¡SOCORRO! MI MADRE TIENE FACEBOOK

Ahora tu madre va a poder ver esas fotos de sábado por la noche en las que te etiquetan tus amigos. Ten miedo. Ten mucho miedo…

Por Javier Marquina.

No me cuesta imaginar la sensación de terror que alguien que creció en compañía exclusiva de la radio debido a que la televisión aún no existía tiene que sentir ante la presencia de un Smartphone. Es como estar inmerso en una película de James Bond en la que todas las expectativas han superado al zapatófono de Mortadelo. Para todos aquellos que crecieron en calles sin asfaltar comiendo el pan negro de la posguerra, ese mismo que ahora está de moda y por el que te cobran un auténtico ojo de la cara en “boutiques del pan”, lo de las redes sociales e internet suena hechizo demoniaco que te lleva al infierno. Vivir inmerso en la ciencia ficción tiene que ser muy duro cuando eres hijo de la España del (malinterpretado) “¡qué inventen ellos!”.

Sin embargo, siempre hay valientes que se lanzan al proceloso mundo del los ordenadores y con tesón y buena voluntad inician un camino casi siempre tortuoso por el cifrado mundo de la tecnología. Son aguerridos guerreros del mundo virtual que se colocan sin miedo ante la pantalla plana de un ordenador nuevo y casi siempre demasiado caro y destripan el enorme mundo de posibilidades abierto por Google a fuerza de aporrear el teclado. Es a esos valientes a los que va dedicado este ¡Socorro! Mi madre tiene Facebook, en el que se narran las vicisitudes y dudas de una madre que quiere sentirse conectada e integrada en este planeta globalizado y un hijo que sufre y padece este afán en sus propias carnes.

Por suerte, en mi caso, el miedo de mis padres a joder algo se ha impuesto a cualquier tipo de ventaja de ocio o de información, y jamás han intentado introducirse en esto del Twitter, el Instagram o lo de colgar vídeos en Youtube contando historias de mierda para que millones de fans de criterio heterogéneo te aplaudan. Ellos han preferido mantenerse al margen aduciendo que jamás iban a ser capaces de manejarse con una ciencia que no para de evolucionar al minuto, y me lo han ido dejando patente a lo largo de los años con esa incapacidad buscada y forzada que les ha llevado a no saber (ni querer saber) ni como se usa un microondas. Lo de “verde descolgar, rojo colgar” es todo el código que están dispuestos a aprender, y todo aquello que vaya más allá les parece un galimatías digno de un mundo sin piedra de Rosetta.

A diferencia del monigote que protagoniza este tebeo, trasunto del propio autor, jamás he tenido que sufrir el acoso de los me gusta en Facebook de mi madre o de mi padre. No he tenido que ir nunca a configurarle el wifi o la cámara web y en la vida he tenido que pasar el desagradable trance de explicarles que, por mucho que nos pese, quizá el mundo es mucho más parecido a todos esos tuiteros sin cerebro que vomitan escoria sin contención a 140 caracteres por mensaje de lo que nos gustaría admitir. Me he librado de ver como, armados con un escáner y con una colección completa de fotos familiares, me ridiculizan colgando imágenes de mi infancia cubiertas de filtros Lark o Valencia. No he tenido que contemplar, con la faz mudada por el más profundo terror, como entran en páginas llenas de banners animados que muestran prácticas sexuales de profundo poder hipnótico originado por un bucle infinito. Sí. Lo sé. Soy un tipo afortunado.

A través de un conjunto de chistes breves que nunca ocupan más de tres páginas Carles Ponsi despliega una batería de evidencias y aventuras reales como la vida misma, a las que su estilo lleno de caricatura y color se adapta como un guante. Desde los chistes propios de la jerga incomprensible que utilizamos con normalidad aunque su pronunciación nos haga parecer gilipollas, hasta las vicisitudes surgidas en la primera videoconferencia, Ponsi confecciona un cómic que recuerda poderosamente a aquellos recopilatorios de El Jueves, y no es de extrañar, ya que este dibujante ha sido colaborador de dicha revista semanal. Es humor para todos los públicos, humor real, del que la vida te brinda a veces con las piernas enterradas en el mantel que adorna la mesa camilla del salón de tu familia. Humor cercano que te ayuda a desconectar y hace que surja una sonrisa (o una carcajada) cada vez que te sientes identificado por esos personajes siempre adorables, quizá porque son ese tú con figura de avatar con el que te imaginas protagonizando películas de animación en tu cabeza.

Mención aparte merece la ya acostumbrada edición por parte de la gente de Grafito Editorial, que tomo a tomo se esfuerzan por incluir en su producto regalos en forma de póster y postales que le dan al asunto un valor añadido que se agradece. En este mundo de editoriales que venden sus tomos a precio de caviar Beluga, siempre es encomiable el esfuerzo de algunos por intentar captar al lector a través de ofrecerle cosas que los demás no ofrecen. Son pijadas adorables que nos encantan y que, además, ofrecen historias adicionales a las publicadas en el tomo. Todo un placer para el lector de una editorial que trata de forma exquisita a su público.

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Acerca de Javier Marquina 218 Articles

Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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