STARLIGHT. Bisutería fina.

Lo que Mark Millar te da, Mark Millar te quita. Mister cal y arena ataca de nuevo con un cómic que lo podría ser todo y al final se queda en un poquito más que nada. Todo un Swaroski de apariencia diamantina.

Por Javier Marquina.

(Artículo publicado en el Diario del Alto Aragón 10/04/2016)

Este es un cómic de oportunidades perdidas. De tenerlo todo a tu favor y dejar escapar una ocasión perfecta para crear una de esas obras que quedan para siempre en la memoria colectiva de los aficionados. Es, por tanto, una verdadera lástima. Con esto no estoy diciendo que sea un desastre absoluto o que el resultado gráfico no se encuentre muy por encima de la media. Nada más lejos de la realidad. El talento contrastado tras las viñetas es evidente y, sin embargo, hay una sensación de tristeza por la energía desaprovechada unida a cierta decepción, ya que esperaba ponerme un smoking de pura lana virgen, pero obtuve un traje algo gastado y con bastante mezcla sintética.

A primera vista, todo apunta a que estamos ante una epopeya galáctica más grande que la vida, narrada a través de un remedo de Flash Gordon crepuscular, viudo, ignorado por sus hijos y lleno de añoranza por épocas pasadas. Sin embargo, el resultado es más una anécdota que una aventura completa. Starlight es un arañazo en la superficie de una cosmogonía con infinitas posibilidades que queda resumida en un compendio de típicos tópicos bastante predecibles. Mark Millar, guionista estelar de obras míticas del entretenimiento superheroico, nos brinda aquí su cara más anodina y aburrida, un personaje que es una especie de sucedáneo del personaje de Clint Eastwood en Gran Torino, pero carente de alma y fondo. Un clon de jubilado cebolleta por cuya vida se flota sin sufrir un rasguño. Mal cóctel para un barman que tenía a su disposición las marcas más caras y los mejores recipientes, pero se limita a repetir fórmulas conocidas con la excusa de homenajear: el paladín agotado e infalible, el planeta oprimido esperando la rebelión, la resistencia infatigable, el villano omnipotente abocado a las acciones ridículas… recursos ajados de un intento loable, pero fallido dada su hiriente previsibilidad.

Hasta aquí, puro trámite. Podríamos habernos parado en este momento, evitando la penuria de echar a perder una camiseta en el trance de rasgarnos las vestiduras, pero, por desgracia, nuestro afamado escritor escocés contaba en la parte gráfica con un señor llamado Goran Parlov, inconmensurable titán en esto del dibujar. Esta curiosa circunstancia, en apariencia beneficiosa, es la que convierte un trabajo común en una ocasión dorada tirada a la basura. Parlov, con su despliegue gráfico a caballo entre Moebius y Jordi Bernet, merecía algo mucho mejor. Hay en las páginas un latido quedo que, cual corazón delator, nos habla de las ganas y la ilusión diluida en el ponche de la historia complaciente. El trazo precioso del croata, lleno de destilada maravilla, se ve eclipsado por caminos argumentales mil veces transitados, manidos, que convierten el arte en un despliegue de pirotecnia que se limita a transcurrir por una trama sosa e indigna de las portentosas ilustraciones. Starlight es el mejor ejemplo de una escenografía perfecta creada para una obra de teatro fallida.

Hay detrás de las aventuras de Duke McQueen una tradición de odisea espacial en mundos lejanos que bebe de John Carter y Buck Rogers (además del citado Flash Gordon),  pero en vez de aportar algo nuevo, se estanca en la estructura básica que genios como Alex Raymond o Dan Barry utilizaron para generar auténticos clásicos del género y de la creación humana en general. Bien saben los grandes chefs que el misterio de la cocina no consiste solo en mezclar buenos ingredientes con cierta desgana. Hasta los mejores manjares necesitan una mano capaz armada con un toque de magia. Y es precisamente de esa magia de la que carece este correcto, pero olvidable tebeo.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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