SENSO. Honor, conejos y pulpos marcianos.

A veces, la genialidad consiste en unir con eficacia elementos que pueden llevarte al ridículo. A veces, el talento es deslizarte por una historia estrambótica llena de trampas mortales con la facilidad de quien camina por una acera lisa y perfecta.

Por Javier Marquina.

Tengo que reconocer que apenas he leído un par de historias sueltas del Usagi Yojimbo de Stan Sakai. Hago esta confesión con un grado elevado de vergüenza culpable, ya que esta carencia no se debe a ningún tipo de fobia, odio o simple desagrado, sino a esa pereza blanda y anodina que nos lleva a procrastinar todas las tareas importantes de la vida.

Siempre he afrontado la lectura de las andanzas del conejo samurai con un “mañana empiezo”, llevado quizá por la dificultad añadida de comenzar desde el principio con esta monumental saga y no dejarse nada por recopilar, algo a lo que mi manía obsesivo compulsiva me obliga. No solo no sé muy bien por qué edición empezar, sino que, además, no quiero arruinarme al comprarlos o adquirir un formato que no se ajuste a mi coleccionismo enfermizo. Es la difícil vida del que llega tarde y necesita sentir posesión sobre los cómics que lee. Nada de bibliotecas públicas. Nada de descargas digitales etéreas y poco físicas. Es lo que tenemos los enfermos. No podemos justificar nuestra obstinación porque en nuestro fuero más interno tampoco necesitamos hacerlo.

Dicho esto, y tras una aproximación tangencial al autor como dibujante con la obra 47 Ronins, tengo que decir que he decidido dar el gran paso e iniciar la titánica tarea de completar mi colección con la serie completa de Usagi Yojimbo en todas sus vertientes y, para más inri, la culpa de todo esto la han tenido los marcianos.

No. No he sido abducido. No han introducido en mi ninguna sonda anal puntiaguda de las que te inyectan nanorobots neuronales que doblegan tu voluntad y condicionan tu pensamiento. No he sido sustituido por un clon alienígena malvado cuyo plan es la conquista mundial. La culpa de todo es de los marcianos porque Usagi Yojimbo: Senso es una deliciosa licencia (o masturbación mental, como ustedes prefieran) en la que se mezclan el Japón Feudal y La Guerra de los Mundos de H.G. Wells. En Senso hay guerras entres señores feudales de estoicismo mayestático, trípodes marcianos armados con rayos de calor letales y semihumanos con cabeza de rinoceronte montados a caballo. Y funciona. De hecho, funciona de maravilla. Funciona incluso cuando al final todo deriva en una orgía de steampunk hardcore en la que el autor se deja llevar por sus fantasías más delirantes y por ese espíritu infantil que nos hace adorar las luchas entre monstruos y robots gigantes que causan una destrucción sin precedentes al apoyarse en los edificios. Benditos sean Go Nagai e Ishiro Honda.

-¿Un pulpo? ¡Imposible! – dijo el conejo.

Trasladando la acción al futuro próximo del conejo ronin, Sakai logra una libertada narrativa que le permite jugar con lo que podrá ser y el hacia dónde irán las cosas manteniendo una coherencia estricta con la saga que lleva años narrando y permitiéndole, además, hacer un acertado homenaje a ese spin-off espacial que fue Space Usagi. El dibujo mantiene esa calidad indiscutible en la que se mezcla con maestría los dibujos llenos de animales cercanos a una Disney en blanco y negro con el rigor histórico y estético de una época en lo que lo más importante no era lo que conseguías, sino cómo lo conseguías. Una época en la que gran número de gente vivía mucho más preocupada por los medios utilizados que por el fin conseguido. Hay páginas espléndidas y espectaculares que se mezclan con otras que casi parecen asumir el absurdo implícito que reside en la sorpresa que unos animales antropomórficos muestran al comprobar que sus enemigos son pulpos inteligentes. Ese es quizá el secreto de este cómic. Un cómic que consigue encender la batidora, mezclar un número enorme de ingredientes y brindarnos un batido delicioso, algo que en otras plumas menos dotadas habría resultado un mejunje verde y pringoso de sabor vomitivo.

Y ahora, si me lo permiten, voy a dejarles para navegar por unas cuantas librerías digitales mientras pierdo la razón intentando encontrar todas esas lecturas que aún tengo pendientes sobre espadas, animales con forma humana e historias más grandes que la vida.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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