STRANGER THINGS. Mi nueva serie favorita

Relegadas al segundo puesto. Todas. Ni Breaking Bad, ni Battlestar Galactica, ni Boardwalk Empire, ni nada. Mi nueva serie favorita del mundo mundial es, sin duda, Stranger Things.

Por Teresa Domingo.

 

El estreno del verano. Así, sin más. ¿Qué digo del verano? ¡Del año! Para una persona que había perdido la fe en los guiones originales y el norte entre tanto remake, reboot, rebirth y refrito sacacuartos, que se estrene una serie tan nostálgicamente bien hecha da ganas de gritar: “¡¿Véis cómo sí se puede?!”. No hace falta violar, amputar ni destripar nada de lo que ya está creado, por no hablar de los que ni siquiera se molestan en documentarse sobre lo que pretenden (no sé bien cómo definirlo) ¿mejorar? No, mejorar  no, porque ni con todos los efectos especiales ni superestrellas del mundo consiguen superar productos que siguen funcionando a pesar de los años. Quizá sería mejor llamarlo caraduras sin criterio ni vergüenza que deciden lucrarse a costa del éxito de otros. Para, encima, hacerlo mal.

Pero, una vez entre un millón, aparece alguien, siguiendo la estela de algún que otro “descarriado” como Guillermo del Toro, con una premisa fresca, original y hecha a conciencia, de un friki para frikis. En este caso, dos frikis: los gemelos Duffer, que han sabido captar el espíritu de las películas de aventuras de los ochenta que marcaron a la Generación X, y a ellos nosotros va dirigida esta pequeña joya para recordar. Genialmente escrita, planteada, ambientada y rodada, y tremendamente interpretada. ¿Pandillas de niños que viven fantásticas y fantasmagóricas aventuras en su vecindario, montados en BMX, con walkie-talkies y relojes Casio con calculadora? Póngame siete.

Y no sólo adoptan la estructura y los roles de las películas de este género: niños que se escapan de noche en bici, el novio de la hermana mayor que se cuela por la ventana, los padres sobreprotectores que no saben ni las aficiones de sus hijos, profesores de ciencias que tienen hasta la última respuesta lógica… La esencia de todo lo que arrasó en aquella década y que, con tanta nostalgia, añoramos los treintañeros, está en Stranger Things. No sé si a más gente le habrá pasado lo mismo, pero es como si hubieran cogido todos los recuerdos de mi infancia, todas esas historias, películas, cómics, series y juguetes,  los hubieran metido en una cocktelera y me hubieran servido el mejor combinado en mucho tiempo, con miles de matices conocidos que se mezclan en su justa medida para crear un sabor nuevo, que embriaga, pero del que puedes repetir todas las veces que quieras (yo ya llevo tres) porque, como aquellas películas de cuando éramos niños, aunque sepas cómo acaba, e, incluso, los diálogos, no te cansas de ver una y otra vez.

Y es que ahí radica uno de los  secretos de esta serie, que desde el primer fotograma puedes reconocer las claras referencias a las que se quiere homenajear sin plagiar, mancillar ni fusilar. Partiendo de una intro a lo John Carpenter y esa tipografía a lo Christine, los hermanos Duffer nos llevan de vuelta a 1983, para contarnos la historia de cuatro niños Mike, Lucas, Dustin y Will, que, al más puro estilo de Los Goonies, con Gordi y su supermeneo incluídos, aunque aquí se llaman Desdentado y aquello que hace con el brazo, y un regusto a las novelas de Stephen King, It o Cujo,  se ven envueltos en una aventura que jamás olvidarán. Tras jugar a Dragones y Mazmorras, uno de ellos, Will, desaparece de camino a casa. Buscándolo, sus amigos se encuentran con una niña, Eleven, con poderes telepáticos, como los de un Jedi, a la que esconden, como a E.T. El Extraterrestre, incluso la disfrazan como a él para salir a la calle, y escapan con ella en bici de los hombres malos con que la buscan, recién salidos de un capítulo de Expediente X, y junto a la que descubren que un ser funesto con la cabeza en forma de planta carnívora, que recuerda al Fauno hasta en la forma de moverse, ha atrapado a Will y se lo ha llevado a otra dimensión, desde la que el pequeño intenta comunicarse con su madre, como en Poltergeist,  pero con luces en vez de a través de la tele.

Pero mi infancia fue mucho más plena que estas cuatro cosas y estuvo plagada de cosas chulas y memorables, que aparecen por ahí en un segundo plano, como los dibujos de He-Man, la serie de El Coche Fantástico, la peli de La Cosa, la Atari, los posters de Tiburón, Evil Dead o Tom Cruise… porque hubo un tiempo en el que Tom molaba. Por no mencionar la cantidad de referencias y símiles del día a día con los que nos deleitan en los diálogos: desde El señor de los Anillos a Myke Myers, pasando por Star Wars y la traición de Lando Calrissian. Incluso se apuestan el X-Men #134, que no tendría más relevancia que la propia mención al cómic, si no fuera porque es el número en el que Jean Grey se transforma en Fénix Oscura. Muy revelador. Es que, hasta la madre de Will (Wynona Ryder) es, en sí misma, un icono del cine de terror ochentero al haber protagonizado, junto a Michael Keaton, Beattlejuice.

Detrás de cada escena, de cada plano, hay un retazo de algo que conforma el imaginario de personajes cuyas obras marcaron mi infancia y mis terrores nocturnos. El más evidente, las paredes elásticas que contienen a los seres del otro lado y que tanto impactan en Pesadilla en Elm Street, amén de que las protagonistas adolescentes de ésta y aquella comparten el nombre de Nancy (y el niño se llama Mike, como el de Los Goonies). Otros detalles salpican la trama, sin prevalecer unos sobre otros y cumpliendo a la perfección su función de homenaje múltiple, usando conceptos ya creados que encajan formando un todo nuevo: el espacio negro que divide un lado y otro de la realidad basado en Under the Skin, los experimentos en tanques de agua como en Fringe o Los Cronocrímenes, las babosas parasitarias gigantes que recuerdan a Vinieron desde dentro de… o poder reventar cerebros con la mente como ocurre en Scanners, son sólo parte de los guiños que contiene la serie, que os aseguro son innumerables. Se puede llegar a ser tan retorcido (siento no poder mencionar el loco autor de esta conclusión porque no recuerdo dónde lo leí) para conectar Stranger Things con E.T, que protagonizó Drew Barrymore, que también protagonizó Ojos de Fuego, en la que es usada como arma. Para TODO lo que contiene la serie, es rizar un poco el rizo. Llamadme rara.

Son tantas cosas… La ambientación de los decorados, a los que no les falta detalle, y el vestuario, que, si bien es cierto que la moda de los ´80 no estuvo muy bien definida ni fue el summum del buen gusto, todos tenemos fotos con ESOS jerséis, así que no nos queda otra que reírnos con nostalgia, deseando que no vuelvan nunca  más.

Y no puedo finalizar sin mencionar la banda sonora. Los hermanos Duffer vuelven a dar en el clavo con un grupo mítico, The Clash, y hacen de su Should I stay or should I go el main theme de la serie. Pero no son los temas elegidos en sí, que Netflix ha colgado para nuestro deleite en spotify, (los momentos en los que suenan temazos como We can be héroes de Peter Gabriel, White Rabbit de Jefferson Airplane, Africa de Toto o Atmosphere de Joy Division seguro que han emocionado a más de uno), sino la propia banda sonora de ambientación que acompaña las acciones durante la serie, creada a partir de sintetizadores, como estaba tan de moda entonces, y que propicia ese halo de misterio sobrenatural. Todo muy conseguido y muy bien integrado para dar como resultado un producto bueno, bonito y barato.

Ya se está hablando de una secuela con una trama más oscura, con los mismos personajes pasados unos años, así que habrá que esperar a que los actores crezcan y les salgan los dientes para poder rodarla. ¿Mi opinión? Que haya salido bien una vez no me ha devuelto la fe por completo en los guiones “originales” y creo pueden estropear un producto que auguro como serie de culto para los anales de la historia. Pero dejemos a los hermanos Duffer crear y a nosotros emocionarnos como niños.

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