EL SILENCIO DEL LOBO – Martin Scorsese y el Egocentrismo

Pronto se estrenará la nueva serie (esta vez para Netflix, como no) de Martin Scorsese, The IrishMan. Y un servidor se ha visto en la obligación, no solo de revalorizar la grandísima película que es El Lobo de Wall Street, también de enlazarla con la película con la que más puntos en común tiene: Silencio. 

Por Andrés R. Paredes

Resulta extraño que Scorsese hilase seguidas dos películas en apariencia tan opuestas como Silencio y El lobo de Wall Street. Se trata, en primera instancia, de dos proyectos que no podrían distar más entre si: el uno sobre un avaro, un monstruo, un ladrón, un machista, racista y homófobo adicto al dinero. Un análisis de la cultura de consumo, tan divertido como terrorífico. Como la avaricia, la arrogancia y el egocentrismo saca lo peor de nosotros. Frente a este panorama, Silencio sigue un monje franciscano que apoyado única y exclusivamente en su fe, que trata de encontrar a un hermano, mentor y figura paterna perdido. Su peregrinación está llena de obstáculos, e incluso se llega a perder a sí mismo. El periplo le lleva hasta una tierra desconocida en la que es constantemente puesto a prueba hasta fracasar estrepitosamente. Enfrentadas, las dos películas se complementan, hablan casi casi de lo mismo: la búsqueda desesperada de la auto afirmación.

Al fin y al cabo, ambas películas giran en torno a una obsesión particular, Dios. O mejor dicho, la fe. Si bien la figura divina tiene auténtica presencia en el relato ambientado en Japón (con sus vistas aéreas, retratos divinos y sobre todo, en las plegarias de un Andrew Garfield desesperado), la fe es una idea un poco más esquiva y resulta bastante más sencillo encontrarla en el Lobo.

Porque otra cosa no, pero Jordan Belfort (¿tengo que decir que DiCaprio merecía el Oscar por esta interpretación y no por la de El Renacido? ¿No, verdad?) tiene fe en lo que hace. O al menos la tiene en sí mismo. Su confianza arrasadora, cimentada en su piso en la torre Trump, en su magnífico yate o sus fiestas llenas de drogas hacen que todas sus decisiones parezcan fáciles. Lo convierten en un tipo seguro de sí mismo, pero que, cuando su fe y su fuerza flaquean, no tiene en donde sostenerse. Más o menos lo opuesto ocurre con el padre Rodríguez, cuya fe es puesta a prueba a lo largo de toda la película y se crece frente a la adversidad. Es en los momentos de relajación en los que el personaje protagonista es corroído por las dudas, en los que su fe se tambalea, pero cuando es cuestionado, cuando se le exige, responde.

Pero no sólo existe una especie de simetría en los protagonistas de ambas películas. El Lobo de Wall Street y Silencio esconden un punto en común que cada vez se hace más evidente en la filmografía de Scorsese: Son obras que según quién las vea y cómo las vea, pueden ser recibidas de maneras completamente opuestas. Existe, en ambos casos, un doble fondo a estas películas, una posible diferencia de opiniones entre el género que estamos viendo, qué trata de contarnos realmente la película y lo que vemos en pantalla.

El caso más claro es el de El Lobo de Wall Street. A lo largo de todo el film podemos contemplar los excesos de Jordan Belfort y sus amigos como una de las comedias más aberrantes de la última década. La escena de los limones (por ejemplo) es un Scorsese en estado de gracia, con DiCaprio al mismo tiempo exagerado, contenido, sabiendo perfectamente lo que hace y con un dominio sobre la comedia física genial. Cada escena está construida como una pequeña anécdota, una historia entre amigos, un resumen de una juerga loca, o los problemas de Jordan con su mujer o hacienda y como trata de resolver ambos. Parece que la película quiere olvidar (y en muchas ocasiones pasa por completo por alto) los detalles realmente importantes de la vida del multimillonario. Sabemos que tiene dos hijos, pero no sabemos cuántos años tienen, de dónde salen ni siquiera sus nombres.

Lo mismo ocurre con todos los aspectos de su vida que no son puramente monetarios. ¿Quién es su madre? ¿De dónde sale esa fijación con el dinero? ¿Dónde pasó la infancia? ¿Quién es, realmente, Jordan Belfort? A mitad de película podemos llegar a darnos cuenta de que no estamos frente a una comedia. El narrador, el propio Jordan nos habla de su vida y de lo que para él es importante: lo que se puede comprar, lo que se puede follar y cuánto dinero le han costado ambas cosas. Poco más. Estamos frente a un drama diferente, escondido. No es drama  por mostrarnos cosas, si no por omitir elementos clave. Porque lo que importa es lo que no vemos de la vida del protagonista, lo que le falta, aunque el ni siquiera lo sepa. He aquí el mayor problema al que nos podemos enfrentar a la hora de ver la película así: Realmente, Jordan no siente remordimientos en ningún momento por haberse perdido partes de su vida que muchos consideraríamos vitales (ya sabéis, el amor, cuidar de nuestros hijos, etcétera). Es un sociópata. Por supuesto, la historia del Padre Rodríguez no circula por los mismos derroteros, pero esconde más o menos el mismo tipo de doble lectura.

Silencio se encuentra en el polo opuesto de la realización con respecto al Lobo de Wall Street. Apenas hay movimientos de cámara ni florituras. La banda sonora es prácticamente inexistente y el audio hace su aparición para volvernos locos con los quejidos de las cigarras, los grillos ensordecedores que pueblan el bosque y un idioma que los protagonistas no entienden. Silencio es una película que cabalga entre lo magnífico y lo ínfimo, y el director consigue que veamos a sus protagonistas (excepto a Andrew Garfield) como hormigas, pequeños seres frente a la inmensidad de la tarea que se les viene encima, de comprender a la gente que deben salvar espiritualmente) y perdidos cuando descubren que su mentor les ha traicionado. El padre Rodriguez se enfrenta justo a lo opuesto a lo que se enfrentaba Belfort, un vacío ensordecedor, unos gritos ahogados, y un Dios representado, especialmente… bueno, en el Silencio.

Hay dos maneras de afrontar Silencio, de la misma manera que hay dos maneras de afrontar El Lobo. Sin embargo, donde el Lobo es más un trabajo de estudio, hay que hacer un esfuerzo por investigar y encontrar ese doble fondo, Silencio funciona más como un ejercicio de introspección. Para cuando por fin acaba (después de dos horas muy largas) al espectador se le deja elegir. O quizá ya ha elegido: El viaje ha sido un drama, sin lugar a dudas. Pero quizá para algunos no haya sido un viaje tan triste, o tan en vano. Quienes creen en Dios ven en los sacrificios y traiciones del padre Rodríguez un viaje mucho más duro y un ejemplo de fe quebrantada. Aquellos que no tenemos ningún tipo de fe e iremos al infierno, vemos en la última película de Scorsese un relato sobre lo terrible de la religión y el fanatismo, a dónde puede llegar a llevarnos la fe ciega en algo que, ni siquiera cuando podemos oír claramente, nos acabamos de creer.

Tanto El lobo como Silencio tratan de obsesiones. Sus protagonistas haciendo auténticos maratones para acabar fracasando en el último tramo. Si bien unos salen peor parados que otros, da la impresión de que los extremos se tocan. Una trata la obsesión con el dinero a través de una historia eléctrica, que salta de un tema a otro, de una escena a la siguiente con una facilidad pasmos. Silencio insiste una y otra vez en la misma idea, machacándola, haciéndola obvia, explicándola tanto que su significado acaba siendo voluble. De que ambas películas no solo tienen puntos en común en cuanto a la profundidad de sus temas, si no que también sus protagonistas parten de la misma base, la fe. En uno es inquebrantable, y en el otro tiembla y se tambalea en cada fotograma.

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