¡Socorro! ¡No se puede ir al cine!

Sobre el fenómeno Phenomena y la mala educación.

Por Teresa Domingo.

Por mucho que me joda reconocerlo, el cine, como concepto, se está yendo ha ido a la mierda. Y nada tiene que ver con la proliferación de plataformas que nos surten de series, anime y cine casi de estreno, convirtiendo nuestro día a día en una maraton-season infinita. Tampoco tiene nada tiene que ver con las mejoras en los equipos de imagen y sonido domésticos, con los que hemos hecho de nuestros salones auténticos templos al decibelio. Y no, no tiene nada que ver con las facilidades digitales a la hora de rodar y montar cine, donde ha llegado a primar la calidad del guión sobre los efectos especiales y ya no hace falta estrenar en una sala para llegar al gran público.

Pero, ¿cómo no vamos a preferir todos estos lujos tecnológicos si últimamente ir a un estreno a una sala de cine es lo más parecido a visitar el zoológico? ¡Que parecéis los Gremlins! Se nos está olvidando que aunque sea el séptimo, sigue siendo arte y se merece un respeto.

Ellos al menos tenían una excusa.

Además de la evidente y creciente falta de educación, respeto y cultura general del público, existe una brecha (¿o debería decir mecha?) en lo que entendemos por ir al cine a disfrutar de una película y que diferencia, desde hace unos años, el cine prePhenomena y postPhenomena. En la Isla, como cinéfilos cinéfagos que somos, ya os hablamos en su día de la llegada de este fenómeno cinematográfico a las salas. Una gran iniciativa que acogimos con gran entusiasmo,  con la que pudimos asistir a proyecciones de clásicos en pantalla grande que, de otro modo, no habríamos podido ver y que no terminó más que ocasionándonos disgustos. Y es que a la gente le das la mano y agarra todo el brazo, sólo hay que ver cómo bulle la masa cuando reparten un lo que sea gratis. Y ojo, que soy  la primera en aplaudir, jalear y emocionarme celebrando un plano o una frase mítica pero yo voy al cine a celebrar el cine, no a ganarme un carnet de payaso, y soy consciente de que no es lo mismo ver Terminator 2, que Grease o Halloween.

Hemos perdido el norte y el fenómeno Phenomena se ha trasladado al formato de cine habitual. Ya no hace falta meterse una doble o triple sesión de clásicos de ayer y hoy para recibir una buena dosis de charloteo ajeno, enervantes patadas al asiento, deslumbramientos varios con pantallas de móvil y el sonido que algunos no pueden dejar de hacer al sorber un refresco o comer palomitas, nachos o lo que sea que haga más ruido al ser consumido (truco: rebuscad en el fondo del cartón de las palomitas cuando suba el volumen de la película que no estáis solos). Lo de los bocadillos envueltos en papel albal lo dejamos para otro día… ¿En serio no sois capaces de estar un par de horas sin hablar o comer? ¿Qué hacéis en la vida? Señores y señoras, niñatos todos, se llama cine porque se proyectan obras cinematográficas, si fuera para merendar o hablar se llamaría merendero o locutorio. A ver si el problema va a ser de vocabulario…

Creo firmemente que exceso de información y la facilidad para obtenerla, lejos de enriquecernos, nos está volviendo gilipollas acomodados y, lo que es peor, incultos. Estamos involucionando en unos seres que prodigan aquello de tu libertad se acaba donde empieza la mía, pero a mí no me toques  los huevos.  O algo así. Mientras tengamos el ombligo limpito, qué más da, ¿verdad?

Como todo está al alcance de todos no se aprecia el verdadero valor, y sobre todo el poder que encierra una sala oscura, de sonido envolvente y una pantalla que te engulle, creando un canal directo con el espectador. Como bien dice Christopher Nolan (aunque muchos quieran entender lo que les dé la gana) las películas se idean para ser vistas en el cine y disfrutar de la experiencia. Y este sentimiento se ha devaluado y depreciado hasta tal punto que, personalmente no me merece la pena pagar para que el espectáculo no sea el que he pagado.

Esto existe en Londres. No digo nada.

Porque es verdad que Netflix y HBO (bendito Netflix y HBO) nos sale mucho más barato (Movistar menos, pero las pelis de estreno lo compensan). Es cierto que las pantallas gigantes y extraplanas, los proyectores y el 5.1 son salvavidas a los que agarrarnos en este mar de antipatía, indiferencia y ruido. Y nadie va a negar que, con las propuestas que nos ofrecen las grandes distribuidoras, se agradece poder ver el ingenio del hijo del carnicero de un pueblo sueco en su último corto, acomodado en el sofá de casa. Pero ir al cine, para algunos, era casi un ritual del que ya no podemos disfrutar a gusto. Que las personas en masa somos como el clon de Stan en South Park: lo rompemos todo, todo lo jodemos.

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