SANTA CLARITA DIET. Recomendada por nutriZionistas.

Comienza la operación bikini y nada mejor que la dieta salvaje que más se lleva esta primavera en barrios residenciales. Sólo proteínas y algún que otro huevo. Y pelo… Sí. Pelo también.

Por Teresa Domingo.

Los prejuicios son malos. Cuando se estrenó Santa Clarita Diet y leí la premisa facilona y populista que planteaba, mi primer instinto fue alejarme rápidamente de ella. Entendedme: el género zombi se ha vendido y prostituido hasta degenerar en una nueva oleada de muertos vivientes que, además de seguir con su carrera de medicina, colaboran con la policía resolviendo casos comiéndose los cerebros de las víctimas de homicidio (I Zombie) o son tan guapos que, en vez de una historia de terror, nos cuentan una de ¡amor! (Warm Bodies/Mi novio es un Zombi. Sí he tenido que buscarlo y preferiría no haberlo hecho).

Con estos antecedentes no me convencía mucho ponerme a ver una serie protagonizada por Drew Barrymore, en el papel de una comedida agente inmobiliaria, estricta madre de familia y escandalizable vecina de un barrio residencial de clase alta, que sin motivo aparente se convierte en un zombi y sigue con su vida, como si nada, manteniendo las apariencias con la inestimable ayuda de su perfecto marido y su extraña pero obediente hija. Nada nuevo bajo el sol. Pero me zampé un spoiler con el comienzo de la transfomación de Sheila (que así se llama la zombi) y tuve que darle una oportunidad, al menos al primer capítulo.

Y menos mal. Porque la premisa es facilona sí, pero tremendamente resultona porque la lenta pero irremediable transformación de Sheila implica, además de comer carne humana, perder el control sobre sus impulsos, incluidos los sexuales. Y la interpretación de Barrymore como tarada impulsiva es sencillamente genial. El guión se apoya por completo en el giro obligado de los personajes de esta happy family, haciéndolos partir del más puro convencionalismo para poder llevarlos al extremo opuesto. Y no sólo Sheila, que de pronto dice tacos, sale de farra con las vecinas y anima a todo el mundo a seguir su ejemplo, sino de su familia intentando que todo parezca normal dentro y fuera de casa. Las excéntricas actuaciones de Timothy Oliphant y Liv Hewson como marido e hija, se suman a las ocurrencias del vecino friki, experto en ciencias ocultas y que además es hijastro de un policía.

Todo junto y revuelto da como resultado una black sit-com muy apetecible con algunas escenas bastante grotescas. Por hacer una comparación un poco vaga, es una especie Modern Family, por el tipo de rodaje, con un regustillo a Braindead. Tu madre se ha comido a mi perro, por el tipo de planteamiento salvaje y desenfadado. Pero no hay que ir más allá. Santa Clarita Diet es lo que es y está dirigida a un público objetivo claro.

Como cualquier sit-com toda la temporada sigue una línea de desarrollo central y en cada capítulo se van abriendo otras tramas en torno a ella que quedan cerradas en el mismo episodio, hasta llegar a un final abiertísimo y muy loco, con un hilo pendiente por cada uno de los miembros de la familia y que queda preparado para la, ya confirmada, segunda temporada en 2018. Eso sí, no os esperéis la continuidad exacta a la que otras series nos tienen acostumbrados porque no la tiene, pero cumple su función de serie de sobremesa con creces. Diez capítulos que no llegan a media hora, con la acción precisa para el metraje con el que cuentan y que dosifican en la medida justa el humor negro con la casquería. Muy rico.

Satirizar el gore no es ni nuevo ni fácil, y apostar por este tipo de producciones puede salir muy bien o muy mal. Personalmente, creo que en Santa Clarita Diet han dado con la receta adecuada para emplear el ajustado presupuesto en realizar un gore de calidad, que aunque el gore sea barato se necesitan unos mínimos aceptables para que “no dé asco”, y suplir otros efectos con un guión que evoluciona de forma ágil mientras los personajes van degenerando con el devenir de la situación. Los hechos y consecuencias embarazosas y los gags bizarros, sobre todo los que se generan en torno a los personajes secundarios, son innumerables y hacen brotar la carcajada (que al fin y al cabo es a lo que hemos venido), llevando de forma más que correcta el humor absurdo al terreno del terror.

Si hubiera hecho caso a mis prejuicios me hubiera perdido una buena serie en la que la trama no tiene recovecos ni falsos hilos, los diálogos son muy absurdos y las escenas de acción más que violentas; no hubiera visto a tres actores (cuatro, si contamos al vecino friki) que dan solidez a sus personajes, ni hubiera disfrutado del trabajo de diez directores que aportan diferentes mecanismos narrativos para sorprender en cada uno de los diez capítulos. Otro puntazo cómico-sangriento para Netflix que lo sigue reventando con series originales, frescas y fáciles de digerir.

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Si es creepy, es para mí.

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