SPIROU: 18’till I die

Nada más y nada menos que 80 años son los que cumple en este 2018 uno de los personajes más carismáticos y conocidos del tebeo franco-belga. Spirou, el sempiterno botones del hotel Moustique, también metido a reportero y aventurero, se nos hace mayor. La mujer leopardo, obra de Yann y Schwarz, es la última obra que ha llegado a nuestro país.

Por Cristina Hombrados

Desde que Rob-Vel le diera vida en las páginas de Le Journal de Spirou en 1938, Spirou ha protagonizado un sinfín de viñetas acompañado de un variadísimo y brillante elenco de secundarios: Fantasio, Spip, conde de Champignac, Zorglub, el Marsupilami, Zantafio o Seccotine. Propiedad de la editorial Dupuis, su desgarbada figura ha sido trazada por un buen número de excelentes dibujantes y sus aventuras, ideadas por grandes guionistas. A lo largo de estas ocho décadas de existencia, nombres como Franquin, Jijé, Cauvin, Fournier. José Luis Munuera, Trondheim, Yoann, Vehlman o Émile Bravo han firmado álbumes de la serie regular (ya van 55), números especiales (hors-séries) o historias autoconclusivas (desde 2006 la serie regular se complementa con los llamados Una aventura de Spirou por, en la que guionistas y dibujantes proponen una historia autoconclusiva ajena a la cabecera principal). Lo hemos visto hacer de las suyas de niño, por obra del dúo Tomé y Janri en El pequeño Spirou (precisamente es el Spirou que yo conocí de niña en las páginas del Pequeño País). Pero también necesitado de gafas progresivas, porque la edad no perdona, en La luz de Borneo, el número especial de Frank Pé y Zidrou.

Spirou es todo un buque insignia en Bélgica. Un ejemplo del calado de este personaje en la sociedad belga es el hecho de que da el nombre al equipo de baloncesto de Charleroi (sí, su uniforme es rojo, como el del botones). Hasta en el país vecino, en la localidad francesa de Monteux, la fiebre por Spirou se traduce en la construcción de un parque de atracciones. Si volvemos la mirada a nuestro país, es curioso constatar cómo Spirou no ha sido asimilado históricamente por el lector de tebeos con la misma intensidad que en Bélgica o Francia, cosa que sí paso con otros títulos emblemáticos de la BD. Pero estoy convencida de que la tendencia se ha invertido y mucha culpa de ello la tiene la adquisición de los derechos por parte de Dibbuks. Con la publicación de los nuevos tomos (la ha reanudado allá donde lo dejó Planeta) y de los recopilatorios, el botones está donde se merece: en boca de todos.

Después del bombazo que supuso El botones de verde caqui, tenía muchas ganas de volver a ver a Schwartz y Yann tomando las riendas de otra aventura de Spirou. Y La mujer leopardo no me ha decepcionado.

Se trata de un tebeo que reúne dos historias, La mujer leopardo (La femme léopard 2014, Dupuis) y El señor de las hostias negras (Le maître des hosties noires 2017, Dupuis), cuya narración entronca con ese anterior trabajo de Schwartz y Yann sin que sea imprescindible haberlo leído para seguir la trama.

Este tebeo es bastante más que un algo dado a la bebida Spirou embarcándose en una aventura con sus inseparables Spip y Fantasio siguiendo a una miembro de las mujeres leopardo, la legendaria tribu de la región urogondolesa del Congo, que trata de recuperar el koso, una importante y poderosísima pieza de la brujería africana, mientras sufren el implacable acoso de un buen puñado de malos (tanto congoleños como alemanes, pues todavía colean del anterior álbum) que cuentan a su servicio con un más que chocante ejército de mono-robots autómatas.

Bélgica rezuma por los cuatro costados: escenarios, símbolos y tradiciones. Los guiños a Tintín son más que evidentes. Plagado de humor y de afilados y ocurrentes diálogos en los que se utiliza a conveniencia proverbios, la crítica, la ironía, las referencias y los cameos son una constante en sus viñetas. Por ellas desfilan reconocidas personalidades convertidos en deliciosos personajes como Boris Vian, el exponente del existencialismo Jean Paul Sartre o la defensora de los derechos humanos y feminista Simone de Beauvoir. Recorremos la Bruselas recién liberada de la ocupación nazi. Tenemos el privilegio de visitar uno de los centros más destacados de la vida intelectual y cultural de mediados de la década de los 40, el barrio parisino de Saint-Germain-des-Prés. Pero también somos espectadores de excepción de la nada idílica realidad de la época de las colonias africanas en el caso particular del Congo belga, reconociendo e intuyendo la turbulenta época del reinado de Leopoldo II. Y mientras, la música de Cab Calloway y los sonidos africanos no dejan de resonar entre sus páginas.

Me ha fascinado especialmente la mujer leopardo que da título al tebeo, protagonista y personaje catalizador de esta aventura a caballo entre Bruselas, París y el Congo. La sitúo en la línea de Miss Fury, esa heroína dibujada por Tarpe Mills que campaba en los 40 enfundada en su traje de pantera por las tiras de los diarios. Con pieles de leopardo por atuendo, como debe ser tratándose de un miembro de una tribu ancestral de guerreras, las mujeres leopardo, Aniota se mueve sigilosa y acechante por los tejados de Bruselas, con seguridad pasmosa por París y con la naturalidad de quien anda por casa en el Congo. Más que eso, esta mujer leopardo encarna el papel de fiel defensora del rol de la mujer en la sociedad europea, interpelando a todo aquel que se atreve a atacar al segundo sexo, abogando por la igualdad de géneros y sin dejarse avasallar por el mero hecho de ser mujer.

Y otra cuestión. A modo de ejemplo más del inmenso poder didáctico de los tebeos, que nos invitan permanentemente a tirar del hilo y curar nuestra ignorancia, me ha parecido curioso averiguar gracias a la aparición de un coche eléctrico que circula a manos de Spirou gracias a la intervención de Glu-Glu, la novia de Fantasio, cómo la fascinación y la investigación en torno a la mecánica e ingeniería de los automóviles eléctricos lleva en activo muchas décadas, siendo anterior, incluso, al desarrollo del motor de combustión, pero haciendo menos ruido (literal y figuradamente).

Y así podría seguir varias líneas más.

Como un chaval se conserva nuestro Spirou. Quizá haya influido en este hecho el incesante refresco de autores que se han ido sucediendo al frente de la cabecera, aportando en cada momento frescura, incorporando su toque particular y dotándole de un renovado atractivo sin perder la esencia de lo que supone el botones.

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