‘Supergods’: Grant Morrison se confiesa

Más escocés y más majara que nunca, el autor de Los Invisibles y All-Star Superman expone su teoría personal del cómic en un ensayo irregular, pero de lectura casi obligatoria.
Por Yago García

Durante todo el recorrido de Supergods (y es un recorrido largo: 483 páginas más notas e índice onomástico) se desarrolla una lucha a muerte. Un combate épico, arquetípico, entre dos fuerzas que han dado forma al mundo tal y como hoy lo conocemos. Apolo contra Dionisos. Id contra Superego. Superman contra Batman. Beatles contra Stones. Papá contra mamá. O, siendo más concretos, Grant Morrison, autor de este tocho híbrido y monumental, contra el mismísimo Alan Moore.
 
Por supuesto, en el libro caben muchas más cosas: no nos hubiese gustado si fuese de otra forma. Pero, desde que se lo permite el curso de su relato, Morrison disemina collejas de antología contra ese señor que calificó a su Arkham Asylum como “una gran caca pintada de purpurina”. Obviemos el portento místico obrado por Moore, citando a Stella Reynolds con veinte años de antelación, y reconozcamos que la cosa se veía venir. Para empezar, porque el magus de Northampton (meticuloso constructor de ficciones) tenía que chocar por narices contra un tipo cuya inspiración, por más que tan culterana como la suya, da más tumbos que un coche de choque conducido por un adolescente borracho. Y también porque Morrison, quien ha asumido en Supergods la misión de glosar todo lo bueno, noble y sagrado que el género de superhéroes ha aportado al cómic, no podía menos que criticar sin piedad al hombre que trató de demolerlo.
Damos fe de que dicha crítica es tan sólida como venenosa: sólo leer la equiparación de Morrison entre Moore y el Doctor Manhattan (ambos, expone, recorren Watchmen con la chorra al aire) justifica la lectura de la obra. Pero hay algo más, porque el motivo oculto de este duelo de titanes es algo tan sórdido como el complejo de Edipo. Los minuciosos desmontajes de iconos que nos regala el autor (el análisis de la portada del primer Action Comics, por ejemplo, ha hecho aflorar lágrimas de gratitud a estos ojos) no hubiesen sido posibles sin la revolución mooreana que sacudió a la industria del cómic en los 80. Es decir, que si los trabajos de Moore no hubiesen hecho dinero, la editora Karen Berger jamás se hubiese partido los morros con los jerarcas de DC para que el escocés pergeñase su Animal Man y su Doom Patrol, otorgándole así el estatus necesario para entregar este ensayo. De este modo, el volumen puede entenderse como una versión vudú de la Carta al padre de Kafka o, como diría el brasas de Harold Bloom, como el último producto de un agón creativo del cual Morrison sale, si no vencedor, si extremadamente bien librado. 

Morrison y unos amigos, retratados por Frank Quitely.
Dicho triunfo se basa, para empezar, en una virtud evidente: Morrison es un tipo simpático. Lo bastante como para colocarnos teorías bastante abstrusas, aunque sólidas y razonadas, de una forma dialogante y chispeante. Para seguir, Morrison es coherente, o al menos se las apaña para parecerlo. Por ejemplo, la vindicación de la era post-II Guerra Mundial, cuando ‘Supes’ y ‘Bats’ se deslizaron por la pendiente de la chorrada a fin de escaquearse del Comics Code, casa bien con su glosa de los orígenes obreros del superhéroe. Nuestros tipos con mallas favoritos, nos recuerda sin cesar el autor, fueron creados por artistas de extracción humilde, mal pagados y dispuestos, hasta que la censura hizo de las suyas, a incorporar la lucha de clases a sus trabajos de forma más o menos soterrada. Para terminar, Grant Morrison escribe muy bien. Tan bien, de hecho, que su descripción de una presunta experiencia mística sufrida (o gozada) durante un viaje a Nepal, en plena concepción de Los Invisibles, no sólo evita las trampas de la autoindulgencia, sino que se vuelve el punto de partida para algunas de las mejores reflexiones de su texto.
Si Supergods tiene un defecto, ese es que puede acabar cargando. No sólo por su extensión, sino por la deriva que toma en sus últimos capítulos hacia un tedioso “yo hice…”, “yo dije…” o “a mí me pasó…”. En cualquier caso, todos sabemos que el autor tiene el ego como un piano, e incluso este bajón de calidad reporta momentos memorables: lean el relato de cómo entrevistó al último hijo de Krypton para preparar All-Star Superman, y pásmense. Así mismo, aunque Morrison se muestre orgulloso de la carrera activista de sus padres, la mayoría de sus argumentaciones políticas aguantarían pocos rounds en un combate contra los cerebros más avisados de la extrema izquierda, quienes las considerarían, bien como diversionismos supersticiosos, bien como claudicaciones desmovilizadoras ante el Capital. En todo caso, las ideas del autor, por no hablar de su trayectoria biográfica, también provocarían ataques cerebrales entre los tertulianos de Intereconomía. Lo cual sirve de muleta para quienes, como servidor, consideran que la habilidad para enemistarse con todo el mundo es un rasgo distintivo del genio.
El veredicto final sobre Supergods resulta, así, ambivalente: el volumen brilla con luz propia cuando se adentra en el análisis y el ensayo, mientras que pierde interés cuando muta en un libro de memorias. Aun así, en este estanque nadan ideas valiosísimas cuya pesca resulta un puro deleite. Además de la labor historiográfica, del sabroso cotilleo (ni un santo laico como Neil Gaiman se libra de sus dardos) y de las intuiciones bien apuntadas, Morrison entrega aquí el testamento de su fe en la humanidad y su potencial. Una fe capaz de sobrevivir incluso al trato con Mark Millar, esa sabandija, y que en estos días tan negros sirve como un bálsamo intelectual y emocional a partes iguales. No en vano el autor nos advierte de que el pesimismo es consustancial al pensamiento autoritario, ese que sólo ve la vida como un castigo y las relaciones humanas como un combate. Por otra parte, y para terminar, en Supergods se cobijan argumentos capaces de desarmar, cual batarang entre ceja y ceja, a los tediosos apóstoles de la novela gráfica y a aquellos que te sueltan un “¿Cómo sigues leyendo esto a tu edad?” cuando te ven hojeando con devoción el retapado de Nuevos X-Men. Corran todos a comprarlo. Ahora.
Dedicado a P. J. N., mi superheroe particular.
Sigue a Yago García en Twitter: @solo_en_saigon

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