de todos, esperando la oportunidad de saltar al cuello de alguien o de algo. A veces la rata permanece adormecida para siempre, ahogada por una vida de satisfacción que le impide despertar con esa furia de vacío que lo devora todo. En otras ocasiones, los errores encadenados de nuestra propia existencia la van cebando hasta convertirla en el Godzilla que aplasta la ciudad de nuestras vidas. Es cuestión de suerte, de elecciones, de saber quién eres y, sobre todo, quién quieres ser. De ti depende domar la rata o dejarla libre para que lo inunde todo de horror e hidrofobia.

En Saint Cole, por desgracia para Joe, todo es la rata.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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