SCARLET TRACES. El triunfo de la lógica.

Están ahí. Tan fáciles de atrapar como una marmota rellena de calmantes. Son obvias; lógicas; evidentes. Solo hay que mostrarse atrevido y conseguir que todo el mundo crea que eres el primero en contarlas.

Por Javier Marquina.

Los marcianos están muertos. Sus cuerpos blandos y bulbosos se pudren devorados por virus y bacterias. Hemos vencido. Y ahora disponemos de una ingente cantidad de tecnología extraterrestre que podemos explotar a nuestro antojo. Las puertas de una nueva era se abren…

SCARLET TRACES

Por desgracia, hace pocos días cometí la infinita estupidez de someterme al visionado de ese horror pustuloso, deleznable y vomitivo llamado Independence Day: Contraataque. A veces, imbuido por un espíritu autodestructivo casi ilimitado, me condeno a consumir espantos sin nombre solo dignos de estómagos de acero y de mentes asoladas por la demencia. Torturas que ni el más curtido de los superhombres podría soportar sin acabar sucumbiendo a la locura. Una película ridícula, predecible, absurda, lamentable, bravucona y aburrida. Un escarnio para los sentidos durante el cual no haces más que rezar para que los aliens exterminen de una vez y para siempre a esa raza humana llena de gilipollas sin carisma que protagonizan un guión escrito por mejillón analfabeto. Una chorrada mastodóntica, de las que te hacen dudar de la capacidad del intelecto humano para crear belleza o, al menos, algo que no te haga desear abrirte las venas con una lata oxidada desenterrada en un búnker nazi de Omaha Beach mientras masticas  puñados de agujas hipodérmicas encontradas en el suelo de Las Barranquillas.

Y para rematar este infausto acontecimiento, uno se da cuenta de que en el pecado va la penitencia porque, como bien sabéis, soy de los que opinan que el orden de los factores sí altera el producto.

SCARLET TRACESContaminado por la bazofia ilimitada de ese astro mellado de la superproducción que responde al nombre de Roland Emmerich, la lectura de Scarlet Traces te obliga a un cambio de perspectiva. Al principio, la historia de Ian Edgington y D’Israeli parece una copia del infecto engendro, hasta que te das cuenta de los plazos de publicación y de quién llegó primero. Es cierto que, como decía al principio, la idea es de una obviedad tan evidente, que te sorprende tu propia estupidez por haber sido incapaz de pensarla tu primero. ¿Qué ocurre con toda la tecnología que los extraterrestres dejan tirada en la tierra después de ser derrotados? ¿Qué impide a los humanos realizar una labor de ingeniería inversa para apropiarse y aplicar todos los avances posibles derivados de unas mentes capaces de recorrer el cosmos y desarrollar armas letales? Es como coger el brazo del Terminator y crear Skynet a partir de él. Los vencidos usan los despojos del derrotado para edificar un nuevo y flamante imperio.

En sobre esta idea sobra la que se edifican las dos historias. Independence Day: Contraataque imagina una sociedad cambiada por la industria surgida gracias a la aplicación de la maquinaria alienígena, pero que permanece anclada en su profunda estupidez. Uno no deja de preguntarse como una especie capaz de desarrollar especímenes tan imbéciles es capaz de descifrar las entresijos industriales de una raza de monstruos ultraespaciales y tentaculares, pero, a la postre, te das cuenta de que los conquistadores galácticos, terror del universo conocido y por conocer, al final acaban siendo aún más estúpidos que los humanos. Despropósito tras despropósito, la película acaba siendo una condena para nuestro sentido común, nuestro gusto y nuestra inteligencia.

Por suerte, Scarlet Traces proporciona justo lo contrario. Comenzando por una estupenda adaptación del celebérrimo libro de H.G. Wells, Edgington y D’Israeli nos ofrecen una versión fidedigna del clásico antes de aplicar su particular ucronía. En una primera parte en la que el mayor aporte es el diseño gráfico que se hace al mundo de la Inglaterra del siglo XIX, todo transcurre por los raíles conocidos y previsibles. Esto no malo. Todo lo contrario. Para los que nos consideramos fans del artista británico, es una delicia contemplar el despliegue visual correspondiente, preparando el terreno para el festival steampunk que ha de venir después. Una vez derrotados los marcianos, el Imperio Británico se convierte en una superpotencia en toda regla. Mas bien en la única superpotencia, ya que ser la punta de lanza de la invasión de los habitantes del Planeta Rojo les garantiza el monopolio de su tecnología. Con estos mimbres comienza una historia de intriga e investigación, donde los protagonistas irán de lo más agrande a lo más pequeño para acabar destapando un complot de proporciones mundiales.

Cierto. Nada nuevo bajo el sol. Pero es que está todo tan bien hecho, tan bien hilado, tan preparado para dejarnos con la intriga ante el ¿y ahora, qué?, que acabamos hipnotizados por los lápices y los colores espectaculares y el mundo sórdido que late ante el avance despiadado del progreso. Scarlet Traces te devuelve la fe en la creatividad humana que te arrebata sin compasión la secuela de Independence Day. Contemplar como una misma idea básica lleva a desarrollos tan dispares es un solaz en el que recrearse y recuperar la confianza en lo que podemos llegar a desarrollar. No en vano, ambos finales discurren por caminos similares, pero solo el de los marcianos produce verdadero interés y te deja con ganas de continuar leyendo cuantas secuelas te ofrezca el cómic.

SCARLET TRACES
Ver ciertas películas hacen que desees tener en tu poder un rayo de calor marciano…

Las ideas simples están ahí. Esperan en la caverna a que las iluminemos para proyectar la sombra adecuada. No son rebuscadas. No son intrincados requiebros que solo las mentes más potentes o alucinadas pueden comprender. Nos esperan. Y el que llega primero a ellas suele disfrutar de una serie desventajas concedidas por la originalidad aparente de su hallazgo. Pero no todo consiste en descubrirlas. Hay que saber tratarlas. Porque las ideas son caprichosas y volubles, y tienden a dispersarse sin las férreas ataduras del talento. Todo un reto insuperable para inútiles cegados por el artificio, la artimaña y la previsibilidad de su bazofia. Por suerte, todavía quedan autores capaces de sacar petroleo de caminos trillados hasta el infinito. Y que no os quepa ninguna que Edgington y D’Israeli logran despuntar con trama y el precioso arte de Scarlet Traces.

Sigue a La Isla de las Cabezas Cortadas en Twitter y en Facebook.

Acerca de Javier Marquina 203 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*