SUICIDAS. El retorno del circo romano.

Lee Bermejo demostrando que puede hacerse cargo del guión y el dibujo de una serie regular y salir airoso del intento. ECC Ediciones recopila en un tomo los seis primeros números de la misma.

Por Javier Marquina.

Tampoco es que estemos hablando del descubrimiento de la pólvora. Aquí no se inventa la rueda, ni este cómic va a ser como la Revolución Industrial. Después de leerlo, el statu quo seguirá como siempre. Lo cerraremos y pasaremos a otra cosa, pero el tiempo impartido en él nos parecerá bien empleado. Y eso ya es todo un triunfo en los tiempos que corren. Está bien dibujado, bien escrito y tiene uno de esos giros que, al menos en mi caso, no vi venir hasta casi el final. La historia engancha, va repartiendo dosis de intriga de manera inteligente y crea una galería de personajes interesantes. Lo dicho. Todo un logro para esta era de basura a toneladas que nos ha tocado vivir.

Además, el tebeo incide en el muy trillado tema de la influencia de los medios en la sociedad, y de cómo la lucha de clases acaba adormecida por una mecánica simple que se lleva aplicando a las masas desde tiempos de Julio César. Es imposible negar que la gente es menos proclive a alzarse cuando tiene el estómago lleno y está entretenida. De hecho, si te lo trabajas bien, no solo conseguirás que no proteste, sino que cuando lo haga, lo haga siempre por las causas que tú, como buen manipulador, consideres oportunas. El mismo gen que crea hordas sedientas de sangre y justicia, narcotiza al individuo anulando su voluntad. Como animales gregarios que somos, nos sentimos más cómodos sepultados bajo el anonimato del tumulto, y es mucho más fácil ser valiente rodeado de miles de personas que piensan como tú. Es sencillo ser revolucionario cuando nadie sabe quién eres. Cuando nadie te ve. Cuando te escondes tras un seudónimo y un icono general que no descubre nada. De la misma forma, es inevitable dejarse influenciar por miles de voces gritando una misma consigna. Llevar la contraria es incómodo, y nadie quiere pasar vergüenza ni sentirse rechazado por ese grupo tan guay del que ahora formas parte.

La alimentación abundante y el entretenimiento casposo nos van convirtiendo poco a poco en masas informes atadas a un sofá. Las sobredosis de azúcar, en vez de activar nuestras neuronas como combustible de alto octanaje, nos vuelven más permeables a la bazofia. Tratamos como ciencia ficción los espectáculos de gladiadores como el que nos presenta Suicidas, enfrentamientos sin clemencia donde lo único que importa son los índices de audiencia. Índices que, por supuesto, se disparan cuanto más sangriento es el espectáculo. Aseguramos que es impensable llegar a esos extremos de barbarie, pero estamos inmersos en un sistema social que manipula a su antojo a través de los medios de comunicación y de un periodismo que ha olvidado la objetividad y se ha puesto al servicio de la doctrina. Informar con rigor ha pasado de moda. Ahora lo que importa es contar la historia desde un punto de vista siempre tamizado por la ideología del informador. No necesitamos excusas para mantener en antena programas infectos llenos de cucarachas humanas, donde lo más importante es medrar pisando al rival. No nos levantamos en armas para acabar con esa televisión embrutecedora que se hace billonaria a base de explotar las miserias de seres patéticos. No escupimos a la cara de todos aquellos que dirigen un tinglado en el que la silicona es más importante que la penicilina. Nuestros gladiadores no empuñan armas o armaduras. Nuestro circo no es ovalado ni está lleno de arena. Sin embargo, no nos encontramos tan lejos de los leones y las batallas navales del Coliseo, impávidos ante los rayos catódicos mientras masticamos exangües nuestras hamburguesas corporativizadas. Nos venden sueños de mierda envasados en programas de falsa superación; actos de bochorno y escarnio donde todo lo que importa es ceñirse a lo establecido, a lo correcto y a lo jodidamente convencional. Bajo el lema de “triunfar es posible si dejas que te moldeemos”, han creado una galería de falsos y efímeros héroes que duran un suspiro, consumidos por el fuego de lo inmediato en este universo de redes sociales.

El nuevo circo…

El mundo de espaldas mojadas y élites asiladas en palacios de cristal que describe Bermejo, no está tan alejado de ese Olimpo de futbolistas macarras y catetos cuyos logros deportivos son el desvelo de millones de ciudadanos clonados en su conformismo. Auténticos gañanes que sirven como modelo a patanes poseídos por la indignación primitiva que generan los fracasos del equipo de sus amores, capaces de noches en vela y ayunos absurdos después de una derrota de su club. Es más importante el último corte de pelo del bujarrón tatuado de zurda prodigiosa que los paupérrimos índices nacionales de cultura general. Estamos condenados a vivir sondados, cagando en una cuña y recibiendo alimento eficiente y procesado por un tubo nasogástrico, mientras aplaudimos con nuestros regordetes muñones algún acontecimiento choni multimedia.

 Somos fútbol, televisión y comida basura. Pan y circo 2.0.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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