Es tan buena que voy a tener que dejarla.

Series: El exorcista 2016

A veces lo que consumes es tan bueno, que acaba por joderte la salud. Así que lo mejor que puedes hacer es dejar de hacerlo, por tu propia salud.

Por Andrés R. Paredes

Es la segunda vez en dos semanas que me ocurre: me acabo de despertar de una pesadilla. La recuerdo vívidamente. La oscuridad de mi cuarto (que no es tanta) me puso en alerta en cuanto abrí los ojos y el recuerdo de mi sueño comenzaba a desvanecerse. Me he despertado repentinamente y no me he atrevido a moverme hasta que mis ojos se acostumbraron a la oscuridad. Y sé perfectamente de quién es la culpa: de la serie de El Exorcista.

La terminé hace poco más de una semana, y se ha mantenido en mi cabeza desde entonces. La familia Rance resulta muy creíble. La crisis de ambos curas resulta muy cercana. Los posesos parecen terroríficos. La trama del atentado contra el papa acabó siendo relleno, pero relleno de calidad. El homenaje a las películas originales es preciso. Básicamente y sin andarme con muchos rodeos: es una buena serie. Tan buena, que es la segunda vez en dos semanas que me despierto después de tener una pesadilla terrorífica sobre una posesión, lo cual hace que me plantee seriamente si quiero continuar viéndola. Es una paradoja extraña: es tan buena dándome miedo, que voy a dejar de verla.

Serie: El exorcista 2016

Acaban de dar las 8 en punto de la mañana, esta pesadilla me ha quitado, como mínimo, media hora de sueño ya. Y no puedo evitar pensar lo más evidente: si la serie me ha provocado pesadillas y ha conseguido que me tape los ojos a cada capítulo, ¿porqué demonios continúo viéndola? Culpa mía. Sabía a lo que venía. Para qué demonios habré visto la serie, si sabía que esto era una posibilidad. Y la respuesta no podría ser más simple: por mucho que me aterre, me gusta de verdad. Es emocionante, me intriga y da genuino miedo. Eso es algo muy extraño y difícil de conseguir a día de hoy, tanto en cine como en televisión, y cuando das con ello, no deberías soltarlo. Conseguir que una obra de arte (porque incluso las series de televisión de terror pueden ser arte) te provoque algo es un suceso que roza la magia. Se trata de una paradoja clásica que aparece en el libro The philosophy of terror & Paradoxes of the Heart de Nöel Carol. ¿Cómo podemos disfrutar algo que nos hace daño? Deberíamos huir despavoridos ante la idea de algo que nos quita el sueño, que nos provoca pesadillas, que nos da ansiedad y miedo. Pero no lo hacemos. Porque, por algún extraño motivo, nos encanta sufrir con las series, y no sólo hablo de mi problema con las series de terror, también me refiero a los dramas que llenan las cadenas.

Cuando en Junio del 2014 se estrenó la primera temporada de The Leftovers me vi en una posición muy parecida y particular. El drama de la familia Garvey está construido sobre un suceso absurdo (la desaparición del 2% de la población mundial) y cada una de las tramas se desarrolla a través de desgracias, muertes, pérdidas de memoria y de miembros familiares, desconfianza y descontrol. Justin Theroux y Amy Brenneman regalan interpretaciones maravillosas y desgarradoras y Christopher Eccleston interpreta a un cura al borde de la crisis constante. The Leftovers es un drama con todas las letras, un rajavenas de verdad. La serie roza la perfección y, sin embargo, soy incapaz de sentarme a ver la segunda temporada porque es terriblemente buena haciéndome sentir miserable.

Series: The Leftovers

Y es que existe una tendencia hacia lo triste en las series de la última década que resulta bastante agotadora. Ya la temporada final de Battlestar Galáctica hacía que nos arrastrásemos por los suelos esperando a que Adama y compañía encontrasen un hogar de una vez. Mad Men combina crudeza con un personaje protagonista al borde de la depresión. The Wire y Los Soprano con su realismo duro y protagonistas que caen constantemente en desgracias. Walter White y su bajada a los infiernos constante. The Flash (emitida en CW) comenzó como un rayo de esperanza y en su tercera temporada ha decidido sumir a Barry Allen en una depresión. Stranger Things comienza como una ligera serie de aventuras para acabar con hemorragias oculares y la desaparición (por ahora) de uno de los personajes más queridos de esta temporada. Juego de Tronos nos otorga un shock que nos dura semanas cada temporada desde 2011. Por no hablar de las “comedias”: Bojack Horseman esconde una reflexión sobre la depresión increíble, apasionante y desgarradora. Rick & Morty cruza constantemente la barrera entre el humor más negro y el drama más absoluto. South Park lleva desarrollando tramas desoladoras a lo largo de sus 20 años de emisión.

Series: Bojack Horseman

¿Por qué somos adictos a la tristeza (ya sea en forma de drama o terror) en la ficción? En realidad, la respuesta es bastante simple: resulta mucho más fácil establecer conexiones emocionales con personajes que lo pasan mal. Al ver a una persona ser feliz, acertar a la primera, desenvolverse perfectamente en situaciones incómodas, dicharachera, amable y con una suerte inimaginable, lo primero que sentimos es incredulidad. Es un truco clásico de guionista. Si el destino del protagonista se decide a cara o cruz y se salva, la película será completamente irreal e injusta. Si finalmente el azar decide que el héroe o la heroína tenga un final trágico, la serie o película será realista y se ajustará a nuestra visión del mundo. Y eso es lo más terrible de todo, el punto principal de este texto: nuestra visión del mundo es depresiva y terrible, y por eso aceptamos lo depresivo y terrible en las series y películas.

Por suerte existen algunas excepciones a la regla. Sense8 (cuya segunda temporada comenzará en diciembre) plantea un discurso bellísimo sobre el amor y la convivencia. Parks & Recreation, aun con sus momentos tristes, era una serie que respiraba amabilidad y buenrollismo. New Girl era la positividad encarnada. Incluso la primera temporada de True Detective tenía un final positivo, con un discurso de Rust que descubre la luz al final del túnel. Lo que me preocupa es que en ningún momento estas series con mensaje positivo llaman la atención. Son simplemente recordadas cuando son renovadas o cuando giran hacia lo negativo.

También es posible que ninguna de las series antes mencionadas nos afecten a todos por igual. Es muy probable que, incluso, solo unas pocas obras nos golpeen con fuerza a lo largo de nuestra vida y nos dejen marcas. Pero resulta terrorífico que una y otra vez, en todas las series (desde Buffy Cazavampiros a Star Trek, pasando por Dexter), se insista en que para que nos guste algo tenemos que sufrir con ello, ya sea pasando miedo o llorando. El sufrimiento parece una condición inevitable para que una pieza de ficción sea considerada una obra maestra. Porque vemos nuestra visión del mundo reflejada en la pantalla, y es una visión triste.

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